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sábado, 26 de diciembre de 2009

31/12/09


A pesar de no figurar dentro de las “Instrucciones para leer a Jünger” de J.A. Montano, leo estos días “Acercamientos. Drogas y ebriedad”. Este libro contiene, aparte de historias y referencias bibliográficas, interesantes descripciones de su experiencia en el consumo de toda clase de drogas. Es, por decirlo de alguna manera, la forma más aproximada de tomar drogas sin tomarlas.
¿Por qué me compré el otro día este libro? Porque en una reunión solté que no me importaría probar algunas drogas a modo de ensayo. Alguno me espetó que eso me llevaría indefectiblemente a convertirme en un drogadicto y yo le puse como ejemplo a este hombre que no solamente sobrevivió a toda clase de sustancias, a dos guerras mundiales y a la Legión Extranjera, sino que lo hizo a toda clase de excesos incluido el número de años que vivió, 103.
Consumió LSD apenas salido del laboratorio de su amigo Hoffman, quien por cierto pasó también del siglo de vida. Este libro es la prueba de ello y sus párrafos señalados el acta probatoria.
A propósito del suicidio en su libro: “Las pretensiones del Estado, que hoy se enmascara como sociedad, pueden llegar a ser imperiosas. Al individuo le queda la posibilidad de hurtarse a estas pretensiones, aunque sólo sea mediante el suicidio. ‘La posibilidad del suicidio forma parte de nuestro capital’”.
A este respecto algunas veces a Jünger le pedían que: “Sería hora de que hiciera uso de su capital”. Quizá por perseverante también me lo pidan a mí un día.
Yo no creo que llegara a convertirme en un drogadicto. No tengo ese tipo de carácter. “La predisposición precede al hábito. Esto quiere decir que hay tipos que desde el principio han de mantenerse lejos de la droga. La inclinación es previsible y, con ella, los planos inclinados”. Sí en cambio he conocido a personas que incluso desde adolescentes, se les ha visto con esta inclinación y luego, por desgracia, se ha visto corroborado.
Hay un párrafo al final del libro dentro de un capítulo exquisito y cortito: “Libros y lectores”: “...Al mandarín que se encontraba en una cola de delincuentes a la espera de su ejecución, profundamente ensimismado en un libro, mientras por delante la decapitación seguía su curso. La mayor parte del tiempo, el lector está absorto, pero no porque no esté a la altura de su entorno, sino porque lo considera poco importante...”.

En una noticia una mujer demanda a un masajista, amigo de su pareja, por violación. La mujer, de cuarenta y seis años, fue a darse un masaje. En un momento dado el hombre le ofreció un servicio especial, personalizado. El masaje, se conoce, derivaría en caricias y éstas en tocamientos eróticos. El hombre la penetró. Luego quiso repetir pero analmente. Ella le pidió que no, que se pusiera un preservativo y lo hicieran por la parte más convencional, la otra, dice, le hacía daño. Volvieron a consumar el acto. Luego ella le puso, como hemos dicho, una denuncia y fueron a los tribunales. Él ha salido libre de cargos.
Todo esto es la punta de un iceberg en donde a las mujeres, a algunas mujeres, se les ha dado un arma con el gatillo demasiado engrasado, resbaladizo.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Bohumil Hrabal


Escritor checo nacido en 1914.

Cuando los nazis invadieron Checoslovaquia, Hrabal era doctor en derecho. Al poco, tuvo que dejar la universidad donde impartía clases y trabajar en una estación de tren.

Acabada la guerra, tuvo infinidad de empleos como oficinista, comercial, tramoyista...

En 1963, publica su primer libro “Perlas en el fondo” y en 1965 “Trenes rigurosamente vigilados”, del cual se hizo una película dirigida por Jiri Menzel. Al poco comenzó a sufrir la censura. Se volvió triste. Tuvo una vida sembrada con toda clase de desesperanzas y calamidades y aun así creó personajes dotados de un alma bella. Como si sólo ocurriera así con las almas heridas.

Acabo de ver un programa dedicado a la vida de Cervantes y se dice algo parecido. Quizá sin sus años de cautiverio en Argel y su estancia en la cárcel de Sevilla, no se hubiera pergeñado nunca una obra inmortal como el Quijote. Bohumil Hrabal se suicidó al lanzarse por la ventana de un hospital. Era 1997.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Manipulación.


Siempre que discuto sobre la manipulación a la que nos someten los medios de comunicación me acuerdo de esta viñeta de Quino aparecida en el Pais. Tiene un montón de años pero siempre estará de acualidad.

