viernes, 27 de noviembre de 2020

AFRICANUS. SANTIAGO POSTEGUILLO.

 

  Muchos amigos y conocidos, sabedores de mi apetito insaciable de lectura, me llevaban recomendando con fervor que leyera a Santiago Posteguillo. Siempre me había negado. Siempre me decían: es como ver y estar en medio de las legiones romanas, es como una película. No es para mí esa clase de lecturas, les decía. Tú pruébalo y luego nos cuentas. Y así ha sido. Por fin he leído Africanus, la primera novela publicada de él. En el prólogo a esta edición del 2020 cuenta que en su día, antes del 2006, fecha de la primera edición, envió a varias editoriales su manuscrito y todas le dijeron que lo sentían pero no la veían para su editorial. Así que estuvo a punto de abandonar. Pero una pequeña accedió, se la publicó y al poco Ediciones B se hizo con ella; sacó una edición de cierta calidad y… ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo, aparte de las secuelas, premios, Planeta, etc. Daría lo que fuera por ver las caras de todos esos listos que dijeron no a un autor que ha hecho ganar millones al que dijo que sí. Es, en efecto, una novela fácil. Una de romanos. Pero ¿a quién no le apetece ver alguna vez una de romanos? Y me ha gustado. Y sí, uno puede moverse por las escenas que cuenta, virtud no poco desdeñable en la vorágine de una guerra que dura años. En todo momento el lector sabe dónde y con quién está, qué personaje es y la relación de los que le rodean. Eso para mí es importante. Aunque a la vez también hay que decir que uno podría haber paseado por estas mismas páginas en formato comic.

    La novela trata de la II guerra púnica entre las tropas de cartagineses de Anibal, y la Roma cuyas tropas comanda Publio Cornelio Escipión, Africanus, hijo del Cónsul del mismo nombre. Un Anibal crecido después de atravesar los Alpes enfrentado a ocho legiones romanas, el mayor ejército nunca visto en la historia de las guerras de Roma. Cientos de miles de hombres en una extensión de no más de tres kilómetros de ancho. Batalla de Cannae, ahí se decidía todo: la supervivencia o la destrucción de un imperio, de una civilización. Y hay que darle la razón a Steven Pinker cuando decía que en la antigüedad era infinitamente más violenta la humanidad. Hay que imaginar a miles de hombres enzarzados a lanzazos, espadazos y hachazos. Los gritos, los heridos, la agonía. La sangre y el tajo de cerca. El olor al sudor y a la sangre.

  Posteriormente se narra el asalto de la capital de los cartagineses: Cartago con dos legiones mandadas por un jovencísimo general de 24 años, Publio Cornelio Escipión, vengando así la muerte de su padre y su tío en la referida batalla de Cannae.

  También, para compensar un poco de tanta lucha entra en escena, como un secundario prescindible, el autor de teatro Plauto. Bueno, está bien. Se cuenta una escena en la que contra todo pronóstico triunfa con su obra La Asinaria mientras que el futuro general Escipión es un concejal de festejos que asiste desde la primera fila a uno de los aplausos más largos y sonoros de la historia. Tito Macio Plauto es representado en todo el mundo desde entonces: estamos hablando de una obra estrenada hace más de veintidós siglos.

  Posteguillo ha seguido publicando secuelas de la época romana e incluso ha ganado el Planeta, sabedores ésta del tirón de ventas. Me alegro infinito por él. Por mi parte diré que está bien, que ya sé quién es Posteguillo y que he disfrutado de leer una novela que me ha costado justo diez días; de casi setecientas páginas de letra apretada. Y he aprendido muchas cosas interesantes pero no creo que vuelva a embarcarme en otra novela suya.

martes, 17 de noviembre de 2020

LAS CULTURAS FRACASADAS. JOSE ANTONIO MARINA.

 

    Algún conocido me ha dicho, al saber de esta lectura mía, que no soportaba a JA Marina porque le parecía un señor de esos  con zapatos de gamuza, chaqueta planchada y, en definitiva, como un tipo remilgado y algo plasta. Yo le contesté que era un poco pedante en las tertulias pero, para mí, después de leer Elogio y refutación del ingenio, me han interesado siempre los ensayos que he leído de él: Teoría de la inteligencia creadora, Ética para náufragos, La arquitectura del deseo, La inteligencia fracasada. De todos estos libros he sacado gemas que he ido coleccionando en mis cuadernos de apuntes. Y como le decía también: Es como leer libros de texto pero con encanto, cosa poco habitual.

