martes, 17 de julio de 2018

SUMISION. MICHEL HOUELLEBEQC.



  “No hay sino un dios y Mahoma es su profeta”.  Con estas sencillas palabras puede uno convertirse al islam. Ni chorrillos de agua bautismal ni banquetes de por medio. Es lo que tuvo que pasar el profesor que relata esta novela para optar a un buen puesto remunerado en la Francia del año 2022, donde el partido islamista moderado es aupado al poder con el apoyo del partido socialista. Las mujeres van cada vez más a la moda, a la moda árabe: camisones largos, pantalones anchos, pañuelos en la cabeza. Si no hay estímulo visual, dice, no habrá concupiscencia. Sumisión en la novela viene de la que muestra la mujer al hombre. La del hombre ha de ser solo ante dios. Siempre, en último término, es un chollo dar cuentas solamente ante dios. Ya lo hacían los monarcas absolutistas. Es el mayor de los privilegios sobre la tierra.
  El narrador es un profesor de universidad especialista en J. K. Huysmans. Trabaja un poco desilusionado y resignado. Es una figura recurrente a lo largo del libro. Huysmans fue en la literatura un gran exponente del naturalismo; un orden de las cosas en oposición al romanticismo: las cosas son como son, vistas de una manera más científica, más apegada a la realidad. Según la RAE “metódico determinista y por reflejar con mucho realismo en sus obras la parte más cruda y desagradable de la realidad. El máximo representante del naturalismo fue Émile Zola". “… el único verdadero tema de Huysmans era en verdad la felicidad burguesa, una felicidad burguesa dolorosamente inaccesible para el soltero, y que ni siquiera era la de la alta burguesía, la cocina celebrada en Allá lejos era más bien lo que podría llamarse una honrada comida casera”. “… lo que realmente representaba la felicidad era una alegre comida entre artistas y entre amigos, un cocido con su salsa de rábano picante, acompañado de un vino honrado, y después un aguardiente de ciruela y tabaco, junto a la chimenea, mientras las ráfagas de viento invernal batían las torres de Saint-Sulpice”.
  La vida del que cuenta la historia se parece mucho a la de sus personajes, acaso como la propia vida de Houellebeqc: solitaria, llena de tabaco, alcohol y sexo. Una vida desencantada o mejor dicho, una vida en la que los impulsos de todo tipo dan lugar a fuertes frustraciones, llegando a pensar incluso con el suicidio. Eso sí, siempre tiene que haber a lo largo de las páginas, una o dos felaciones monumentales en las que la mujer parece siempre al borde de la felicidad, todo hecho con la mayor de las delectaciones. Esto es, al fin y al cabo, ficción.
  ¿Cómo se va modificando una sociedad poco a poco sin que la población llegue a reaccionar? Como todo: con los presupuestos: dotar a unos más que a otros: eso es la política, el ejercicio del poder. Eso sí, siempre de manera moderada, para no ahuyentar a los que dudan. “Si el islam no es político, no es nada”. Ayatolá Jomeini.
  Creo que lo único que me queda por leer de Houellebec es su poesía. Tarde o temprano siempre acabo comprando lo que se edita en España aunque hay que esperar siempre un poco: al final van bajando de precio, como los ordenadores o las televisiones cuando van sacando nuevas novedades. Lo que no cabe duda es que el escritor francés que me ha ocupado apenas un par de días es uno de los mejores observadores de lo humano de la actualidad en Europa.

viernes, 13 de julio de 2018

ANDRÉS TRAPIELLO. SERÉ DUDA.