martes, 15 de diciembre de 2009

OTTO WEININGER


Yo no sé cómo un ser humano es capaz, con veintitrés años de hablar: alemán, francés, inglés, italiano, español, noruego y ¡griego! Y ¡latín! Pero es que a los veintidós es ya doctor en filosofía y letras. Ése ser humano es Otto Weininger. Un año más tarde publica su única obra: “Sexo y carácter” que se convierte en poco tiempo en una obra de éxito rompedor.
No está clara su tendencia homosexual aunque se ha hablado mucho de ello. Tampoco se le conocieron amores de cualquier otro tipo y combinación. Se dice que era antijudío y que en parte lo era él mismo. Hitler comentó que era de los pocos judíos que merecieran la pena, porque se suicidó al ser consciente de su ascendencia. Hay que ser cabrón. Luego comió de su misma medicina.
También era misógino y racista (Hitler se basó en su libro para escribir el suyo). Según Weininger lo que un individuo busca en el otro es completarse a sí mismo. Dice que la mujer y el hombre perfecto contienen algo de su masculinidad o feminidad. La comunicación de un individuo con su pareja es en realidad comunicación con uno mismo.
Muy bien, pero su libro ha sido apartado de muchas bibliotecas. Si se leyera ahora causaría sonrojo.
El 14 de octubre de 1903, Otto Weininger se dispara un tiro en el corazón en la habitación que había ocupado Beethoven en Viena. Ludwig Wittgenstein, y Stefan Zweig fueron a su entierro. Tenía 23 años.
Magris, en la entrada 27 de El Danubio, habla de este escritor. "...Weininger se disparó un tiro en el corazón. Pocas semanas antes había escrito la sensación de extravío que se siente cuando, en el camino, nos volvemos atrás y vemos el trecho recorrido, la vía indiferente cuya fuga rectilínea expresa la irreversabilidad del tiempo. Al final sólo queda eso, la mirada hacia atrás que percibe la nada".

martes, 8 de diciembre de 2009

08/12/09


Todos los años me prometo no volver al centro de Madrid en estas fechas y todos los años vuelvo. Paseo desde la Plaza de España por la Gran Vía; un río de gente hasta la remodelada Plaza de Callao, Preciados, Sol. En Sol, justo en la puerta de la pastelería La Mallorquina se produce el colapso. La masa de gente se atasca y es imposible continuar. Se mezclan las colas para comprar o mirar la lotería o para entrar a los comercios; la gente que ha elegido equivocadamente este sitio como punto de encuentro, los turistas. A una señora, justo detrás de mí, la oigo protestar: “Qué barbaridad, parece que lo regalan, qué asco de gente”. La miro de reojo y nos avergonzamos. Los dos nos reconocemos en nuestra individualidad y en ser parte de toda esa masa amorfa y molesta, vulgar.

Consigo llegar a la Plaza de Oriente. Veo con sorpresa que el tipo del acordeón con el que me cruzo a diario está hoy aquí. Es muy bueno tocando. Me reconoce y me guiña un ojo. De vez en cuando le doy unas monedas; hoy con más razón. ¿De dónde vendrá? ¿Dónde habrá aprendido? Me gusta dar dinero a los músicos callejeros. Un día entró en el vagón donde viajaba un hombre de unos treinta años con una guitarra. Su aspecto era el de un típico sin techo: ropas descuidadas, mal aseado, el pelo grasiento, un semblante triste y caído donde en ningún momento dejó ver sus ojos. Llevaba un pequeño amplificador donde comenzó a sonar un ritmo de jazz. Pensé que era otro pesado de esos que piden con descortesía o impertinencia. Sacó su guitarra y comenzó a improvisar un fraseo, un punteo, una escala verdaderamente sublime. Estaba a mi lado y permanecí hipnotizado hasta que casi dejo pasar la estación donde me bajaba.

Regreso por la tarde donde pasé casi toda mi infancia. Allí viven todavía mis padres: un barrio obrero donde nos hemos ido yendo y donde nuestro lugar lo han ido ocupando avalanchas de inmigrantes. Las personas como mis padres se van haciendo viejos y se cruzan en el ascensor con extranjeros que poco a poco se van haciendo habituales. Me cuentan que hace poco el señor del noveno se murió en la calle. Le quitaron el reloj y la cartera. Siempre nos saludaba a mis hermanos y a mí con cariño. Decía que éramos buenos chavales porque desde mi casa salía a todo volumen, desde el órgano electrónico de mi hermano, el himno nacional, que es la mejor pieza musical que le salía. En el barrio los edificios se ven antiguos, los portales envejecidos, los árboles imponentes. Se ven muchos inmigrantes con niños pequeños. Cuesta entender cómo logran sobrevivir en este país en crisis.


Leo esto días El Danubio de Claudio Magris. Libro desde ahora para mí imprescindible. “Rechazados hace trescientos años, los turcos regresan ahora a Europa, no con armas sino con trabajo, con la tenacidad de los Gastarbeiter, inmigrantes, que, soportando humillaciones y miserias, echan poco a poco raíces en una tierra que conquistan con su oscuro esfuerzo. En diversas ciudades de Alemania y de otros países, las aulas escolares se despueblan de niños alemanes y se llenan de niños turcos”.

A pesar de que el autor reivindica para su libro la categoría de novela, desde el principio me ha gustado el tono viajero y el anecdotario de historias simplemente deliciosas. Para mí el libro es claramente el diario de un viaje a través de este río y de su historia.



miércoles, 25 de noviembre de 2009

Heinrich Von Kleist



Nacido en 1777. También este escritor y dramaturgo alemán se suicidó junto a su amante.
Escribió sobre los anhelos insatisfechos de los hombres y de las frustraciones que ello conlleva. Él mismo fue un ser desdichado, inseguro de su talento. Incapaz de relacionarse con aquellos que hubieran podido servirle para dar a conocer su obra.
Sirvió en el ejército prusiano durante siete años y después estudió derecho y filosofía. Estaba muy influenciado por el espíritu romántico de su época.
Por una o por otras razones, los proyectos en los que se embarcó, revistas y periódicos, fueron prohibidos y terminaron en fracaso.
Sin trabajo, editor ni productor, y deprimido por la ocupación francesa, Kleist se suicidó en compañía de su amante en 1811 cerca de Berlín. "Mi vida, la más atrozmente llena de toda clase de tormentos que haya vivido un hombre, va a quedar compensada por la más dulce de las muertes" escribe poco antes de morir de un disparo.
Aunque fue corta su carrera, se convirtió con el tiempo en uno de los mejores dramaturgos de las letras alemanas.

sábado, 21 de noviembre de 2009

21/11/09

20/11/09

Leer memorias, diarios y biografías hace que también uno recuerde episodios vividos. No siempre al lector le gustan las anécdotas que se cuentan, es más, ante diferentes estragos y torturas que va leyendo uno piensa “se lo tiene bien merecido el mentecato, o el remilgado, o el tontainas”.

