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lunes, 10 de abril de 2017

JULIO LLAMAZARES. LA LLUVIA AMARILLA.





  Sergio del Molino tiene un libro que también habla de esto: de la desolación que en las últimas décadas sufre gran parte de nuestro campo: La España vacía. No lo he leído pero lo he tenido varias veces en las manos. La Lluvia amarilla es una novela que va de lo mismo, de los últimos habitantes de tantos y tantos pueblos.
  Hará treinta años pasamos por una aldea de Navarra. Allí entramos a hablar con un matrimonio muy mayor que nos ofreció enseguida un vino y algo de embutido. Estaban muy solos y también nos ofrecieron llevarnos patatas. Tenían una montaña cerca de la puerta y nadie que quisiera llevárselas. Me dieron mucha pena. Ya de seguro estarán muertos y aquella aldea quizá ya no exista, quitando unos muros que se irán cayendo hasta no quedar nada más que polvo.  
  El personaje de La Lluvia amarilla es el último de un pueblo del Pirineo aragonés y evoca, en forma de monólogo, la existencia de su mujer y otros personajes del pueblo que ya no están, y que vuelven como fantasmas que, cree él, vienen a observarlo. Es difícil sentir que un hombre en ese estado pueda explicarse de esa manera tan clara, tan exacta, tan poetica. Quizá hubiera sido mejor dos personajes enfrentados, hablando el uno del otro.
  Las páginas rezuman muerte por todos sus huecos. Pero unas muertes comunes, unas muertes sin testigos, sin penas ni glorias, sin memoria. También habla de otras cosas; la soledad, la enfermedad, la locura, el paso inexorable del tiempo, pero todas estas cosas terminan en la muerte o el abandono.
  “Muchas veces oí que el hombre afronta siempre solo este momento, pese a que, en su agonía, familiares y vecinos le rodeen. Al fin y al cabo, cada hombre es responsable de su vida y de su muerte y solamente a él le pertenecen”.

  Precisamente nada más leer este párrafo vi el video que hace público El País donde José Antonio Arrabal López, 58 años, enfermo de ELA, bebe un veneno para acabar con su vida; y cuenta lo indignante que es tener que acabar la vida tú solo porque el Estado se niega a ayudarte para poner fin a tus días.
  Esta edición es de una colección que sacó Seix Barral con tipografía de letras grandes, pensado para lectores mayores. A veces uno lo agradece; dejándose como se deja las pestañas en letritas diminutas como las que ocupan mis ojos estos días, las mil páginas de los Ensayos de Orwell. Pero es tan bueno que se le perdona.

lunes, 3 de abril de 2017

David Rieff. ELOGIO DEL OLVIDO.




   Lectura intensa. Ensayo de la historia para hablar de la memoria o de lo pernicioso que es a veces el exceso de ella: “En todos esos lugares –Bosnia, Kosovo, Ruanda, Sierra Leona- pude ver los efectos nefastos del uso de la memoria como arma de guerra”. Y a veces –en España sabemos mucho de eso- se usa como venganza o como resarcimiento o como rencor.
 La lectura es suculenta y, a veces por la construcción de las frases, algo confusa. Hay que estar muy atento pero se agradece que esté llena de citas. A algunos no les gusta pero a mí sí. Soy amante de las citas, de los párrafos y hasta de páginas enteras, para mí no es ninguna molestia.
   
“¿Es siempre necesario pedir verdad y justicia? Sí, salvo que eso afecte a la paz y a la convivencia en democracia”.
 
“Yo no estoy convencido, por ejemplo, de que la lección de Auschwitz vaya a perdurar”. Y qué es lo que perdura digo yo. No hace mucho leí una frase que me dejó pensando. Un ser querido sigue viviendo mientras alguien lo siga recordando. ¿Y eso cuánto es? Un suspiro. Mi abuela, el otro día lo recordaba en una reunión familiar, murió hace unos años y apenas la mentamos. “Sí, yo me acuerdo mucho de ella todos los días”, decía mi madre. ¿Y cuánto más vivirá mi madre? ¿Y yo? ¿Y nuestros descendientes? Todo pasará al olvido. Incluso las obras de esos que dicen que crean arte para que su obra perdure. Incluso eso irá al saco del olvido.

  “La vida debe ser vivida en prospectiva, pero solo puede ser comprendida en retrospectiva”. Kierkegaard.
  “Y aunque redujéramos drásticamente el contexto, excluyendo no solo el tiempo evolutivo o geológico sino también los aproximadamente 194.000 años transcurridos entre la aparición del Homo Sapiens anatómicamente moderno en África hace 200.000 años y la llegada de la protoescritura (en general idiogramática) en el sexto milenio antes de nuestra era o, lo cual es más pertinente, el advenimiento de la escritura y, con ella, de los registros históricos dos mil años más tarde, en el cuarto milenio antes de nuestra era, no podríamos sustraernos a la realidad de que tarde o temprano todo logro humano, al igual que todo ser humano, será olvidado”.
  Aquí podemos apreciar a lo que me refería por estilo o lectura intensa. 
  La forma, lo que ha de saberse en los colegios, lo políticamente correcto cambia con el tiempo. “Por ejemplo, en los Estados Unidos actuales, a una amplia capa de la población le preocupa fervorosamente si a los alumnos se les debe enseñar aún que Colón fue el heroico descubridor de América, o si en cambio se les debe explicar que en realidad se trataba de un brutal esbirro amoral del Imperio español empeñado en expoliar un continente cuya ubicación ni siquiera había podido determinar, como se les enseña hoy día al menos a algunos de los estudiantes del país”.
  “No hay hechos, solo interpretaciones”. Nietzsche
  Y una frase que puede servir para aquellos que defienden que la cercanía de la muerte es un buen momento para acercarse a Dios. “Para Kipling, la transitoriedad del imperio era tan inevitable como la muerte individual (y quizá más aún, puesto que al final de su vida el poeta tuvo el precario consuelo de creer en los espíritus, así como en Jesucristo)”. Yo estoy más con la postura de Susang Sontag y tantos otros que mantuvo su agnosticismo hasta el mismo final.
  “La interpretación que prevalezca en un momento dado es una función del poder y no de la verdad”. Otra vez Nietzsche. Y aquí recuerda Rieff que considerar al filósofo como inspirador de la ideología de Hitler es una calumnia.
  “El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres”. Karl Kraus.
  En fin una buena frase para terminar, porque, lo vemos todos los días, “en realidad nadie nunca ha aprendido nada del pasado”. Nicholas Winton.