  En el caso que nos ocupa el autor trata de hacer un repaso por la historia de las sociedades que en algún momento y debido a diferentes motivos han fracasado, o han triunfado. Y nos compara a la sociedad de las hormigas. Las hormigas, bajo mi punto de vista, son perfectas porque son en realidad un organismo en el que cada célula, cada individuo, es en realidad parte especializada de un todo y andan por el suelo sueltas. Esto lo dijo muy bien el gran sociobiólogo Edward O. Wilson en su maravilloso libro sobre las hormigas.

  El libro se estructura en pequeños apartados de títulos poéticos “La inteligencia enamorada y desamorada", "La inteligencia de los equipos", etc, donde se explica la cosa y se ponen ejemplos o anécdotas generalmente sabrosas. En el punto dos, por ejemplo, bajo el título ¿Somos racionales o irracionales en nuestros comportamientos sociales? Dice: “…me recuerda lo que contaban de un político optimista que decía: Arreglar el conflicto judío-palestino es muy sencillo. ¡Basta con que todos se comporten como buenos cristianos!”.

  Y una frase en la que se habla de un tema del que el día anterior estuvimos hablando en una entrañable comida en Aranjuez, las peleas entre atenienses y espartanos ¡Qué casualidad!: “Ya Tucídides vio en esto la verdadera causa de la guerra del Poloponeso: Lo que hizo inevitable la guerra fue el crecimiento del poder ateniense y el miedo que esto provocó en Esparta”.

  “Ortega estudió con gracia la génesis del gesto de darse la mano. Ese saludo resuelve un problema, el del acercamiento a un individuo cuyas intenciones desconoces. Al chocarse las manos se demuestra que no empuñan armas”. En esta actualidad pandémica no hay gesto más extraño que ver a dos individuos estrecharse las manos.

  “La esencia del hombre es el deseo”: Spinoza. Y tomarse las cosas, todas las cosas, con calma, como decía Amos Oz en el libro recientemente leído.

  “Los sistemas fascistas y también el sistema soviético, aunque por diversas razones, consideraban que el Estado era todo y el individuo nada”. Lo que enlaza con mi idea del abanico japonés que se cierra en 360 grados: vease VOX y Podemos.

  Me encanta leer frases, vamos a llamarlas ahora melodías, que han sido algo así como tarareadas por mí mismo: “Al parecer, estamos presos de nuestra herencia biológica y de nuestra herencia social”.

  “Es lo que Robespierre pensaba: Nuestra voluntad es la voluntad general”, y sigue: “Hace no muchos años, unos miembros de Herri Batasuna me dijeron lo mismo en referencia a un posible referéndum en el País Vasco: sólo tendrán derecho a votar los que comprendieran el deseo del pueblo vasco, es decir, la independencia. Es decir, ellos”.

  “El patriotismo es una herramienta afectiva para implicar a los ciudadanos en los asuntos públicos”. Así es más fácil pedirle sacrificios.

  “Un proverbio beduino dice: Para acercar nuestros corazones, alejemos nuestras tiendas”.

  “La evolución hacia un islam liberal y democrático sólo pueden hacerla los propios musulmanes. No se puede imponer desde fuera, porque suele producir rechazo, como los trasplantes de órganos”.

  “Para ella –Hannah Arendt- el motivo de mayor preocupación era que muchos de los que participaron en el Holocausto no fueran personas perversas, ni sádicos declarados sino espantosamente normales”.

 “Napoleón es un político amamantado por la Revolución Francesa. Franco sólo es explicable en un mundo que sentía pasión por gobernantes autoritarios, por la confesionalidad (religiosa o política) de los Estados, y por los nacionalismos extremos. Y gobernó en una España que desde hacía un cuarto de siglo añoraba la llegada de un caudillo”.