Sin embargo a veces uno descubre una voz, una forma de contar con la que se siente identificado y no deja de pensar: “sí, yo también siento todas esas cosas que siente él, o ella”. Es lo que me ha ocurrido con un descubrimiento. Había leído cosas de él en foros, en artículos o en entrevistas pero ningún libro. El otro día vi su nombre en la zona de Siruela y compré 2. Cees Nooteboom: Rituales, una novela, y La Lluvia Roja, recuerdos de sus temporadas en Menorca y otros relatos. Este escritor holandés parece por lo que leo un tipo encantador. Tiene una forma pausada de ver el mundo. Se fija en un gato o en una rata o en un burro. Se pone en la piel de una tortuga, si eso es posible, y nos cuenta por ejemplo –divertidísimo- cómo se aparean delante de sus atónitos ojos. Nos habla de sus vecinos, de nosotros los españoles, ruidosos como siempre. Y todo lo hace con gracia. A pesar de que dice que nos ama, también dice que no solemos tratar bien a los animales. Cuenta cómo un vecino suyo –vecinos de esos que viven apartados y separados por cercados centenarios de piedra- ataba cada día a un perro y lo soltaba solo cuando llegaba al atardecer. Cees algunas veces lo acariciaba y sentía el infinito agradecimiento del perro.

Esto me ha hecho acordarme de un episodio de otras memorias que he leído recientemente. No me han gustado mucho y para no perjudicarle –tantos miles de lectores tendrá este blog- no digo su nombre. Cuenta que, cuando era niño, vieron a una perra callejera apareándose con un chucho y que decidieron que la perra en cuestión era una puta. La llevaron a un sótano y la martirizaron. Le clavaron pinchos en la vagina y el ano mientras la perra se dejaba hacer aterrorizada. Pero al día siguiente la perra fue a buscarlo a su casa con sumisión y ojos bondadosos.

Nunca he sido capaz, ni siquiera de niño, de hacer daño a los animales, quizá por debilidad. Una vez una vecina tuvo una gran camada –su perra se entiende- y fue regalándolos poco a poco pero hubo uno que al cabo de los días no comía. Tenía aspecto raquítico. Nos lo dieron a nosotros, tres hermanos, para darle una muerte rápida e indolora. Yo lo intenté pero no pude. Cualquier solución final me parecía monstruosa: muerte por inmersión en el lavabo, aplastarlo con una piedra, apuñalarlo, abandonarlo. Al final fue mi hermano el que se lo llevó a la calle. Siempre fue más fuerte de ánimo. Lo introdujo en una bolsa y lo estampó contra la pared. Nos contó que no sufrió.

Pero la crueldad infantil no conoce límites. Mi padre siempre nos cuenta una anécdota terrible. En una ocasión un amigo se subió a un árbol y descubrió el nido de unos vencejos. Estaba lleno de polluelos que desesperados de hambre abrían la boca. El niño bajó el nido para que sus compañeros pudieran verlos. Mi padre, según dice, pidió que los dejaran en su sitio porque no tardarían sus padres en regresar con algún alimento. Pero el líder dijo que no –tenía otros planes-. Sacó de su bolsillo un alambre y fue dándole una vuelta a la cabecita de cada uno de los cinco o seis polluelos. Cuando estaban todos unidos y quietos, expectantes, el niño tiró con fuerza de ambos extremos y las cabecitas salieron disparadas desde sus cuerpos plomizos y desnudos.

A través de los años me he dado cuenta de que pueden existir otros tipos de recuerdos: los recuerdos trasplantados.



martes, 17 de noviembre de 2009

EMILIO SALGARI


Varias generaciones han crecido pegados a la pantalla cuando echaban por TV la serie de Sandokán. Más se han dejado las pestañas leyendo sus emocionantes y exóticas aventuras.
De la vida de Emilio Salgari se saben pocas cosas para haber sido un autor de tanto éxito. Al igual que London, me recuerda a literatura juvenil -de altísima calidad- pero sin duda, ha ejercido una gran influencia en infinidad de escritores.