  Cuenta Andrés Trapiello, en el último de los diarios que he leído, que el acto de las firmas en la feria del libro también le parece un poco de zoológico. Para pasar el rato se dedica a escribir páginas de sus libros o a dedicar tiempo a los pocos que se acercan a la firma propiamente. A mí, como dije, me trató fenomenal a pesar de la fama que tiene de arisco. Conmigo fue amigable y cariñoso y eso que, como me sucede siempre, fui un poco patoso: le llamé de usted y de tú en ocasiones alternativas; también “Don Andrés”.  Noté que dedicaba más tiempo a cada uno que Javier Marías, que cinco o seis casetas más allá, firmaba sin parar a cientos que esperaban, despachándolos con una rúbrica y adiós muy buenas. Andrés trataba a cada uno con una dedicatoria personalizada. Donde hablaba de esto y de lo otro y donde escuchaba también lo que le decían, como los buenos médicos de familia.
  Cuenta que en otra ocasión le tocó una caseta en la que daba el sol de lleno. Era una tortura, una sauna en el infierno. Encima no venía nadie y se marchó enviando a todos a freír puñetas, cosa nada difícil con aquel calor.
  Y lo que son las cosas: he pasado unos días en Cádiz con la familia, alojados en un hotel de la Plaza de San Francisco. Hacía solo un par de días que había leído que Trapiello había pasado por allí (en realidad hace muchos años porque los diarios son del año 2005 aunque publicados en 2015) y que había entrado en las dos librerías de viejo de Raimundo, el dueño que, dice, maneja dos millones de libros. Qué casualidades nos trae la vida: Nunca haber estado en Cádiz y poder estar dos veces seguidas; una de la mano de uno de los escritores preferidos y otra de cuerpo presente. En la librería, efectivamente había muchísimos libros pero poco interesantes. Estuve un buen rato hablando con el dueño. Conocía personalmente a algunos de la Cuesta de Moyano. A algunos del Rastro. Le dije que Trapiello había mentado en sus diarios que estuvo allí pero apenas sabía algo de él: “Sí, uno que escribe todos los días cosas que le van pasando”.
  Los títulos que va dando a estos diarios son como poco sorprendentes, raros. Seré duda. Suelen estar sacados de algún poema, de alguna estrofa de algún libro extraño. En uno de los prólogos: “El propósito de este año nuevo: no hacer literatura”. ¿Pero qué hacer si un autor como él lo ve todo desde ese mismo prisma de la literatura? “Frases cortas, impresiones directas, nada que no sea el estilo del Código Civil. ¿Pero cómo conseguir esto sin haber leído el Código Civil?”. Véase el ejemplo.
  Yo creo que este título se refiere a la mala racha que pasaron él y su mujer a raíz de unas pruebas médicas. Explica a las mil maravillas las angustias por las que ha de pasar una familia ante la duda de poder acabar “como mis hermanas”. Ese es el eje central de los temas que trata. Pero están los otros como siempre: La literatura, las lecturas en una estación de tren, los viajes a las conferencias, las cenas absurdas con desconocidos, las noches solitarias de hotel, sus días en Las Viñas, la observación de la naturaleza y el paisaje, las semblanzas de sus amigos, algunos recién desaparecidos como Ramón Gaya. Que por cierto y a raíz de ello vi el documental que le dedicó TVE y me pareció buenísimo.
  Otro volumen más. Y en cuanto acabe el que leo estos días: Sumisión del clarividente Houellebecq, seguiré por su Miseria y Compañía… ¡¡¿de qué ira?!!

martes, 3 de julio de 2018

LA HISTORIA DE SAN MICHELE. AXEL MUNTHE. LO QUE NO CONTÉ EN LA HISTORIA DE SAN MICHELE.