  “El niño nace con un cerebro configurado en el pleistoceno. La educación lo transfigura en pocos años, transfiriéndole las invenciones creadas por la humanidad a través de los siglos. En cada niño, renovamos la humanidad”. Esto lo dijo en forma de canción maravillosa Serrat, Esos locos bajitos.

  Recuerda, para acabar su libro, el epitafio de Max Aub: “Hizo lo que pudo”. Y termina el autor diciendo lo mismo: “Hago lo que puedo”. Así que me uno a ellos y lo digo: “Hice lo que pude”.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Suite italiana. JAVIER REVERTE.

  El pasado 31 de octubre moría en Madrid mi querido Javier Reverte. No sabía que estaba tan enfermo. Así que, en cuanto pude me acerqué a la librería y compré su último libro de viajes. Este Suite Italiana.

  Javier era uno de los pocos tipos que, si me lo hubiera encontrado por la calle, le hubiera saludado y le hubiera mostrado mis respetos y admiración. Un hombre humilde, culto, viajero, de los que saben moverse en solitario y también con amigos; cómo olvidar el viaje de África con su hijo. Qué suerte tener un padre así, al menos visto desde la atalaya del rendido lector.

  Siempre, leyendo sus libros de viaje, se nota que le gusta la historia, la geografía y la poesía. Y hablar con la gente. Es, quitando el viaje físico, la mejor manera de viajar que se ha inventado: ir de la mano de un gran escritor y un gran observador.

  Para ilustrar lo de la mafia vasca –para mí ETA devino en una mafia- con la colaboración de la iglesia vasca, un párrafo sobre la siciliana: “El cardenal Salvatore Pappalardo llegó a calificar el “macroprocesso” (se refiere al macro juicio que impulsaron los jueces Falcone y Borsellino, lógicamente antes de que los mataran) como un espectáculo opresivo, señalando que el aborto segaba más vidas que la Mafia”.

  Aquí no queda más remedio que enlazarlo con el tema de las asociaciones de curas que han justificado el terrorismo de ETA y que, menos mal, le ha costado el puesto al párroco de Lemona por decir que es lógico que "un pueblo oprimido al que quieren conquistar responda con violencia". ¿Se puede ser más cínico? ¿Se puede ser más mala persona?

  He pasado por Venecia y Trieste, la convulsiva historia de Sicilia. Las conquistas, las guerras, los terremotos, el Etna, la Mafia, la comida… es un gusto. Ya que no se puede viajar como uno quisiera en estos tiempos de pandemia al menos tienes un amigo (yo lo consideraba un amigo aunque no lo conociera en persona) que te enseña lugares únicos. Otra cosa que me gusta de sus libros es la infinidad de referencias a otros libros, párrafos entresacados, y muchas veces de autores de los que no tenía ni idea: hablando de lo blandito que eran los soldados italianos, los cuales se rendían tan rápido que era imposible gestionar la logística: “No se puede desarrollar un odio como es debido hacia unos soldados que se rinden ante uno tan deprisa que, para capturarlos, hay que darles cita con antelación”.

  En una discusión con un vecino, intentando que lea El Gaopardo, del que dice que es, o era, una novela sobre comunistas, le pregunta: “-¿Y no cree que debemos leer y ver sólo aquello que comprendemos y cuyas ideas compartimos?

-Es más bien al revés.

-¿Y por qué?

-Porque, a veces, tu enemigo puede tener razón. La libertad a menudo consiste en cuestionar tus convicciones”.

  Unas frases que yo en utilizado en muchas ocasiones para defender la libertad, y la democracia.

  Y otra frase, rescatada del libro de Lampedusa que tantas veces he recordado: “Un palacio del que se conocen todas las habitaciones –decía el Tancredi de la ficción- no es digno de ser habitado”.

  Por desgracia nunca más volveré a esperar el próximo de Javier Reverte. Espero de corazón que en el más allá encuentre su paisaje africano, o aquel en el que haya sido más feliz.

 

 

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Amos oz. Una historia de amor y oscuridad

  Este libro lo recomendó con cierto entusiasmo otro lector de la obra de Muñoz Molina y coblguero del que fuera nuestro lugar de encuentro junto con el escritor de Plenilunio. De Amos Oz solo sabía que había recibido el Príncipe de Asturias, defensor de la paz en Israel y Oriente Medio, y de algún artículo leído en El País, y que había muerto no hace mucho.

