martes, 29 de diciembre de 2020

WERNER HERZOG. Del caminar sobre el hielo.

 

  Tanto me han gustado sus películas documentales, tanto su forma de narrar las imágenes que nos muestra, tan interesantes las historias, tan poéticas sus visiones de la vida, que cuando vi este libro anunciado no sé dónde (imagino que el poder de los algoritmos) y cuando vi que el precio no era caro (el librito se lee en dos días, de tamaño liliputiense, de la editorial Gallo Nero) y tanto me apetecía leer algo de este hombre que lo pedí.

  El libro trata sobre un viaje a pie desde Múnich hasta París en pleno invierno. Desde el 23.11.1974 al 14.12.1974. 774 kms según el google maps.

  La palabra, creo yo, que más se repite es tormenta. Y el motivo del viaje (él tenía algo más de treinta años) era que pensaba que así podría salvar la vida de su amiga, enferma en París y, sencillamente, como dice en el epílogo, no podía morir. Pasa lógicamente mucho frío. Se siente en muchas ocasiones dolorido, cansado, hambriento, muerto de frío, solo. Se cruza de vez en cuando con seres humanos pero teme que su aspecto les asuste. Él también se asusta cuando tiene que dormir en sitios abandonados y siente la presencia de ratones. Sufre rachas de agua y nieve que le llegan en horizontal.  Está escrito en forma de diario anotando rápidos esbozos de paisajes, luces, colores, olores, sensaciones. Habla mucho de su talón de Aquiles, inflamado de tanto caminar. Del desagradable olor propio.

  Cerca del final me llama la atención una imagen: “He visto a dos niños gordos delante de un televisor; la imagen estaba totalmente distorsionada, pero de todos modos la miraban embobados”.

  Y me he quedado en suspenso, con el libro y los ojos cerrados. Está mezclado con mis recuerdos. He imaginado un corto, o un cuento. Más o menos sería así: “Años sesenta. Verano. Noche calurosa. Están los niños (podemos ser mis hermanos y yo) mirando abstraídos el televisor. En la pantalla apenas aparecen puntitos, niebla que se desplaza. Cerca de esta escena unos niños juegan a la peonza, otros a las canicas. La madre, dentro en la cocina, prepara unos bocadillos de mortadela olorosa. Huele a la cerveza agria que beben los mayores. Muy de vez en cuando pasa un coche, una bicicleta, el camión de la basura. Poco a poco los niños son capaces de vislumbrar qué se acontece en la pantalla del televisor: es claramente una escena donde se ven niños jugando a la peonza, a las canicas.

sábado, 26 de diciembre de 2020

HISTORIA DE LOS REYES DE BRITANIA. GEOFFREY

 


  Editorial Siruela. Con magnífico prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Hojas de papel ahuesado de 100 gramos. Año 1985. Escrito en el año 1139. ¿Qué clase de persona puede ser esa que es capaz de tirar un libro así a la basura?

  Este libro, este estupendo libro fue uno de los que encontré metidos en bolsas del Ikea pegadas al contenedor de papel cerca de donde vivo. Seleccioné unos cuantos. Eso fue hace dos años y medio y desde entonces no me había decidido a leerlo. El texto es una sucesión de reyes y guerras, de traiciones, de matanzas. Como decía Homero: Los hombres se cansan antes de dormir, de amar, de cantar y de bailar que de hacer la guerra. Del prólogo de L.A.d.C.: “El propósito de Geoffrey al escribir la Historia regum Britanniae no es otro que trazar el devenir histórico de los britanos a los largo de un período de mil novecientos años, desde Bruto, bisnieto del troyanoEneas (siglo XII a.C.) hasta su último rey, Cadvaladro (siglo VIId.C.). Casi nada. Así es lógico que todo, en las poco más de doscientas páginas, vaya a toda leche.

  Se dice que este autor es el precursor de la historia fantástica del Rey Arturo. Y es por eso, por el interés literario, que me he detenido más en las páginas que le dedica. Un engaño urdido por el mago Merlín (tomar la apariencia del amo del castillo) hace que se traspase la fortaleza asediada y se acueste con Igerna, la que acabará siendo madre de Arturo “que tanta fama adquiriría más tarde por su extraordinario valor. Valor que tampoco le sirvió de nada porque murió en combate siendo aún muy joven.

