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martes, 2 de mayo de 2017

CANSASUELOS. ANDER IZAGUIRRRE.





   Hará ya cinco años supe de este joven periodista por el blog de José Antonio Montano, de cuando todavía no era tan famoso, Montano, periodista ahora de El Español entre otros. Habló en alguna parte de Plomo en los bolsillos, el estupendo librito en torno a anécdotas del tour de Francia. Me gustó el estilo y la manera de contar las cosas. Y como me gusta mucho caminar, viajar, apuntar cosas después y leer, pues qué mejor que hacerme con este librito (alguna vez he dicho que, de tener éxito, sería el mejor oficio del mundo). A ver cuando acomete algo más frondoso: material y talento seguro que le sobra (a ambos).
  El caso es que en 2015 escribió este libro que trata sobre el viaje a pie desde Bolonia hasta Florencia. ¿Por qué? Pues según cuenta porque en Navarra, en el Camino de Santiago, conoció a una italiana que iba buscando agua y que luego le invitó a hacer lo propio, es decir, caminar, en su propio país. (No cuenta nada más de esta relación, cachis). Dice que el trayecto en tren de alta velocidad se hace en poco más de una hora; a pie, a la velocidad de ellos, cinco días. La verdad es que tampoco es para matarse. Debía ser por la baja forma de S., la chica, porque me consta que él, Ander, está preparado como aficionado a los pedales que es. Salen a una media de 20 km, es decir para aficionadillos del camino. Para el trayecto de este año, un tramo por León, estoy diseñando treinta y tantos de media durante cinco o seis días.
  En el libro se habla más de anécdotas e historias que del viaje mismo. De quien primero nos habla es del pito de Neptuno que es del tamaño de un cacahuete pero que puede verse erecto. Algo que tiene truco porque para verlo así hay que irse a una losa determinada y hacer que coincida el dedo pulgar justo donde debía estar el miembro. Resultado, un empalme de dioses, nunca mejor dicho. Qué bueno disponer ahora de la tecnología: puedes entrar en google y teclear Bolonia, Neptuno y pene y ver la escultura.  (Ahora no paro de hacer eso leyendo los Paseos por Roma de Stendhal, no paro, pero ¡qué ventajas tiene!).
  Se habla en forma de anécdotas. Un soldado muerto alemán por la guerrilla, fueron a la aldea y mataron a un buen puñado de hombres de todas las edades. También del cementerio de soldados alemanes: cerca de cuarenta mil. Cuántas historias de vida truncadas.
  “La segunda mañana siempre duele algo”. Todos los que hemos hecho caminatas por etapas sabemos de lo que habla. Es una sensación de que el cuerpo nos dice que descansemos pero como no lo hacemos, seguimos andando, luego nos lo agradece. Cada día nos vemos más acorde con el paso, con la respiración, con el peso de la mochila y con el calzado y los calcetines si hemos elegido bien. Pero dicho esto… (La tercera mañana siempre duele algo). Se cuenta el hallazgo en el 79 de un tramo de una calzada romana y cuenta la forma en la que se tenía entonces de construir vías de comunicación: por el sitio más corto sin tener que bajar o subir en altura, o lo mínimo imprescindible.
  Se habla de ciudades y pueblos y esculturas y monumentos. Del hecho de caminar. Solo un párrafo he señalado en todo el libro. Una cita de Kierkegaard. “He caminado hasta mis mejores pensamientos”. Y sigue sobre algo absolutamente delicioso en torno a Rousseau quien dijo: “Andar tiene algo que me anima y aviva mis ideas; cuando estoy quieto apenas puedo discurrir; es preciso que mi cuerpo esté en movimiento para que se mueva mi espíritu. La vista del campo, la grandeza del espacio, el buen apetito y la buena salud que se logran caminando, la libertad del mesón, el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, me dan mayor audacia para pensar”. Y sigue el autor, es decir, Izaguirre: Rousseau es un ejemplo de la importancia del silencio y la libertad para pensar: tuvo cinco hijos con Therese Levasseur, la lavandera del hotel donde se hospedó en París, y entregó los cinco al orfanato para que no le molestaran mientras se concentraba en escribir Emilio, el libro en el que explica cómo debe educarse a los niños.
  Fantástico.
Un librito sensacional, largo como un artículo de los de antes, en el que se echa de menos más material. Si un día apareciera un tocho con el nombre de este periodista en el lomo; me iría a por él de cabeza. Y si fuera finito, pues también. Tiempo de lectura: Un par de horas exquisitas.
  Ah! El título del libro viene porque una vez un viejito sentado a la puerta de su casa le espetó mientras se alejaba de una de sus caminatas: “¡Cansasuelos!”.

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