viernes, 16 de febrero de 2018

SUSANG SONTAG. ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS.




   Ante el dolor de los demás, de Susang Sontag. Qué significado tiene el hecho relativamente moderno de exponer el sufrimiento, la guerra, el horror en tiempo real, a todo color, con toda la crudeza. Reporteros de guerra, periodistas en el abismo del mundo. ¿No fue Goya y tantos predecesores, un moderno reportero de guerra cuando dibujó sus Desastres de la Guerra?
  “Las únicas personas que tienen derecho a ver imágenes de semejante sufrimiento extremado son las que pueden hacer algo para aliviarlo –por ejemplo, los cirujanos del hospital militar donde se hizo la fotografía- o las que pueden aprender de ella. Los demás somos mirones, tengamos o no la intención de serlo”. 
  Durante la lectura de este ensayo no he dejado de acordarme de la viñeta de Quino, o de las 8 viñetas exactamente, en la que para una misma fotografía –dibujo- se disponía de 8 pie de fotos, cada uno tirando para su lado. Las imágenes se han utilizado, se utilizan y se utilizará.
  Quizá la Guerra de Vietnam la perdieron los Estados Unidos después de que el mundo viera a niños quemados por el napalm o el tiro en la sien a un vietcom por parte de un oficial enemigo, aliado de los USA. Y los serbios empezaron a perder la suya después de ver los cuerpos destrozados por artillería caída en un mercado de Sarajevo.
  ¿Podemos terminar anestesiados y acostumbrarnos a ver la muerte mientras consumimos la cena viendo el telediario? Al parecer sí. Pero todo es proporcional a la distancia en la que se produzca esa muerte. La cercana nos agita, nos conmueve. La muerte lejana, aunque sea numerosa, la olvidamos por la mañana.
  Siempre es un placer leer sobre un tema por alguien competente. En este caso, Susang Sontag, ha sido una intelectual a la que siempre he seguido.

sábado, 10 de febrero de 2018

dos libros amateur



LA MERIENDA DEL CANIBAL. FRANCISCO MANUEL ESPINOSA.
RELATOS CON CODEINA. OSCAR MAIF.
  El mundo se puede dividir entre los que se editan un libro y los que no lo harían jamás. Entre estos últimos, que están a punto de extinción, me encuentro yo.  En el foro de literatura que frecuento existen algunos –somos pocos- que se han editado su propio libro. ¿Era necesario? Si pregunta alguien  para qué un libro, el autor no sabrá qué contestar. Un libro debería explicarse por sí solo, sobre todo si tiene categoría. Éstos que he leído seguidos tienen algún acierto porque es difícil que un libro, por malo que sea, no lo tenga.
  En el de Sap, que es el autor de La merienda del Canibal, se pueden encontrar algunos relatos en los que la risa y la ternura se van entrelazando y donde puede uno sorprenderse riendo o con una lágrima a punto de caramelo. La infancia y la juventud. Los mismos gestos y anhelos. Las mismas travesuras. No es un profesional pero se ve que tiene eso que se llama oficio.
  Un familiar cercano también se editó libros y en algunos encontré hallazgos, pero creo que ninguno perdurará. Los que más me llamaron la atención son los que hablaban de su propia vida. De sus recuerdos de infancia, de los sitios, de las gamberradas, anécdotas cien veces contadas en reuniones familiares. Y si me gustaban era porque podía reconocerme o reconocer el paisaje. No es que yo fuera un personaje –somos primos- sino porque podría haber estado en esos mismos sitios solo unos pocos años después.
  Estos libros, aquellos, ¿los hubiera leído de no ser por quienes era los autores? No lo creo. Además uno tiene la aprensión o el prejuicio de pensar que si se lo ha editado, si ninguna editorial mínimamente seria se lo ha admitido, es difícil que merezca la pena. Están bien, algunos cuentos relatos o narraciones, pero solo para ser colgados en un foro o en un blog. Compartirlo con amigos o conocidos. Pero creo que no para darlo a la imprenta. ¿No hay ya demasiados?
  El libro de relatos de Oscar Maif es un libro sin sustancia. Lo podría haber escrito yo. Es decir le veo los mismos defectos de técnica que yo le hubiera dado. Los mismos trucos de principiante. Se ve que tenía ganas e ideas pero absoluta falta de talento para plasmarla. Se supone por lo que cuenta que quiere hacer cuentas con su pasado. El haber pasado por un internado, las fantasías eróticas de adolescente, el abandono del padre.
  Dice el propio autor que su libro se podía comparar con un saco de melones. Si es así deberían ser melones sin azúcar, pochos, sin sabor. Al mundo no le hacía falta un libro así. Al autor parece que sí porque a lo que parece prepara su primera novela.
  Y cada vez hay más. Pero soy un buen compañero y no me importa regalar el obsequio de su compra, y de lo que es más importante, de su lectura. Al menos una docena me he llevado a los ojos, me refiero a libros auto editados, y siempre me han decepcionado. Unos más que otros ciertamente, pero cuesta poco hacer feliz a la gente. Lo que no soy capaz de hacer es una buena crítica insincera. No me sale y además creo que es perjudicial para quien escribe. Porque seguirá escribiendo con los ojos ciegos del enamorado. No, nunca hay que animar a alguien a escribir, o al menos no a plasmarlo en papel viendo como está el mundo de sucio.