  Bueno, está bien como curiosidad pero tampoco me ha proporcionado especial placer su lectura. Este será el último libro del aciago año 2020 porque estos días que quedan los emplearé en leer el Jot Down del trimestre y en dar un achuchón al Martín Fierro. El año que bien, ya veremos.

Salvador Benesdra. 1952-1996

 


 Leído en el Jot Down de este trimestre, dedicado a la Argentina. Rebeca García Nieto. "El 2 de enero de 1996 se tiró por el balcón desde un décimo piso. Algunos han visto este acto el punto final de su obra". Autor de una de las novelas más importantes de Argentina: El Traductor. Fue finalista del premio Planeta. Pero no la publicaron hasta después de su muerte. En las editoriales donde enviaba el manuscrito casi siempre la respuesta parecida: "Demasiado elevado para este tipo de mercado".

miércoles, 23 de diciembre de 2020

JOSEPH CONRAD. UN VAGABUNDO DE LAS ISLAS.

 

    Uno de los últimos libros del año: Un Vagabundo de las Islas, de Conrad. Lo tenía desde 1994 y me he dicho: de este año no pasa. Lo que ocurría, cada vez que lo hojeaba es que el comienzo no me llegaba, me resultaba confuso como son casi siempre las páginas de Conrad. Cuesta meterse en las tramas. En este caso, superado este primer bache uno va adentrándose poco a poco en el mundo conradiano del contacto, la difícil convivencia del hombre blanco con los indígenas de países que ni siquiera saben lo que significa la palabra desarrollo y donde el hombre blanco generalmente va a explotar los recursos, a esclavizar a los negros y a establecerse como dueño y señor de sus tierras.

  Willens, el protagonista, es al principio un grumete que llega en un mercante holandés y protegido del capitán prospera en el negocio del intercambio comercial debido a su inteligencia. Sin embargo la codicia y un carácter un poco débil (siempre que la familia de su mujer, de origen portugués y medio mulata le pide dinero éste se lo presta). Debido a estas deudas comete un pequeño fraude que se va complicando. Para cambiar de ambiente Lingard, el capitán, lo envía a tierras inhóspitas y allí conoce a una hermosísima malaya. Tienen una relación pero entonces llega su mujer, mujer que le había echado de casa con un hijo pequeño. Y cuando están a punto de marcharse, el matrimonio reconciliado, la indígena Aíssa, por despecho, lo mata. Bueno, un dilema moral un poco cogido con pinzas. Y, o la traducción no era muy buena, o esta novela no fue de las más conseguidas suyas. Nada que ver con la profunda y misteriosa El corazón de las tinieblas.

  Bueno, ya está, por fin la paso desde la tabla de pendientes a las baldas de libros pequeños y mal hechos, detrás de las estanterías con los preferidos.

sábado, 19 de diciembre de 2020

CUADERNOS AFRICANOS. ALFONSO ARMADA.


    Alfonso Armada ha sido corresponsal de El País desde… no se sabe porque dependiendo de las fuentes: Wiki, la solapa del libro, Fuentetaja, etc, comenzó a principios de los noventa o en el 99; en cualquier caso escribió para El País y luego para ABC. Ahora es director adjunto y presidente de la asociación de reporteros sin fronteras.

  Y como las casualidades existen no hace mucho le escuché en una entrevista en la radio y justo, antes de pagar en mi querida librería solidaria de Moncloa, lo vi cerca del mostrador a tres euros. Editorial Península, del año 98.

 La lectura está bien, es duro y de lenguaje poético muchas veces. Del 94 al 97 por diferentes países y guerras africanas. En el 94 trata del holocausto de Ruanda. El río bajaba infestado de cadáveres. Iglesias enteras, donde fueron a buscar refugio, llenas de cadáveres. Fue como la solución final pero a machetazos. A veces sin embargo se le va un poco la mano en el estilo. Está leyendo en Mozambique a Nietzsche y escribe este párrafo:

“El amor incluye un mecanismo de embrutecimiento (dormición) de la inteligencia que elimina los puestos de guardia y las cautelas de la razón a favor de un sueño que convierte las sombras enemigas en juegos de las hojas de los árboles sobre el estanque del tiempo inmóvil, que no pudre ni devora, cuando esa inmovilidad de la recreación encierra toda la herrumbre y la carcoma del hastío”. 

