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domingo, 28 de mayo de 2017

DIARIO DE MOSCÚ. WALTER BENJAMIN. EL RUIDO DEL TIEMPO. JULIAN BARNES.





   Ha querido la casualidad que se junten en el tiempo de mis lecturas estos dos libros, separados en el tiempo de la escritura casi un siglo pero muy cercanos en la temática y su tiempo: lo soviético antes de la II Guerra Mundial. En el caso del escritor alemán se trata de los Diarios que escribió en su paso por Moscú entre el año 26 y el 27. Tenía ganas de leer algo de Benjamin por ser tantas las referencias que encuentro aquí y allá. Es, sin duda, un gran escritor y pensador. Pero creo que me he equivocado. Hay que elegir muy bien el primer libro que se lee de un escritor. Muchas veces es la sensación que nos queda y a veces sirve, mal servido, para no volver a leer nada suyo. Me ocurrió con Ernst Jünger pero felizmente me “curé” leyendo sus volúmenes diarísticos. En un libro de diarios uno espera encontrar referencias sobre lo que lee, come, ve o ama. Pero en Benjamin son temas demasiado pegados a lo inmediato tipo “por la mañana cambiar dinero”. El viaje tiene el motivo de un reencuentro con la actriz Asja Lacis pero parece que no avanza en absoluto y lo que se cuenta desde luego carece de interés para el lector. Todo frío como el clima.
  Se comentan temas políticos y aspiraciones burguesas. Enfermedades, humillaciones y frustraciones varias. Nada digno de resaltar. Recordar que sí me parecieron de gran interés sus varios ensayos que circulan por la red, traducidos por Jesús Aguirre y que Benjamin se suicidó con una sobredosis de morfina en Port Bou, cerca de la frontera franco española.
 
  El libro de Barnes en cambio es una biografía novelada de Dimitri Shostakóvich. La vida y la obra del genial compositor ruso se desarrollaron en un régimen en el que el arte no estaba al servicio de la belleza sino que estaba, por decreto gubernamental, al servicio del pueblo. “… puesto que todos los compositores eran empleados del Estado, era deber de éste, si cometían ofensas, intervenir y obligarles a una mayor armonía con su público. Lo cual parecía totalmente razonable, ¿no?”.   Stalin publicó a través de su maquinaria política un artículo denostando una ópera suya, Lady Macbeth, y tachándola de decadente.
  Es un libro muy bien escrito de parte de uno de los mejores autores británicos de nuestros días. “El acto sexual, sostenían los jóvenes sabelotodo, era exactamente lo mismo que beber un vaso de agua; cuando tenías ser, bebías, y cuando sentías deseo, tenías sexo. Él no se había opuesto a este sistema, aunque dependía de que las mujeres desearan tan libremente como eran deseadas. Algunas lo hacían, otras no. Pero la analogía sólo te llevaba hasta este punto. Un vaso de agua no comprometía el corazón”.

viernes, 19 de mayo de 2017

PASEOS POR ROMA. STENDHAL.