Nació en Verona en 1862, estudió para marino para vivir aventuras y estuvo viajando por diversos países, lo que le valió para inspirarse en sus más de quinientas narraciones. Los Tigres de Mompracem, El Rey del Mar, La Venganza de Sandokán... están entre las más famosas. Aunque los últimos tres años de su vida apenas escribe una angustiosa frase cada año. Después de haber convertido a tres editoriales en millonarias, se encuentra en la más absoluta ruina.
No sé si tendrá algo que ver, pero ponía a parir a los países coloniales, a los que acusaba de ser unos buitres carroñeros.
Con treinta años se casa con la actriz Ida Peruzzi y tienen cuatro hijos. Con lo que recibe de los editores apenas tiene para sustentar a su familia y en 1910 intenta suicidarse por primera vez. Y no transcurre mucho tiempo hasta que la mañana del 25 de abril de 1911, mientras paseaba por la ribera del río, desesperado por su situación, casi ciego, con su mujer ingresada en un manicomio, se detiene, extrae de su bolsillo una navaja de afeitar y se hace un verdadero estropicio: se raja el vientre y luego la garganta. Se desangra y tienen que identificarlo por la cartas amargas que lleva en el bolsillo. Tenía 48 años.
Qué injusta es la vida con algunas almas notables...


viernes, 13 de noviembre de 2009

DIALOGO CON LA MUERTE. ARTHUR KOESTLER

En una feria del libro de ocasión encontré hace poco “Diálogos con la Muerte - El Testamento Español” de Arthur Koestler. Una bella edición de la editorial Amaranto del 2004. En el libro cuenta su experiencia en las prisiones de Franco después de ser detenido en el 37, acusado de espía y de ayuda a la insurgencia militar. El libro no destaca precisamente por su estilo ni por su enjundia pero tiene algunas observaciones interesantes acerca del tiempo, de la condición humana cuando es privada de libertad, de la condena a muerte y del suicidio. También habla, lógicamente del hambre, de las palizas, de los fusilamientos, de los libros que le dejaron para leer, de la amistad y del odio y de la humillación que supone ser observado por los que tienen las llaves de tu celda y de tu vida.

Estos son los párrafos que más me han llamado la atención:

“ Nada puede conmover a quien ha decidido acabar con su vida”.

En su desesperación decidió colgarse con unos cordones desde los barrotes de su celda o cortarse las venas con un cristal incrustado en el cemento de su ventanuco.

Sobre Sócrates.

“No creo que desde que el mundo es mundo haya muerto nadie conscientemente. Cuando Sócrates, rodeado por sus pupilos, tendió el brazo para coger la copa de cicuta, debió de haber estado medio convencido de que se trataba sólo de un gesto. Debió de haberse sentido como un falso actor, y tuvo que haberle sorprendido la seriedad con la que sus discípulos se lo tomaban. Está claro que sabía en principio que apurar la copa sería fatal, pero seguramente tenía la sensación de que todo era muy distinto a la manera en la que se lo imaginaban sus pupilos, fervorosos y sin sentido del humor; de que detrás de todo había un hábil juego que sólo él conocía.

Naturalmente, todo el mundo sabe que algún día morirá. Pero saberlo es una cosa y creer en ello, otra”.

Sobre Gérard de Nerval

Dice este G.N.: “Cuando recobras lo que la gente llama la razón, apenas te parece que valga la pena perderla”.

“A los treinta y cinco años de edad se ahorcó. Me gustaría saber si se ahorcó porque, en el momento en el que anudó la cuerda, se volvió loco, o bien porque recobró la lucidez.

El Mundo exterior me parece cada vez más irreal.

Algunas veces llego a pensar que yo era feliz antes. Te creas ilusiones no solamente del futuro, sino también del pasado”.




jueves, 12 de noviembre de 2009

RENE CREVEL




Imaginaos un muchacho de 14 años que es conducido por su madre a contemplar el cadáver de su padre, que cuelga de una soga. Y que luego, para desahogarse, le grita y le insulta...
Su padre era militar y de carácter extraño y su madre beata y de educación rígida. De sus hermanos, uno se suicida también, y otro muere de neumonía. No es de extrañar que todas las energías de un muchacho así estuvieran encaminadas a alejarse de aquella casa lo más rápido y lejos posible.
Crevel nació en 1900, el año en que murió Oscar Wilde, en París.
Estudió derecho en la Soborna y frecuentó a intelectuales de la talla de André Gide y Klaus Mann. Éste llegó a decir de él que era la personalidad más fascinante que había conocido. También era bien parecido. Homosexual.
Luego, se introdujo en el movimiento surrealista de la época aunque posteriormente abominó de él y criticó la escritura “automática”. Conoció a Breton y Tzara.
Estuvo muchos años enfermo de tuberculosis. Él bien pudo ser el protagonista de La Montaña Mágica, pues estuvo durante largos meses internado en sanatorios.
En junio de 1935, enfermo de una grave enfermedad renal, se suicidó abriendo la espita del gas. Tenía 35 años.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El retiro del artista


08/11/09

Vuelvo a leer El árbol de la Ciencia después de veinte años. Justo veinte años. Lo sé porque dejé entonces un billete de metro con su fecha de números gastados. De entre todos los del 98, de Pío Baroja es de quien más cerca me siento. Pronto se dio cuenta del fastidio que supone, casi siempre, tratar a los demás cuando no tienes más remedio. Una inteligencia sensible como la suya le hacía sufrir ante las injusticias y las imbecilidades de la gente. Muchas veces añoraba refugiarse, apartarse a un lugar donde no tuviera que exponerse ni dar cuenta a los demás. Es curiosa la cantidad de artistas que quisieron esconderse en un aislamiento permanente. Kafka escribía a su amante que añoraba poder apartarse de todos, de su trabajo insulso y de la estupidez humana.

Montaigne, retirado en su Château de Montaigne, harto de bregar para apaciguar a católicos y protestantes y demás tonterías. Giuseppe Tomasi di Lampedusa, retirado en su palacio principesco de donde no salía nada más que para desayunar cafés con bollos leyendo el diario.

Castilla del Pino, el prestigioso psiquiatra y escritor, contó en su Casa del Olivo, que siendo joven imaginó un habitáculo subterráneo donde esconderse rodeado de sus libros, accesible sólo mediante una escala que sólo él pudiera retirar.