Total para decir más o menos: El amor surge cuando se juntan dos ascuas al rojo vivo que, con el tiempo, se van apagando y solo quedan rescoldos. O… el amor es un engañabobos.

  También en el mismo prólogo el mismo autor dice que debido al formato: mezclas de artículos, diarios, entrevistas…, se repiten escenas, noticias, testigos, personas, situaciones. Y es verdad, a veces causa un poco de molestia encontrarte una y otra vez al muchacho del extintor incrustado en el estómago. Pero en general se lee bien.

  Uno se entera de cómo, por ejemplo, influye el teatro en personas que no saben lo que es, que nunca han oído hablar de tal cosa: “Nunca habían visto teatro y querían participar en la representación, se subían al escenario, comentaban en voz alta lo que veían, nos interrogaban, creían que los personajes eran seres de carne y hueso”.

  Se queja muchas veces también de la inutilidad del periodismo. El mensaje se escribe, se publica y al rato sirve para envolver el pescado: “Más de una vez he sentido la inutilidad de todas las palabras con las que cuidadosamente trato de describir lo que veo y lo que siento. La sensación de que tanto sufrimiento como su relato son inútiles”. Así es.

  Siente admiración por los misioneros, que dan su vida por ayudar a los demás: “El cristianismo tiene connotaciones políticas. Somos unas monjas comprometidas, trabajamos por la paz y la justicia en el mundo. No somos específicamente misioneras. La justicia y los derechos humanos son el Evangelio mismo”. Uf. Tela.

  Habla mucho de Camus y de sus obras completas que lee en ese tiempo. Habla de El Malentendido, esa obra que tanta impresión me causó cuando la leí: “Es más fácil matar lo que no se conoce”.

  Hacia el final habla de José Eduardo Agualasa y su novela La estación de las lluvias. “El dolor que destila es a veces insoportable. Pero, retrata nuestro mundo, nuestro tiempo, nuestros héroes y nuestros monstruos, los que sólo afloran cuando la ley desaparece y todos los actos se vuelven impunes”. Ya lo estoy buscando.

  Del epílogo, hablando de Simone Weil: “eso que se llama barbarie no es algo sólo propio de ciertas épocas o de ciertos pueblos. Propongo que consideremos la barbarie como carácter permanente y universal de la naturaleza humana, que se desarrolla más o menos según las mayores o menores posibilidades que las circunstancias le brinden. Siempre se es bárbaro respecto de los débiles”.

jueves, 17 de diciembre de 2020

CARSON MAcCULLERS. EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO.

 

  El otro día vi la película Mi tío Frank. Qué historia tan bien contada. Claro, cómo no me iba a gustar si el guionista fue el que escribió el de American Beauty, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. En una de las conversaciones ella, una de las protagonistas, le cuenta a él, un compañero algo chulesco, los autores que más le gustan: la primera Carson McCullers. Por casualidad es el libro que he leído y que con tanta pasión lleva recomendando Elvira Lindo desde hace años. Sin embargo cuesta entrar en la trama del libro, trama por lo demás casi inexistente. La acción (la acción es mucho decir) se desarrolla en el sur de EEUU en la época de la depresión. Los personajes están todos a falta de cariño y amor, y sufren de soledad e incomprensión. Los dos primeros son Antonapoulos, un muchacho de origen griego medio tarado e infantiloide; y el personaje sobre el que giran todos los demás: John Singer, sordomudo, buena persona, siempre dispuesto a ayudar y el mejor escuchador del mundo: una persona que sabe escuchar tiene una bendición natural que le servirá en todos los ámbitos de la vida… “llegaban y se ponían a hablar en la silenciosa habitación, porque sentían que el mudo siempre comprendía, fuera lo que fuera lo que quisieran decirle. Y tal vez incluso más”. Entre ellos no obstante se entendían por el lenguaje de signos y jugaban algunas veces al ajedrez.

  Otro personaje es el Dr. Copeland y así hablaba de Singer: “Era un hombre sabio, y comprendía, de un modo del que no eran capaces los demás blancos, los firmes y verdaderos propósitos. Escuchaba y en su cara se reflejaba algo afable y judío, el conocimiento de alguien que pertenece a una raza oprimida”. El médico, como muchos otros personajes, es negro. Y se aprecia el problema racial, como uno de los elementos más importantes en la novela.