  Paseos por Roma está escrito como un Diario. Un diario que debe ser mucho más numeroso en sus páginas porque son una selección hecha por David García López. Y éstos ocupan 554 páginas de letra apretada. Pero es un buen libro, lleno de encanto y erudición, términos que no siempre es fácil que vayan juntos.
  Si compré este libro fue porque lo recomendó Javier Reverte en el suyo sobre la ciudad eterna. Y si éste estuvo recorriendo sus innumerables sitios durante tres meses exactos, el francés lo hace durante dos años, 1828 y 1829. Acompañado de amigos y de amigas igualmente encantadores, entendidos, y dispuestos y disponibles.
  En el libro se habla, claro está de la ciudad pero también de su historia y del Vaticano y de sus papas y guerras. De las cosas que se entera uno leyendo sus páginas.
  Stendhal sabía de arte y belleza y por algo se ha llamado el mal de Stendhal al que describe ese malestar o vahído causado por la contemplación de lo demasiado bello. Y en Roma –también en Florencia, Venecia- hay mucho de eso. Y es que en Roma ha habido mucha historia, mucho dinero y mucho talento, con sus luces y sombras: “Se puede hacer a los romanos la misma objeción que a Napoleón. Fueron a veces criminales, pero jamás el hombre ha sido más grande”. Grande como Tito: “En la inauguración del Coliseo el pueblo romano tuvo el placer de ver morir cinco mil leones, tigres y otros animales feroces, y cerca de tres mil gladiadores. Los juegos duraron cien días”.
  “¿Qué lugar en la tierra vio alguna vez una multitud tan grande y pompas tales? Al emperador del mundo (¡y este hombre era Tito!) lo recibían aquí los gritos de alegría de cien mil espectadores; y ahora ¡qué silencio!”  Bueno, casi dos siglos después, en un estadio tan grande a nuestro rey le silban y abuchean.
  Stendhal es con respecto a la religión moderadamente sarcástico, guasón, del que sabe que pueden leerlo –hay que pensar en la época en que está escrito- personas poderosas que pueden causarle problemas. “Creo que se ha necesitado una bula para permitir exponer aquí, y solamente como hipótesis, el sistema que pretende que la Tierra gire alrededor del Sol. ¿No dijo Josué: Sta sol (“párate sol”)? De aquí la famosa persecución de Galileo, sobre el cual se miente hasta hoy, en 1829”.
  “Entonces, ser irreligioso era ser antipatriota, o sea un hombre execrable que tramaba la ruina de su patria”. Ahora, en el siglo XXI la gente poderosa se sigue envolviendo en la bandera de la patria para robar con más sigilo y protección. El pecado o la falta, la que te absuelve, no es ahora el perdón religioso, son los votos (Ministro de Justicia).
  Demoledor. Subrayado con ahínco: “Los patricios inventaron la religión para dominar los momentos de cólera del pueblo. Dos o tres veces el Estado se salvó gracias al respeto que este pueblo le tenía al juramento”.
  Es verdad que la religión ha sido, en aquellas épocas, un protector y un potenciador del arte, pero también es verdad que detrás han venido para tapar cuerpos desnudos sin empacho o vergüenza alguna. Y no solo la élite religiosa. También los soldados rasos. Cuenta que en el saqueo de Roma, 1527 “unos soldado alemanes instalaron  su vivac en la stanze. Las hogueras que encendieron en medio de estas salas ahumaron los sublimes frescos que hemos vuelto a ver hoy por sexta vez”. Esa “stanze” era la capilla Sixtina.
  Qué certero es el siguiente comentario: “He aquí una triste verdad: Sólo se goza realmente de Roma cuando se tiene educada la vista”. Certero: “El catolicismo acaba de demostrar, en Lisboa y en España, que execra el gobierno representativo, que es justamente la única pasión del siglo XIX. Es, pues, posible que antes de finales de este siglo muchos hombres sensatos adopten una forma nueva para el culto del Dios OMNIPOTENTE, REMUNERADOR Y VENGADOR”. “Mientras el hombre tenga imaginación, mientras necesite ser consolado, le gustará hablar de Dios…” y siguen una serie de frases portentosas. (398).
  La historia de la Iglesia. Qué bonita e interesante y qué bien la cuenta: “Éste último dijo él mismo a Paulo Giovo que en el momento en que tomó aquel brebaje sintió un fuego ardiente en el estómago, perdió la vista y enseguida el uso de todos los sentidos; finalmente, después de una larga enfermedad, antes del total restablecimiento se le cayó toda la piel”.

  “Todos los entierros de buen tono pasan por aquí al caer la noche (a las veintitrés y media). Por aquí he visto pasar yo, en medio de cien cirios encendidos, sobre unas andas y con la cabeza descubierta, a la joven marquesa Cesarini Sforza, espectáculo atroz que yo no olvidaré en mi vida, pero que hace pensar en la muerte, o más bien, impresiona la imaginación, y por tanto es un espectáculo muy útil para quien reina en este mundo atemorizando con el otro”.
  En fin, infinidad de historias y anécdotas que hacen de esta lectura una cosa de lo más placentera. No hay que hacerle caso en ningún momento de su advertencia: “(Si el lector se cansa de esta crónica, puede saltar unas páginas. He querido evitar al viajero búsquedas fastidiosas)”. Ni por asomo. Merecieron la pena cada uno de los dieciséis días que me llevó su lectura.

martes, 2 de mayo de 2017

CANSASUELOS. ANDER IZAGUIRRRE.