O Huysmans que hace decir a su querido personaje Des Esseintes que “ya por entonces empezó a soñar en una refinada Tebaida, una confortable ermita en el desierto, un arca resguardada en tierra firme, en donde pudiera refugiarse del incesante diluvio de la estupidez humana”.

Gilles de Rais, el artista del crimen sádico, que se retiró en su castillo cuando vio que el destino le privaba de su gran amor platónico, Juana de Arco, vengándose así de Dios.

El poeta Friedrich Hölderlin quien enfermo mental se pasó sus últimos treinta y seis años retirado en la casa de un ebanista amigo.

San Juan de Patmos que por “orden divina” se encerró durante años en una habitacición-cueva del Monasterio que lleva su nombre y escribió esa pesadilla que es el Apocalipsis. ¿Cómo se puede escribir una cosa tan infernal desde una cueva donde se divisa un paisaje tan amable? –yo estuve allí y era claustrofóbico-.

Hay un artista que decidió dar la espalda a sus admiradores en la cima de su éxito como pianista: Glenn Gould. Cuando reventaba los teatros de todo el mundo se apartó en su casa concediendo tan solo su tiempo a los ingenieros de sonido para grabar toneladas de buenas interpretaciones de Bach. Nunca me canso ni me cansaré de escuchar su música. La música de Bach tiene mucho de matemática pero Glenn Gould supo insuflarle su espíritu excéntrico y sensible, ayudado por una técnica insuperable.


lunes, 2 de noviembre de 2009

Paul Celan


Celan es otro superviviente, entre comillas, de los campos de exterminio. Era un poeta francés de origen rumano y de lengua alemana. Un poeta judío alemán.
Pudo sortear junto con su familia las detenciones de las SS y la Gestapo hasta 1942. Celan se consiguió esconder en una fábrica de cosméticos pensando que sus padres pudieran reunirse con él, pero cuando fue a buscarlos su casa estaba precintada y sus padres deportados y al poco muertos. Posteriormente fue detenido y confinado en un campo de trabajos forzados hasta el 44.
Nunca pudo sobreponerse al sentimiento de culpa que le produjo el no haber podido salvar a sus padres.
Jose María Pérez Gay, sociólogo y escritor mejicano, le dedica unas palabras claras y certeras sobre este desasosiego: “Nadie puede reprocharse el deseo de olvidar el horror y la muerte. La vida solo es posible si hay olvido. Tal vez haya algo más piadoso para los muertos que el recuerdo: el olvido. El perdón no es sino una ratificación moral del olvido. Paul Celan no pudo olvidar ni perdonarse.”
Al final de su vida se convirtió en un ser solitario, hundido, comido por el remordimiento. Una noche de abril de 1970 Paul Celan se lanzó al río Sena desde el puente de Mirabeu. Un pescador encontró su cadáver. Tenía cincuenta años.

sábado, 31 de octubre de 2009

La mutación de los mosquitos

La Mutación de los mosquitos.

Lo tengo comprobado. Los mosquitos, después de millones de años de evolución, han mutado. Antes, -no hace millones de años, sino cuando era niño o quizá siendo ya un jovencito- me fijaba mucho en los mosquitos. Sobre todo cuando me molestaban y comprobaba, irritado, que eran grandes y confiados. Valientes.

Tenían el cuerpo gordo y transparente, como un caza japonés de cristal. A veces con verdaderas irisaciones de metal.

Si tenías el valor y la paciencia de dejarlos posar en tu brazo veías que se iban hinchando de sangre, variando su color al rojo. Ahítos emprendían a continuación el vuelo como una pesada pompa de jabón. Naturalmente uno podía seguirlo con la vista y aplastarlo a placer con ambas manos, cumpliendo así con la justa venganza.

Pero como decía, los mosquitos han variado su complexión. Ahora, simplemente no se ven. Son tan pequeños que no se ven.

Ahora mismo, mientras escribo estas letras, unos seres inmateriales, aterrizan por mi cuero cabelludo –medio pelado- y me impiden cualquier tipo de concentración.

Tanto me irritan que a veces me sorprende las tortas que me doy en la cabeza tratando de aplastarlos, pero es imposible. Sólo consigo acostarme derrotado y crispado con las marcas de los dedos impresas en la frente o el cogote.

De vez en cuando abandono toda actividad y me fijo en el horizonte de mi despacho tratando de localizar a alguno. Pero... a los cinco o diez minutos desisto. Me aburro. Y no es que no tenga paciencia, es que no logro ver a ninguno. Pero eso sí, los noto deambular por mi cabeza y picar aquí y allá.

Ya ni siquiera existen los trompeteros esos que hacían vuelos acrobáticos a la vera de tu oído con un motorcillo acoplado...