  Al principio de la lectura da un poco de ansia por que pase más rápido el tiempo, el de la infancia, pero ya sabemos que el tiempo de la infancia es el de paso más lento. Los días son como los meses y los meses como años. El hombre se ha informado de verdad sobre sus descendientes. Vaya manera de indagar; un historiador de su propia vida y la de sus antepasados. Ojalá nosotros tuviéramos información tan detallada de bisabuelos y tatarabuelos. La verdad es que el mundo de los judíos es fascinante. Son, en gran medida, concienzudos, inteligentes, emprendedores y, más grado de lo normal, verdaderos genios. “El diploma es la religión de los judíos”.

  Su padre era bibliotecario, una profesión de la que pensaba que era poco porque su verdadero deseo era ser catedrático en la universidad. Poseían una vivienda llena a rebosar de libros. Y cuenta una cosa que me ha llamado la atención. Dice que cuando alcanzó cierta edad le reservaron una balda de las estanterías repletas. Y que una tarde se quedó solo y se dedicó a ordenarlos. Lo fue haciendo según el criterio del tamaño. Cuando su padre volvió le echó una bronca de miedo: “¿¡tú te crees que los libros son soldados!?” y le siguió gritando que los libros se pueden ordenar según tema, título, autor, editorial, etc, pero nunca por tamaños. Y al leerlo me he acordado que vi un video donde  Luis Alberto de Cuenca enseña su biblioteca y confiesa: “yo ordeno mis libros según tallaje”. Pobre niño, y qué más dará. Yo los ordeno por editorial, talla e incluso por colores.

Tiene observaciones muy acertadas, como las palabras que le dice su padre: “Lo malo de Totski, Lenin, Stalin y sus camaradas, eso pensaba tu abuelo, era que procuraron enseguida regular de nuevo la vida según lo que decían los libros, de Marx, de Engels… ¡Nunca, nunca se podrá regular la vida por lo que dice un libro!”.

  Según se va avanzando en la lectura va ganando en interés. Su huida al Kibutz,  para hacerse fuerte y la visita de su padre para comprobar los avances. Su primera experiencia en el amor. “Muy pronto aprendimos a tener cuidado: hablar a muchos pesó, y haber callado a ninguno”.

  Comienza la lectura voraz de todo lo que caía en sus manos. El recuerdo de sus mejores maestros: “a veces ponía una palabra común, cotidiana, junto a otra también normal y corriente, y de pronto al combinarse, al estar una junto a la otra, dos palabras normales que no están habituadas a estar juntas, experimentaban una especie de descarga eléctrica que enardecía mi espíritu deseoso de milagros léxicos”. “una vez me decía que, en su opinión, aquí o allá había escrito demasiado, y otra decía que aquí tal vez hubiera sido mejor escribir un poco más. ¿Pero cómo se sabe eso? Aún estoy esperando una respuesta”.

  Palabras que le dedica Ben Gurión a un pasmado Amos: “La esencia de las enseñanzas de Spinoza en dos palabras se pueden resumir en esto: ¡El hombre siempre tiene que conservar la calma! ¡Nunca hay que perder la serenidad! El resto solo son interpretaciones, argumentaciones y paráfrasis. ¡Ecuanimidad! ¡Tanquilidad en cualquier situación! Todo lo demás ¡baratijas!”.

  Y un recuerdo de él que me ha conmovido y hecho gracia al mismo tiempo. Muchísimos años después del encuentro con su primer amor en el Kibutz, Orna, una especie de profesora y consejera de poesía y literatura, que le doblaba en edad cuando él tenía unos diecisiete, la vio en una conferencia; Amos Oz era ya un sesentón y la vio solo un poco mayor de lo que la recordaba. Se acercó, la abrazó y le dio un largo beso. “Ella me apartó con delicadeza y, sin dejar de otorgarme el favor de su sonrisa, que me hizo enrojecer como un chaval, señaló la silla de ruedas y dijo en inglés: Esta es Orna. Yo solo soy su hija. Desgraciadamente mi madre ya no habla. Y casi tampoco conoce”.