miércoles, 31 de enero de 2018

LOS BUDDEMBROOK. THOMAS MANN.





  Tres son las escenas de esta novela que acabarán en mi recuerdo para siempre. La primera, en la mitad del libro aproximadamente, es la agonía de la Consulesa, la madre de Thomas, el hijo que se hará cargo de las riendas cuando muere su padre. Es tan auténtica, tan vívida, tan trágica y a la vez tan cómica que estuve un buen rato carcajeándome en esos raros y deliciosos momentos en los que uno se sumerge absolutamente en una obra de ficción. La mujer se ahoga enferma de un enfisema o una neumonía. Se agita, los hijos, las visitas se suceden. Está el párroco. De pronto aparece Christian, el hijo tarambana, inestable, enfermizo. Pasa un rato con la madre y sale enseguida de la habitación. “¡No puedo más!” dice. Esa frase dicha en ese contexto hace que no pueda evitar reírme. La escena tiene una fuerza tremenda.
  Thomas Mann, parece mentira, escribió esta novela a los veinticinco años, y por ella ganó el premio Nobel. Cuando uno la lee puede imaginar que lee a un clásico del siglo XIX, un Sthendal o un Tolstoi o un Flaubert, por decir solo unos cuantos. Es decir, tiene el sabor de la auténtica literatura entendida como una sucesión de narrativa lineal, efectiva, hilvanada, atractiva de leer, en nada experimental, donde el lector se abandona a una historia, en apariencia donde pasan pocas cosas, es decir, como en la vida real.
  La segunda escena es una visita de Thomas Buddembrook al dentista. El dolor, la aprensión, la escena que nos cuenta la podría haber escrito yo punto por punto. Pero, claro, sin ser un genio como él. No podía detener la carcajada viendo los sufrimientos del pobre a manos de un dentista sin tonterías y ¡sin anestesia! O tan solo una anestesia rudimentaria y para nada efectiva. El final de este personaje principal es totalmente inesperado, como en las buenas series actuales de televisión, genial.
  Y la tercera es un día en el colegio de Hanno Buudembrook, el hijo pequeño, el benjamín, el enfermizo niño pequeño, sentimental, frágil. Se describe una escena en el colegio. El niño no se sabe la lección pero por un hecho casual sale bien parado, sale airoso y con un aprobado. Pero todo es engañoso, el profe lo pilla y se describen sufrimientos sublimes, infiernos en la vida cotidiana de lo que debían ser esos colegios en los años sesenta del siglo XIX.
  El libro detalla con todo lujo de detalles, nunca mejor dicho, la decadencia de una familia en la Alemania de la segunda mitad del XIX. La familia se dedica al comercio de cereales y a la influencia política. Son respetados y consiguen beneficios económicos y sociales. Se suceden las grandes comilonas, los bailes, los vinos y los manjares, los matrimonios y los nacimientos. Cada uno de ellos es un paso a la decadencia. Malas decisiones, dotes desperdiciadas, infelicidad hasta la amargura y por fin la muerte que todo lo limpia sin dejar ni rastro. No hacer caso a la recomendación que se cita en varias ocasiones: “Hijo mío, atiende con placer tus negocios durante el día, pero emprende sólo los que te permitan dormir tranquilo durante la noche”. O cuando el protagonista recuerda un refrán turco: “Cuando uno acaba de construir su casa, le llega la muerte”.
  Una novela que he de confesar me daba respeto acometer porque tiene casi novecientas páginas y la verdad es que el comienzo, las primeras páginas, ya tratan de una de estas celebraciones. Pero enseguida uno va sintiendo a cada uno de los personajes como uno de la familia, donde se piensa en ellos al acostarse o al levantarse por la mañana y con los que pasa un buen rato o un mal cada día, exactamente igual que la familia natural de uno.
  Muy buena novela que está ya entre las top ten de los grandes ocho miles leídos a lo largo de los años: Ana Karenina, Guerra y Paz, Los Miserables, Madame Bovary o La Regenta. Grande Thomas Mann. Viva Thomas Mann.
    15 euros en la feria del libro antiguo y de ocasión. 884 páginas. Editorial Edhasa. Inolvidable.