Está claro que los que han conseguido triunfar en la carrera de su evolución han sido los más pequeños, los más invisibles, los más hijo de putas.



martes, 20 de octubre de 2009

BRUNO BETTELHEIM


Bruno Bettelheim era judío, feo y miope. Usaba gruesas lentes y apenas salía a la calle. En su época (nació en 1903) no es de extrañar, así que se refugió en su casa rodeado de libros. Con el tiempo se hizo experto en la educación de niños con problemas mentales y escribió varios ensayos y artículos de importancia. Bettelheim estuvo en el campo de concentración de Dachau y Buchenwald. Encontró cierta similitud entre los niños autistas y los ex prisioneros. Estuvo exiliado en EEUU donde fue profesor de psiquiatría.
Con ochenta y seis años de edad gozaba de excelente salud. Una noche se tumbó en la cama, se atiborró de pastillas e introdujo su cabeza en una bolsa de plástico auto-asfixiándose. Se había quedado ciego: creo que la peor de las pesadillas para un amante de la lectura -siempre me acuerdo de lo que debió sufrir Borges-. Había perdido ya a su mujer y no paraba de discutir con un hijo suyo.
Mirad lo que leí de algún autor, buscando información sobre Bettelheim: “Al parecer, algunos creadores consideran que el suicidio puede ser un fin digno para su vida. El dolor emanado de la creación o la imposibilidad de mejorar lo hecho pueden ser causas que orillan al suicidio”

lunes, 19 de octubre de 2009

19/10/09

Fotografía: Luke Powel

Afganistán y España. Siempre que hay muertos se intenta justificar la presencia de nuestro país allí. A este respecto pienso igual que el chiste del Roto de hace unos días: enviamos tropas allí para proteger a nuestras tropas.

Hace veinte años los soviéticos se fueron de allí vencidos y humillados. Entonces nos parecía una guerra de las que se ven siempre por ahí; exótica, lejana, que no nos incumbe. Además, no nos parecían tan terribles entonces los muyahidines cuando se trataba de echar a los rusos. Muchos estados los apoyaban incluido EEUU. ¿Qué ha pasado para que nos involucremos en algo que está tan lejos? ¿Pertenece todo esto a un nuevo tipo de colonización con las definiciones cambiadas?

El mayor nido de talibanes cuando se produjo el 11-S estaba en Pakistán. De hecho la nacionalidad de casi todos los suicidas eran de allí y de Egipto. ¿Qué hacemos allí? ¿No hay igualmente radicales y terrorismo en Sudán sin ir más lejos? ¿No está todo por reconstruir en tantas partes del mundo?

Los soldados internacionales necesitan un aluvión logístico para pegar un tiro. Los afganos sólo un fusil y un higo seco. Los soldados internacionales temen por su vida y tienen un altavoz en sus países –cuando mueren- en forma de opinión pública. Los afganos no temen nada y su muerte sólo enciende la venganza sagrada de sus vástagos.

Miles de años y no hemos aprendido nada: la democracia es imposible de exportar con la fuerza.

En 1842, después de tres años de ocupación británica, dieciséis mil personas entre soldados, familiares y nativos simpatizantes intentaron cruzar las montañas nevadas hacia las llanuras de la India. Sólo hubo un superviviente: el Capitán médico William Brydon. Cuyo nombre llegaría a ser sinónimo de valor en la era victoriana.

Existe una sensación de que cada vez más se produce una brecha entre lo que dicen los políticos y lo que piensan. Entre lo que nos cuentan y lo que saben. Utilizan palabras talismán: Reconstrucción, seguridad, democracia. Igual que las empresas para maquillar sus cuentas de resultado: “échele una mano al medio ambiente”. Malditos bastardos.

Por cierto, una magnífica película de Tarantino.



domingo, 4 de octubre de 2009

GERTRUDE BELL


Hace años, vi un libro con muy buena pinta en un montón revuelto de saldos. Todos costaban quinientas pesetas; tres euros de hoy. El libro en cuestión era la biografía escrita por Janet Wallach de Gertrude Bell, editado en tapa dura por ediciones B, 650 páginas y con buenas críticas. El caso es que no se vendería bien y acabó en ese cementerio indigno que son los cajones de saldo de los grandes almacenes. Por supuesto lo compré; algo me sonaba ese personaje importante de haberlo visto comentado en algún libro sobre la primera guerra europea o en algo que leí de T.E. Lawrence.
Gertrude Bell estaba condenada a ser una mujer de su época. La constreñida y remilgada época victoriana en una familia de la alta burguesía. Pronto se rebeló a su destino y estudió en la Universidad de Oxford.
Al estallar la I Guerra Mundial trabajó para el Servicio Secreto Británico y pronto fue enviada a misiones en Oriente Próximo. Llegó a ser la persona más influyente del Imperio. Colaboró con el Coronel Lawrence en la causa árabe. Al acabar la Guerra llegó a ser consejera del Rey Faisal. Fijaos en este párrafo sacado de una de sus conferencias:
(No dudo por un momento que la autoridad final debe estar en manos de los sunitas, pese a su inferioridad numérica, ya que de lo contrario tendremos un estado teocrático, que es el mismo infierno)
¿Habría leído Bush a esta mujer? Imposible.
Escribió muchos libros contando su experiencia en el desierto y las estratagemas políticas que vivió.
Con los años fue perdiendo influencia y amistades. Fue nombrada directora del museo de IraK, pero pronto se aburriría y empezó a entrar en estados de depresión. Una noche; el 11 de julio de 1926, después de avisar a su secretaria que la despertara a las seis de la mañana, se metió en la cama y se atiborró de pastillas para dormir; nunca más despertó. Tenía 57 años.

jueves, 1 de octubre de 2009

01/10/09


En el Paseo de Recoletos al salir del trabajo. Hoy han inaugurado, un año más, la feria del libro antiguo y de ocasión. Siempre me paso a echar un vistazo. Un vistazo nervioso y con prisas. Justo como no deben recorrerse el lomo de los libros. Se repiten los títulos de saldo, las ediciones de quiosco, las novelas que se quedaron apartadas en el olvido, las eternas y las manidas de siempre. Pero siempre cabe encontrar alguna joyita.

