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martes, 11 de julio de 2017

Nacida el 4 de julio



  Qué certera esa frase que dice que el hombre, en la vejez, no es que vuelva a la infancia, es que no la ha dejado nunca. Lo que pasa es que, aunque sea también una idea manida, los juguetes salen mucho más caros. He estado ahorrando más de una año y me he comprado una nueva bicicleta de montaña. Carbono, ruedas más grandes, más ligera, preciosa, carísima. ¿Hacen estas cosas secundarias más felices a las personas? A mí desde luego que sí. Salgo a rodar por el campo y me siento feliz, pletórico. Eso sí, me ha destrozado un poco la economía porque el sábado, del chaparrón enorme que me cayó, el móvil se estropeó y me he tenido que comprar otro: economía afectada pero… en tres años –lo que me ha durado el anterior- la tecnología ha cambiado una infinidad para bien. El móvil es ahora, en este futuro, una máquina en la que todavía no nos hemos dado cuenta lo que tenemos entre las manos: una cámara, un video, un correo, un navegador con gps, un ordenador, una brújula, una biblioteca, toda la música, los contactos y la comunicación con amistades y familia, una tienda gigante, toda la prensa…, y un ¡teléfono! Creo que solo le falta un mechero para el fuego y una navaja para hacerse un bocadillo.

jueves, 6 de julio de 2017

SIMON LEYS. BREVIARIO DE SABERES INÚTILES.




    El otro día un amigo me dijo que se había puesto a estudiar historia y geografía. A mí me da pereza porque pienso que no voy a poder leer lo que quiera. Me van a imponer estudios y lecturas que quizá no me apetezcan. ¿Qué utilidad tiene saber sobre naufragios? ¿Qué sobre viajes a los desiertos de Australia? ¿Qué sobre lo que sentía o sufría un soldado en una trinchera de la Primera Guerra Mundial? Saberes inútiles que al menos a quien esto escribe dan una inmensa felicidad.
  Dice Simon Leys, del que he leído La felicidad de los pececillos y Los náufragos del Batavia, exquisitos libritos imprescindibles, que de pequeño asistió en Hong Kong a una escuela en la que un maestro le enseñó disciplinas carentes de cualquier tipo de utilidad y que fue feliz. “Aprender y vivir eran lo mismo”.
  El libro, de la fabulosa editorial Acantilado, lo compré en la feria del libro de Madrid de este año. Está dividido en cinco bloques: Uno, pequeño, lo llama Quijotismo, un ensayo sobre la grandeza del Quijote. Y cuenta que a Nabokov le pareció detestable las risotadas que pretendía Cervantes en los lectores las tragedias, humillaciones y sinsabores que sufría el pobre hidalgo.
  Otro bloque se titula Literatura. Y hace un repaso personal sobre las biografías de grandes nombres: Balzac, Orwell, Chesterton… Así en un apartado referido a este último señala: “Necesitamos aportar pruebas de nuestra formación profesional incluso para obtener el humilde puesto de barrendero o de perrero, pero nadie pone en duda tu competencia cuando quieres convertirte en marido o esposa, en padre o madre… y sin embargo, e trata de ocupaciones a tiempo completo de suma importancia, que requieren en realidad habilidades que bordean la genialidad” ¿No es genial?
  En el capítulo dedicado a Orwell hace una reflexión que me parece muy acertada: hasta dónde estamos dispuestos a indagar en la vida de un escritor. “Toda la vida vista desde dentro sería una serie de derrotas demasiado humillantes y desdichadas para ser consideradas”, como decía no hace mucho un nuevo biógrafo de Borges, que contaba cómo se orinaba en los pantalones siendo ya mayor. “¿Necesitan los biógrafos aunque sean serios y escrupulosos, explorar y revelar esos detalles íntimos o tienen derecho a hacerlo? Pero, a pesar de eso, los leemos. ¿Es justo que lo hagamos? Esas preguntas no son retóricas. Confieso honradamente que no conozco la respuesta”.
  Habla de los traductores. Qué observaciones tan acertadas. Yo siempre he defendido que un buen traductor es como un buen intérprete. Pero él va más allá: “El traductor es el mono del novelista. Debe hacer las mismas muecas, le gusten o no”.
  El siguiente bloque lo dedica a China. No obstante es un gran sinólogo europeo. Vivió allí muchos años; los más decisivos, los de su infancia.
  En ¿Quién fue Confucio? cuenta una historia bonita: “… el Maestro proporciona un integrante autorretrato: el gobernador de cierta ciudad había preguntado a uno de sus discípulos qué clase de hombre era Confucio, y el discípulo no había sabido qué responder, lo cual provocó la reacción de Confucio: ¿Por qué no le contaste simplemente que Confucio es un hombre impulsado por una pasión tal que, en su entusiasmo, se olvida a menudo de comer y no se da cuenta del comienzo de la vejez?”. El entusiasmo, la pasión… la clave en esto del arte.
  La cuarta parte la dedica al mar, del cual es un apasionado. Y habla –he aquí el verdadero impulso para gastarme los treinta y dos eurazos que me costó- de “Los náufragos de las Auckland” del que hablaré largo y tendido cuando emprenda su lectura, porque al fin encontré una edición en español.
  La última parte la dedica a la Universidad. Y, cómo no, la critica. “Sueño con una universidad ideal que no entregase títulos ni diese acceso a ninguna ocupación específica, ni certificase capacitación profesional de ningún género. Los estudiantes estarían motivados por una sola cosa: un fuerte deseo personal de conocimiento; la adquisición de conocimiento sería la única recompensa”.
  Un libro bello, necesario y, ay! Inútil: “Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil”. Zhuang Zi. Pues eso.