   Hará ya cinco años supe de este joven periodista por el blog de José Antonio Montano, de cuando todavía no era tan famoso, Montano, periodista ahora de El Español entre otros. Habló en alguna parte de Plomo en los bolsillos, el estupendo librito en torno a anécdotas del tour de Francia. Me gustó el estilo y la manera de contar las cosas. Y como me gusta mucho caminar, viajar, apuntar cosas después y leer, pues qué mejor que hacerme con este librito (alguna vez he dicho que, de tener éxito, sería el mejor oficio del mundo). A ver cuando acomete algo más frondoso: material y talento seguro que le sobra (a ambos).
  El caso es que en 2015 escribió este libro que trata sobre el viaje a pie desde Bolonia hasta Florencia. ¿Por qué? Pues según cuenta porque en Navarra, en el Camino de Santiago, conoció a una italiana que iba buscando agua y que luego le invitó a hacer lo propio, es decir, caminar, en su propio país. (No cuenta nada más de esta relación, cachis). Dice que el trayecto en tren de alta velocidad se hace en poco más de una hora; a pie, a la velocidad de ellos, cinco días. La verdad es que tampoco es para matarse. Debía ser por la baja forma de S., la chica, porque me consta que él, Ander, está preparado como aficionado a los pedales que es. Salen a una media de 20 km, es decir para aficionadillos del camino. Para el trayecto de este año, un tramo por León, estoy diseñando treinta y tantos de media durante cinco o seis días.
  En el libro se habla más de anécdotas e historias que del viaje mismo. De quien primero nos habla es del pito de Neptuno que es del tamaño de un cacahuete pero que puede verse erecto. Algo que tiene truco porque para verlo así hay que irse a una losa determinada y hacer que coincida el dedo pulgar justo donde debía estar el miembro. Resultado, un empalme de dioses, nunca mejor dicho. Qué bueno disponer ahora de la tecnología: puedes entrar en google y teclear Bolonia, Neptuno y pene y ver la escultura.  (Ahora no paro de hacer eso leyendo los Paseos por Roma de Stendhal, no paro, pero ¡qué ventajas tiene!).
  Se habla en forma de anécdotas. Un soldado muerto alemán por la guerrilla, fueron a la aldea y mataron a un buen puñado de hombres de todas las edades. También del cementerio de soldados alemanes: cerca de cuarenta mil. Cuántas historias de vida truncadas.
  “La segunda mañana siempre duele algo”. Todos los que hemos hecho caminatas por etapas sabemos de lo que habla. Es una sensación de que el cuerpo nos dice que descansemos pero como no lo hacemos, seguimos andando, luego nos lo agradece. Cada día nos vemos más acorde con el paso, con la respiración, con el peso de la mochila y con el calzado y los calcetines si hemos elegido bien. Pero dicho esto… (La tercera mañana siempre duele algo). Se cuenta el hallazgo en el 79 de un tramo de una calzada romana y cuenta la forma en la que se tenía entonces de construir vías de comunicación: por el sitio más corto sin tener que bajar o subir en altura, o lo mínimo imprescindible.
  Se habla de ciudades y pueblos y esculturas y monumentos. Del hecho de caminar. Solo un párrafo he señalado en todo el libro. Una cita de Kierkegaard. “He caminado hasta mis mejores pensamientos”. Y sigue sobre algo absolutamente delicioso en torno a Rousseau quien dijo: “Andar tiene algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto apenas puedo discurrir; es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la grandeza del espacio, el buen apetito y la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, me dan mayor audacia para pensar”. Y sigue el autor, es decir, Izaguirre: Rousseau es un ejemplo de la importancia del silencio y la libertad para pensar: tuvo cinco hijos con Therese Levasseur, la lavandera del hotel donde se hospedó en París, y entregó los cinco al orfanato para que no le molestaran mientras se concentraba en escribir Emilio, el libro en el que explica cómo debe educarse a los niños.
  Fantástico.
Un librito sensacional, largo como un artículo de los de antes, en el que se echa de menos más material. Si un día apareciera un tocho con el nombre de este periodista en el lomo; me iría a por él de cabeza. Y si fuera finito, pues también. Tiempo de lectura: Un par de horas exquisitas.
  Ah! El título del libro viene porque una vez un viejito sentado a la puerta de su casa le espetó mientras se alejaba de una de sus caminatas: “¡Cansasuelos!”.