Cuando ya estaba a punto de lanzarme escaleras abajo para tomar el cercanías, he visto entre las innumerables hileras el nombre de un autor y los ojos me han hecho chiribitas: JK Huysmans; el libro, “A rebours” “Contra Natura”. Leí hace años con sumo placer, “Allá lejos” y no me lo he pensado.

Rápido he abandonado la calle con el botín y ya en el vagón he ojeado sus páginas. Es una cuidada y dorada edición de Tusquets de 1997 –colección marginales- en cuya tapa encontramos un cuadro de Eduardo Arroyo en el que un hombre, cabeza abajo, sube o baja unas elegantes y coloridas escaleras. En el libro se habla de un tal Des Esseintes.

Cuando he llegado a casa lo he buscado en el dios de la sabiduría: san google. He accedido a un enlace ilustrado que aparecía en la quinta o sexta posición y se ha abierto el blog de una tal Isabel Núñez, al parecer escritora y periodista de Barcelona. Conocida de todo el mundillo literario de la ciudad Condal, de Vila-Matas, Bohigas... ¡ha hablado con Claudio Magris! defensora de los árboles, amante de la buena comida y demás artes, viajera. Escribe... ¡joder, cómo escribe!

No la conocía pero estoy seguro que a partir de hoy será una ventana donde me asome cada día a echar una bocanada de aire fresco. Mentando a Vila-Matas: ¡Qué casualidades tiene la vida! Si la señora pesada que estaba sobando los libros que estaban junto al mío hubiera tardado solo treinta segundos más, jamás habría encontrado este blog.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Walter Benjamin


Sostenía Walter Benjamin en 1933 que nos estamos volviendo pobres. Pobres en cuanto a la capacidad de narrar experiencia: “Las gentes volvían mudas del campo de batalla...”. Para mí ha sido un descubrimiento leer algunos ensayos de este escritor y filósofo alemán. Si tecleamos su nombre en un buscador, veremos unos cuantos de sus escritos. Casi todos traducidos magistralmente del alemán por Jesús Aguirre: otro descubrimiento. Aparte de que fue el último marido de la Duquesa de Alba y de que había sido jesuita, apenas sabía nada. Pero resulta que era un erudito de tal envergadura que era capaz de recitar un discurso de memoria; ¡¡en griego!!. En fin, una cosa lleva a la otra. Creo que como a Zweig, a Benjamin, le parecía que “su mundo” se desvanecía. Y por eso hacía el esfuerzo de mirar hacia atrás, hacia lo obsoleto y darle una nueva fuerza. Muy interesantes algunos comentarios que hace sobre el acto de narrar. Acosado por las huestes de Hitler, Benjamin se suicidó con una sobredosis de morfina en Port Bou, en la frontera franco española. En 1940. Tenía cuarenta y ocho años.

sábado, 26 de septiembre de 2009

De la biografía de Richard Burton


He recordado la lectura que me hizo feliz hace unos cuantos veranos. “El Capitán Richard F. Burton” la imprescindible biografía que escribió Edward Rice sobre el explorador. Decía aquél en su diario:
“Uno de los momentos de mayor alborozo en la vida del hombre, creo yo, es el momento de emprender un largo viaje hacia tierras ignotas. Desperezándose, despojándose con un poderoso esfuerzo de todas las trabas que nos impone el Hábito, el plúmbeo peso de la Rutina, el manto de tantas Cuitas y la esclavitud del Hogar, uno vuelve a sentirse de nuevo mucho más feliz. Fluye la sangre por las venas con el ritmo vivaz de la infancia... Un viaje, de hecho atrae a la Imaginación, a la Memoria y a la Esperanza, las Tres Gracias de nuestra esencia Moral...”
RICHARD BURTON
Definitivamente no es uno de los momentos de mayor alborozo el preparar las vacaciones de un sufrido turista. Las tierras son conocidas y están llenas de personas.

jueves, 17 de septiembre de 2009

KLAUS MANN


Cuesta mucho encontrar vástagos geniales de padres geniales. Por lo que he leído, no fue muy talentoso este escritor alemán, aunque tiene algunas novelas de cierto mérito y diarios muy esclarecedores de su época “Los años pardos”. Otra novela: “Mephisto o el volcán” También una creíble biografía de Alejandro y artículos periodísticos como reportero en la guerra civil española (posteriormente se hizo militar americano en la sección de ¡propaganda americana!). Nunca lo hubiera pensado de un hijo de Mann. Su padre, el gran Thomas Mann le ignoraba; en el mejor de los casos.

Al padre no le gustaba que tuviera esa propensión al teatro, a las máscaras y a disfrazarse; generalmente pintarrajeándose de chica junto con su hermana Erika. Encima, parece ser que también eran más traviesos de lo normal, por lo que sus padres decidieron internarlos en un colegio para elites. El sueño de ambos hermanos era ir a Berlín y montar un espectáculo de cabaret. Cumplieron su sueño cuando se exiliaron en Suiza donde fundaron El Molino de Pimienta.

Hay un critico que definió a Klaus como homosexual, drogadicto e hijo te Thomas Mann. Nunca fue valorado por su padre y eso supongo que debe hundir bastante. Que tu padre te considere un inútil toda tu vida no debe ser muy estimulante, no. Sólo se sabe que ante la noticia del suicidio de su hijo anotó en su diario “acto irresponsable” ¡qué horror!

