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martes, 12 de diciembre de 2017

12 de diciembre de 2017. Exposición de cartografía en la Biblioteca Nacional.


Cartografías de lo desconocido. 


  La Biblioteca Nacional es, felizmente, uno de los sitios donde es más asequible entrar. No me refiero al precio que es gratis, sino a que tan solo hay que pasar un detector de metales y acceder sin más. No hay colas, nadie pide la documentación –aunque yo saqué el DNI- y todo el mundo da un sonriente “buenos días”. La exposición está en la planta baja y contiene libros, maquetas, dibujos y por supuesto mapas. Mapas antiguos, de cuando existían enormes espacios vacíos y donde esos vacíos se llenaban, al plasmarlos en papel, en dibujos de seres mitológicos o animales fantásticos. Son mapas bonitos, artísticos independientemente de lo que representen. Ahora desde cualquier teléfono inteligente podemos rastrear cualquier punto del globo y descubrir un tesoro, una civilización olvidada o un nuevo afluente en una selva perdida. Entonces, en la época de los descubrimientos, de Colón, Ptolomeo, etc, todo se basaba en la ley del acierto y el error, y entre medias, años de y avances o catástrofes.






En otro panel encontramos otra explicación, -uno de los grandes aciertos de esta exposición son los textos escritos en la pared-: “El mapa se ha convertido en la mejor manera de representar lo que escapa al ojo humano, el instrumento por antonomasia para cartografiar lo desconocido”.




Un manuscrito de Fray Bartolomé de las Casas: “El día viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamaba en lengua de los indios Guanani. Luego vinieron gente desnuda y el almirante salió a tierra”.
  Hay un mapa curioso en el que Madrid es el centro del planeta. En nuestra ciudad está clavada la punta del compás y a partir de ahí los círculos concéntricos que llegan hasta Nueva Zelanda, las antípodas.





  Hay unas maquetas fabulosas en las que se representa el mundo, pero en las maquetas no se representa el agua; es como si se hubieran secado las aguas de mares, ríos y océanos. Es impresionante ver las alturas de los Andes o del Himalaya, pero no menos las profundidades de las Marianas.
Uno de los primeros dibujos que nos encontramos es un guiño, los mapas del espíritu y de la vida. Es una lámina a gran tamaño de diversos estudios de la anatomía humana. ¿Unos esqueletos en una exposición de cartografía? Sí, y encontramos la explicación, otra vez en los deliciosos textos: “Sirve además para cartografiar la región más desconocida, la muerte, según los códigos y alegorías de la pintura de vanitas”. Crisóstomo Martínez, entre 1680 y 1690. 
  En definitiva, una de las mejores cosas que se puede hacer una soleada y fría mañana de Madrid.



sábado, 9 de diciembre de 2017

MENDEL EL DE LOS LIBROS. STEFAN ZWEIG.




  Posiblemente este sea uno de los mejores libros que he leído este año. Es una historia que hubiera firmado el mismo Melville o el mismo Borges. Pero lo ha hecho el mismo Zweig, un gigante de las letras de todos los tiempos. Es una historia sencilla: el narrador, que no sabemos quién es, se refugia de la lluvia en un café de Viena y al rato comienza a recordar de qué le suena el sitio: y cae en la cuenta de que en que allí fue donde conoció al protagonista: un inmigrante judío de origen ruso, de gafas gastadas, encorvado y de prodigiosa memoria cuya única ocupación es leer y servir de buscador a personas interesadas en saber de libros: él lo sabía todo: títulos, editoriales, año de publicación, forma, tamaño y color, dónde encontrarlo. Y pregunta en la cafetería por él. Y casi nadie se acuerda ya: solo la mujer que se dedica a limpiar los baños, vieja, puede dar cuenta del triste destino del sabio judío.
  Uno puede llegar a sentir la profunda injusticia que ha deparado al mundo para con seres tan inocentes: tanto en la época del libro, 1915 aunque escrito en 1929, como en lo que vendría después con la llegada del nazismo.
  Zewig es un valor seguro. Hubo unas décadas en las que estuvo olvidado aunque yo, por suerte, heredé algunas ediciones viejas de familiares y siempre me pareció una lectura amena e instructiva. Pero con éste es capaz también de tocar la fibra sensible que todos llevamos dentro. En algún momento se me han saltado las lágrimas.
  Si no han leído este librito de nueve euros, que se lee en dos apretones, léanlo en una cafetería donde a ser posible tengan una luz macilenta y huela a café y a chocolate. Imaginen que en un rincón se sienta, imperturbable y concentrado, un sabio que estará encantado de hablarle de lo que sea siempre que esté en los libros.
  Maravilloso.