  Dentro del libro sobre viajeros por Grecia e Italia, el exquisito libro de viajes de María Belmonte, la historia de este médico sueco fue una de las que más me gustó. Un hombre que dejó fama y dinero y también penurias y penas (estuvo en la gran epidemia de cólera de Nápoles) para instalarse en la isla de Capri reconstruyendo la villa del que fuera emperador Tiberio y donde se hizo un paraíso sobre la tierra, rodeado de sus perros queridos, de libros y de ilustres, y también humildes, visitantes. Porque hay que amar la vida para apartarse de ella “Leopardi, el más grande poeta de la Italia moderna, que deseaba la muerte en exquisitas rimas desde que era muchacho, fue el primero en huir cuando el cólera apareció en Nápoles”.
  El libro que tengo entre las manos y que fue un Best Sellers en su época es de la editorial Juventud del año 1954. En algún sitio he leído que existe una edición sin censuras, por lo que he de colegir que esta lo está. Aparte de que también me parece un poco pobre su traducción.
  El libro comienza cuando llega a Italia y de cómo todo le va sorprendiendo. Es un enamoramiento a primera vista. Las flores, las esculturas, la luz y el clima, el “vino de color rosa”, el queso, el mejor del mundo. Pero enseguida, en el capítulo II, nos cuenta sus cuitas con la dura labor de hacerse médico.
  En el capítulo III, rápido su apertura de consulta, ya nos va contando que la gente se siente atraído por su figura para sentirse protegidos, escuchados, reconfortados. Y llega uno a la conclusión si no será esa la auténtica categoría que ha de tener un buen médico; insuflar confianza y esperanza en el enfermo, y sea este real o imaginario. “El doctor que tiene ese don, casi puede resucitar a los muertos”. Cierto es que esto también tiene sus inconvenientes: atraer a los desocupados, a los solitarios crónicos que lo visitan, más para conversar que para otra cosa.
  Amaba a los perros y no suele dejar pasar un capítulo sin referirse a ellos. Cuántas buenas páginas y cuánta congoja han suscitado los perros. “Hay también canes tontos, aunque la proporción es mucho menor que en los hombres”. “Si queréis comprender qué colección de bárbaros realmente somos, no tenéis más que entrar en la tienda de un circo ambulante. La cruel bestia feroz no está detrás de los barrotes de la jaula, sino ante ellos”. Por cierto, he aquí un ejemplo de algo mal traducido. No me suena bien.
  “Mi cuñada se había vuelto glacial. Con las personas que no quieren a los perros no se puede hacer más que compadecerlas y alejarse de ellas, zurrón a la espalda, con vuestro cachorro”.
  En el capítulo VIII se narra su estancia en Nápoles y la plaga del cólera que hubo de sufrir la ciudad. Narra también la invasión de las ratas, un capítulo que merecería estar entre las historias que se cuentan en ese libro del mundo de esos fascinantes roedores como en Nuestras hermanas las ratas, de Michel Dansel. “En su mayoría las ratas eran inofensivas y corteses, al menos con los vivos, ocupadas en su trabajo de recoger la basura abandonada exclusivamente a ellas desde el tiempo de los romanos”.  
  El libro cuenta también historias tristísimas de enfermos que mueren, niños por los que no se puede hacer nada excepto verlos morir y consolarlos. De tosferina, esa enfermedad que a punto estuvo de costarle la vida a un primo mío.
  El libro acaba contando los trabajos que le costó hacer lo que hoy es una de las atracciones turísticas de Capri, su villa. Un libro que, gustándome, no ha terminado de convencerme. Quizá me haya pasado lo que dice tantas veces Trapiello sobre las ediciones y las tipografías: Cada libro en cada editorial es distinto. En cualquier caso, una maravilla.
  Lo que no conté… no es en realidad una continuación ni una profundización, es más bien una colección de relatos sobre algunos personajes que ya salieron en el original. Nada importante y ciertamente peor traducido aún. Sin interés. Leído en diagonal. Una edición raquítica del 59, a 15 pesetas. Su final: “Cae sobre Roma al atardecer de los sueños y el resplandor crepuscular de la antigüedad enciende las solemnes ruinas. Como bajorrelieve de un viejo sarcófago, el verano de Italia guarda en su relicario el descanso de los extranjeros”.

martes, 19 de junio de 2018

19jun2018. Pombo.


