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viernes, 19 de mayo de 2017

PASEOS POR ROMA. STENDHAL.





  Paseos por Roma está escrito como un Diario. Un diario que debe ser mucho más numeroso en sus páginas porque son una selección hecha por David García López. Y éstos ocupan 554 páginas de letra apretada. Pero es un buen libro, lleno de encanto y erudición, términos que no siempre es fácil que vayan juntos.
  Si compré este libro fue porque lo recomendó Javier Reverte en el suyo sobre la ciudad eterna. Y si éste estuvo recorriendo sus innumerables sitios durante tres meses exactos, el francés lo hace durante dos años, 1828 y 1829. Acompañado de amigos y de amigas igualmente encantadores, entendidos, y dispuestos y disponibles.
  En el libro se habla, claro está de la ciudad pero también de su historia y del Vaticano y de sus papas y guerras. De las cosas que se entera uno leyendo sus páginas.
  Stendhal sabía de arte y belleza y por algo se ha llamado el mal de Stendhal al que describe ese malestar o vahído causado por la contemplación de lo demasiado bello. Y en Roma –también en Florencia, Venecia- hay mucho de eso. Y es que en Roma ha habido mucha historia, mucho dinero y mucho talento, con sus luces y sombras: “Se puede hacer a los romanos la misma objeción que a Napoleón. Fueron a veces criminales, pero jamás el hombre ha sido más grande”. Grande como Tito: “En la inauguración del Coliseo el pueblo romano tuvo el placer de ver morir cinco mil leones, tigres y otros animales feroces, y cerca de tres mil gladiadores. Los juegos duraron cien días”.
  “¿Qué lugar en la tierra vio alguna vez una multitud tan grande y pompas tales? Al emperador del mundo (¡y este hombre era Tito!) lo recibían aquí los gritos de alegría de cien mil espectadores; y ahora ¡qué silencio!”  Bueno, casi dos siglos después, en un estadio tan grande a nuestro rey le silban y abuchean.
  Stendhal es con respecto a la religión moderadamente sarcástico, guasón, del que sabe que pueden leerlo –hay que pensar en la época en que está escrito- personas poderosas que pueden causarle problemas. “Creo que se ha necesitado una bula para permitir exponer aquí, y solamente como hipótesis, el sistema que pretende que la Tierra gire alrededor del Sol. ¿No dijo Josué: Sta sol (“párate sol”)? De aquí la famosa persecución de Galileo, sobre el cual se miente hasta hoy, en 1829”.
  “Entonces, ser irreligioso era ser antipatriota, o sea un hombre execrable que tramaba la ruina de su patria”. Ahora, en el siglo XXI la gente poderosa se sigue envolviendo en la bandera de la patria para robar con más sigilo y protección. El pecado o la falta, la que te absuelve, no es ahora el perdón religioso, son los votos (Ministro de Justicia).
  Demoledor. Subrayado con ahínco: “Los patricios inventaron la religión para dominar los momentos de cólera del pueblo. Dos o tres veces el Estado se salvó gracias al respeto que este pueblo le tenía al juramento”.
  Es verdad que la religión ha sido, en aquellas épocas, un protector y un potenciador del arte, pero también es verdad que detrás han venido para tapar cuerpos desnudos sin empacho o vergüenza alguna. Y no solo la élite religiosa. También los soldados rasos. Cuenta que en el saqueo de Roma, 1527 “unos soldado alemanes instalaron  su vivac en la stanze. Las hogueras que encendieron en medio de estas salas ahumaron los sublimes frescos que hemos vuelto a ver hoy por sexta vez”. Esa “stanze” era la capilla Sixtina.
  Qué certero es el siguiente comentario: “He aquí una triste verdad: Sólo se goza realmente de Roma cuando se tiene educada la vista”. Certero: “El catolicismo acaba de demostrar, en Lisboa y en España, que execra el gobierno representativo, que es justamente la única pasión del siglo XIX. Es, pues, posible que antes de finales de este siglo muchos hombres sensatos adopten una forma nueva para el culto del Dios OMNIPOTENTE, REMUNERADOR Y VENGADOR”. “Mientras el hombre tenga imaginación, mientras necesite ser consolado, le gustará hablar de Dios…” y siguen una serie de frases portentosas. (398).
  La historia de la Iglesia. Qué bonita e interesante y qué bien la cuenta: “Éste último dijo él mismo a Paulo Giovo que en el momento en que tomó aquel brebaje sintió un fuego ardiente en el estómago, perdió la vista y enseguida el uso de todos los sentidos; finalmente, después de una larga enfermedad, antes del total restablecimiento se le cayó toda la piel”.

  “Todos los entierros de buen tono pasan por aquí al caer la noche (a las veintitrés y media). Por aquí he visto pasar yo, en medio de cien cirios encendidos, sobre unas andas y con la cabeza descubierta, a la joven marquesa Cesarini Sforza, espectáculo atroz que yo no olvidaré en mi vida, pero que hace pensar en la muerte, o más bien, impresiona la imaginación, y por tanto es un espectáculo muy útil para quien reina en este mundo atemorizando con el otro”.
  En fin, infinidad de historias y anécdotas que hacen de esta lectura una cosa de lo más placentera. No hay que hacerle caso en ningún momento de su advertencia: “(Si el lector se cansa de esta crónica, puede saltar unas páginas. He querido evitar al viajero búsquedas fastidiosas)”. Ni por asomo. Merecieron la pena cada uno de los dieciséis días que me llevó su lectura.

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