Nació en 1906 en Munich. Se suicidó en mayo de 1949 en Cannes. Tenía 43 años.

martes, 15 de septiembre de 2009

15/09/09



Comiendo un trozo de pollo muerdo un huesecito y me fracturo una muela; otra vez. Es un deterioro lento pero continuo. El trozo es del tamaño de la uña de un meñique y por el lado interior es de color marrón. Todo termina por perder la pureza. Cuando limpio la máquina de afeitar ya no sacudo los pelos duros y negros de la juventud; ahora son del color gris de la ceniza. Al fin y al cabo, un adelanto.
Los pelos. Es curioso. Perdí la mayor parte de los pelos de la cabeza hace años pero sin embargo crecen desmesuradamente en otras partes pelos tan recalcitrantes que a pesar de pegarles tirones atrapándolos con la punta de los dedos, no se sueltan nunca de su raíz. Y si se consigue, arrancarlos, vuelven a nacer y crecer con tanta fuerza que uno va dejándolos por imposible, ya sin paciencia, como tropas de ocupación. Me crecen pelos en las orejas, nariz, cejas, espalda ¡pómulos! ¿Cuándo he tenido yo pelos en los pómulos o en el filo de la oreja? Es increíble.
Una manchita más oscura en la cara, una arruguita que nace un día y no se borra jamás, un pelo que crece y crece en la ceja, el párpado un poco más echado en la pestaña. Una porción de grasa que se gana aquí o se pierde allá... Un trabajo implacable el que hace el escultor del tiempo en las cosas vivas. Todo se muere. Todos hemos de morir. ¿Cómo no voy a estropearme yo si se estropeó el mismísimo Paul Newman? ¿Si acaba de morir Patrick Swayce?
En fin habrá que entretenerse con algo mientras uno se va pudriendo. Uno, como decía Dámaso Alonso, se va pudriendo desde que nace.
He pasado de las trincheras francesas –Chevalier- a las alemanas llevado del brazo por Remarque en “Sin Novedad en el frente”: todas las trincheras se parecen; los piojos, el hambre, el sueño, la enfermedad, el miedo, las mutilaciones, las ratas. Los soldados de los diferentes bandos se parecían más entre sí que entre sus generales. Las ratas eran las odiosas compañeras de los soldados. Se disputaban contra ellos los panes duros.
En una ocasión –cuenta el protagonista de Sin Novedad en el frente- hartos de que se comieran sus alimentos decidieron juntar los trozos roídos en el centro del puesto; luego, al rato, cuando apagaron las luces y oyeron el ajetreo de las ratas encendieron a la vez las linternas y las machacaron con sus palas. Pero siguieron intentándolo, las ratas, hasta que un día desaparecieron. Estaban todas en las alambradas dándose el gran festín.
Las ratas siempre triunfan entre la podredumbre del hombre.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Yukio Mishima


De Mishima sólo he leído Confesiones de una Máscara y algunos textos por ahí sueltos. A raíz de la lectura de un libro delicioso de Javier Marías (Vidas Escritas) hace algunos años, ahondé un poco más en la vida de este escritor japonés.
Mishima era un ser contradictorio. Por un lado abogaba por una postura en defensa de la tradición de Japón y por otro sentía atracción por la cultura occidental. Se declaró homosexual; razón de más para vivir en un mar de confusiones, viendo el lugar y la época que le tocó vivir.
A Mishima le gustaba aparecer con el torso desnudo (tenía un cuerpo musculoso debido al ejercicio) y en ocasiones se hacía clavar saetas de pega a fin de parecer un San Sebastián de oriente. Mishima era una personalidad extraña. Era exhibicionista. Se dice que era de trato agradable y en la conversación se reía con gran estridencia. En su Confesiones de una Máscara, tengo subrayados muchos párrafos aludiendo a sus ideas suicidas, asesinas e incluso, antropófagas. Yo creo que buscaba belleza en el acto último del suicidio. Mirad este párrafo:
(Quería morir entre desconocidos, sin que nadie me molestara, bajo un cielo sin nubes. Y, sin embargo mi deseo era diferente de aquellos sentimientos expresados por el antiguo griego que deseaba morir bajo un sol resplandeciente. Lo que yo quería era un suicidio natural, espontáneo...)

Se puede decir que el suyo es uno de los suicidios más espectaculares de la historia. Se sabe que lo realizó delante de muchos testigos. En su libro, Marías se explaya en los detalles morbosos de la última ceremonia. A groso modo ocurrió así:
Mishima creó una pequeña guardia seudo-militar. Con la excusa de enseñar una espada Samurai a un Coronel, entró con cuatro acompañantes a su despacho y lo secuestraron. Exigió que formara toda la guarnición en el patio principal para que escucharan una arenga. Varios oficiales desarmados intentaron detenerlos y más de uno se llevó un buen sablazo. La tropa comenzó a mofarse de él y a insultarlo. Se introdujo de nuevo en el despacho y se preparó para el harakiri. Le pidió a uno de sus soldados (probable amante) que lo decapitara una vez se hubiera abierto las tripas. Pero falló hasta tres veces rajándole los hombros, la espalda y el cuello pero sin llegar a acertarle en la cabeza. Otro de sus soldados menos nervioso, cogió la espada y decapitó limpiamente a ambos. Esa misma mañana había entregado a su editor su última novela. Dijo que el harakiri era la masturbación definitiva. Tenía cuarenta y cinco años.