martes, 16 de enero de 2018

16 de enero de 2018. Visita al especialista.



  A primeros de septiembre del año pasado, aprovechando la visita para reponer las pastillas de la tensión, le comenté a mi médico de cabecera que tenía molestias en los oídos. Tenía barro deambulando por dentro de mi sistema auditivo, o al menos eso me parecía. Me introdujo el cucurucho de ver y me dijo que tenía algo, pero que no sabía lo que era, así que me sacaba un volante para el especialista. Hoy, después de varios meses, era la cita, a las 15:45 P.M.
  La sala era la 355 y en información me dijeron que era en la planta tercera. Allí se sucedían las salas casi vacías en un pasillo interminable. En la ventanilla me dicen que debo sacar el tiquet en la máquina. Me pregunto qué hacían allí, dentro de la pecera, en postura aburrida, esas dos trabajadoras de bata blanca. En la sala de unos cincuenta asientos estoy yo solo hasta que viene una pareja mayor acompañando a un niño de unos cuatro años que se me queda mirando fijamente con una sonrisa artificial, inamovible. Parece como si hubiera penetrado en un capítulo de la serie Black Mirror. Todo es blanco, limpio y silencioso.
  Una mujer mayor, también con la bata blanca, me dice que el médico me está llamando y me indica un pasillo a la izquierda. Nadie espera. En el pasillo, blanco, impersonal, solo hay una puerta abierta. Es la mía.
  Cuando me siento me encuentro con un hombre mayor que yo, de unos sesenta y cuatro años. Calvo, con barba, gordo. Le cuesta respirar.
-Qué le ocurre. Cuénteme.
  Confieso que tenía preparada la respuesta en el escaso tiempo en la sala de espera.
-Creo que va a ser una de las consultas más fáciles que haya tenido en su vida.
-Cuénteme.
-No me pasa nada.
  Le pongo en antecedentes. En septiembre sí tenía molestias pero el tiempo, que lo cura todo o te mata, había hecho que ahora estuviera yo en perfecto estado. Le cuento que después de estar de vacaciones en el mar había sentido como si dentro de los oídos tuviera una colección de canicas diminutas jugando al juego tan divertido de El Hormiguero. No era doloroso pero sí molesto. ¿Cuál ganaría?
-Está bien, le echo un vistazo ya que ha venido.
  Introduce el cucurucho metálico en sendos oídos y dice que está todo normal. Yo le aclaro, más que nada por rentabilizar la visita: -Mi médico me dijo que vio algo raro, algo así como “pólipos”. No estoy seguro de que sea ese el término exacto.
-Son unas calcificaciones en los huesos propios.- Zanja. –Nada, todo normal.
  Nos sentamos de nuevo y redacta el informe: “Molestias en los oídos en septiembre. Han desaparecido. No hipoacusia, no acúfenos, no otorreas. Tímpano normal”. Escribe con tres dedos y se fatiga como si respirara polvo en el desierto. Me da pena ver a este hombre tan mayor y tan delicado trabajando todavía.
  La visita no ha tardado más de diez minutos. Salgo sonriente y optimista. Cada vez que voy a un especialista y me dicen que no tengo nada, salgo así. Aunque sé que algún día, tarde o temprano, me dirán que han visto algo, y ahí empezará la cuenta atrás.