  Camino por la calle Princesa hacia arriba para hacer unas gestiones. Son casi las nueve de la mañana. Hace ya calor, los primeros días de verdadero calor de un verano al que le ha costado entrar. Pegado a la entrada del metro de Arguelles, sentado en un banco y leyendo un periódico gratuito, veo a un viejo que me llama la atención, nos cruzamos la mirada un segundo. Va vestido de blanco. Pudiera ser un maestro panadero o un nostálgico de los Sanfermines o de la sanidad. Sigo caminando. ¡Juraría que era Álvaro Pombo! Camino cien metros, cada vez más despacio. Voy pensando que me gustaría saludarlo, pero, quizá no sea él; si es Pombo, desde luego está más delgado, más viejo de lo que recordaba, de la multitud de veces que le he visto en la tele. Me digo que si no retrocedo me sentiré peor, así que miro el reloj -llevo quince minutos de margen hasta que abran la sucursal- y doy media vuelta. Espero que continúe allí sentado. Efectivamente se encuentra allí. Me acerco con algo de reparo. “¿Es usted Álvaro Pombo?”. Me mira e intenta ubicarme sin éxito. No puede conocerme porque es la primera vez que nos vemos. Le doy la mano y le digo que he leído algunos libros suyos y que me alegra conocerle. Tiene la piel translúcida como la hoja roja de fumar en la novela de Delibes. En el bolsillo un paquete de Camel. Le digo también que echo de menos aquellos coloquios en la televisión en los que él junto a otros salía hablando de libros, de cultura. Me dice un poco triste que esa tele ya no existe. “Ahora salen chavales montando en patinete pero yo no monto en patinete, claro”. Le pregunto si sigue escribiendo y me hace un gesto como diciendo que a quién se le ocurre dudarlo. Antes de despedirme quiero agradecerle lo que hizo por un primo mío que estaba en el Proyecto Hombre. Esa institución que intenta salvar a los jóvenes de la cárcel de las drogas. “Sí, estuve siete años yendo un par de veces por semana. Yo les decía que me contaran lo que veían cada día cuando abrían la ventana, simplemente. Eso ya les hacía bien”. Le cuento que mi primo superó aquello y que ahora lleva una vida más o menos convencional y libre de cadenas. “Todos caímos en errores de jóvenes y no pasa nada”. Me despido de él y le deseo suerte. No me imaginaba que pudiera ver a un grande de las letras, anciano y premiado escritor sentado tranquilamente en un banco de la calle Princesa.

domingo, 10 de junio de 2018

10 de junio de 2018.


 Este mediodía, cuando salía a correr un rato, he descubierto al pie de los cubos de basura, cuatro o cinco bolsas de esas de tela que venden en los supermercados llenas de libros. Enseguida los he ido sacando para hacer una selección y llevármelos a casa, amenazaba lluvia: Historia de los Reyes de Britania, de la editorial Siruela, y prologado por Luis Alberto de Cuenca; un tomo nuevecito de Patria; El Imperio eres tú, de Javier Moro; dos tomos, con el plástico aún puesto, de cuentos de Manuel Rivas del Círculo de Lectores; Los Girasoles Ciegos, de Alberto Méndez, también con el plástico puesto; El Misterio de Olga Chejova, de Anthony Beevor; la Autobiografía de Katherine Hepburn; El Puente de Alcántara; La personalidad, factores hereditarios, de una colección de psicología; La Dalia negra, de James Elroy; seis tomitos de clásicos en ediciones bilingües con cd incluidos; Campos de Castilla, de Machado; Escenarios fantásticos, de Juan Manuel Gisbert; una novela, El Juego de Berlín, de Deighton, y un tomo de la Primera Guerra Mundial del historiador Álvaro Lozano. Me he dejado otro montón aún mayor llenos de cómics y cuentos para niños. A la gente, o le falta el espacio o le sobran los libros, y yo espero no tener que vivir el día en que tuviera que deshacerme de los míos.Sí, son demasiados ya pero, quizá, algún día -aquí vendría un "y Dios no lo quiera"- pudieran servirme para encender un fuego para calentarnos.