  El médico suelta a veces unas largas parrafadas. Defiende el derecho de su raza. Y a veces compara esa defensa, la igualdad, la justicia, con el comunismo y el cristianismo. “Él sabía. Cuando decía que le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que un rico entrar en el reino de los cielos, sabía condenadamente bien lo que decía. Pero mire lo que la Iglesia ha hecho con Jesús durante los últimos dos mil años. Qué han hecho de él. Cómo han desfigurado cada palabra que pronunció para servir a sus malvados propósitos. Jesús estaría en la cárcel, si viviera hoy. Jesús sería uno de los que realmente saben”. Cuánto me ha recordado este párrafo al famoso capítulo de Los Hermanos Karamazov, la novela de Dostoievski donde la Santa Inquisición prende a Jesús en la Semana Santa de Sevilla.

  Esta novela fue escrita por la autora con solo 23 años. Grahan Green dice desde la contraportada que le gusta más que Faulkner porque es más aquella escribía de manera más clara, y más que D.H. Lawrence porque no tiene mensaje. Estoy de acuerdo. Como dije, al principio me costó entrar en ese mundo pero luego no tuve más remedio que rendirme a su talento inmenso.

  Este ejemplar lo compré absolutamente nuevo, en la librería solidaria de Moncloa por 4 euros el 7 de octubre de 2020. Edición del 2008.  

 

jueves, 10 de diciembre de 2020

Un verdor terrible. BENJAMÍN LABATUT.

    El libro de Labatut, Un verdor terrible, habla sobre todo de científicos, de los beneficios que traen al mundo pero también de los desastres. El inventor del gas que mató a miles de soldados en la I Guerra Mundial, Fritz Haber y que posteriormente los nazis utilizarían para matar a parte de su familia. Bueno, en realidad comienza con las metanfetaminas que tomaba Göring porque lo necesitaba para mantenerse despierto infinidad de horas, como los soldados, a los que se les daba como parte de los suministros. Y lo enlaza con las cápsulas de cianuro que tomaron bastantes militares antes de la capitulación. El segundo capítulo lo dedica a la fascinante historia del físico, astrónomo, matemático y teniente del ejército alemán, en primera línea de artillería, Karl Schwarzschild.

“Como la luz no podía salir de allí, no podríamos verla con los ojos del cuerpo. Pero tampoco podríamos entenderla con la mente, ya que las matemáticas de la relatividad general perdían su validez en la singularidad. La física simplemente dejaba de tener sentido”.

La historia del físico Heinsenberg:

"El físico –como el poeta– no debía describir los hechos del mundo, sino solo crear metáforas y conexiones mentales. Desde ese verano en adelante, Heisenberg entendió que aplicar conceptos de la física clásica –como posición, velocidad y momento– a una partícula subatómica era un despropósito total. Ese aspecto de la naturaleza requería un idioma nuevo".

  En muchas partes del libro se pretende explicar el intento casi sobrehumano de entender el mundo a través de una ecuación. Y en un momento dado un científico dice comprender que es mejor que ciertas preguntas queden sin respuesta. Llega un punto en que no se puede penetrar más. Nuestros sentidos, nuestra capacidad para crear máquinas que nos haga entender la materia, se ven incapaces de llegar a los misterios de la naturaleza.

  “Los átomos que despedazaron Hiroshima y Nagasaki no fueron separados por los dedos grasientos de un general, sino por un grupo de físicos armados con un puñado de ecuaciones”.

“La física ya no debía preocuparse de la realidad, sino de lo que podemos decir de la realidad”.

  El libro me ha encantado. Ese capítulo del científico en el sanatorio para tuberculosos del doctor Herwig, enamorado de su hija adolescente y también enferma, a la que da lecciones de matemáticas y con cuyo recuerdo inmediato se masturba de manera frenética.

  Justo después de acabar la lectura del libro de Labatut he querido ver el último Imprescindibles dedicado al recién desaparecido Edward Punset. ¡Cómo me ha gustado! Y he anotado una frase que tenía en alguna parte de su despacho y que tiene algo que ver con este libro: “En ciencia la verdad tiene fecha de caducidad” de Jorge Wagensberg.

  Seguiré la pista de este joven escritor: del 80, ¡madre mía!