domingo, 4 de diciembre de 2016

FERNANDO ARAMBURU. AÑOS LENTOS.





  Tanto me ha gustado Patria, la exitosa última novela de este donostiarra (qué feo gentilicio; casi me gusta más, aunque no se dice casi nunca, “easonense”), que me ha faltado tiempo para comprar otros dos libros suyos: El del viaje con Clara por Alemania y éste, Años lentos, sobre la historia de un niño de ocho años trasplantado por motivos económicos y familiares a la casa de la hermana de su madre. Y como siempre en sus novelas, esas madres se presentan fuertes, austeras, implacables, de fuerte personalidad, en relación con sus maridos: conformistas, apocados, dueños de su chapela, sus silencios y sus horas de taberna.
  Estamos a finales de los años sesenta y ahí van desfilando las relaciones de algunos personajes con la religión, los primeros escarceos amorosos de su desgraciada prima, los comienzos de su primo en el mundo de un terrorismo incipiente, infantil, ignorante, y hasta ridículo muchas veces, y la visión inocente y asombrada del niño narrador.
  La novela presenta un esquema bastante original: El narrador le cuenta la historia al escritor, y en capítulos alternos, se ecriben en forma de apuntes, con sus certezas y ensayos: si es correcto hacer esa u otra descripción, si merece la pena sacar ese u otro personaje… Es como un ejercicio de meta literatura, o como si Aramburu quisiera mostrarnos a sus lectores cómo se cose una novela en base a recuerdos y técnicas narrativas.
  Atención me ha llamado uno de esos apuntes que no me resisto a copiar de manera completa. Trata de los posibles métodos de suicidio de uno de los personajes (no quiero desvelar ninguna trama, o como se dice ahora, un spoiler).

  “Opción Madame Bovary: MN se traga todas las pastillas que encuentre en la cómoda de sus padres. O se bebe la botella entera de legía.
  Opción Ana Karenina: Se tira al tren de vía estrecha de los Ferrocarriles Vascongados, que además pasa cerca de Ibaeta.
  Opción Virginia Wolf: Se ahoga en el río con un cubo de piedras en cada mano. Como el riachuelo de Ibaeta cubre en sus trechos más hondos hasta las rodillas, va a la ciudad y se tira al Urumea desde el puente de… (elegir uno que me permita cierto lucimiento en la descripción, dicho sea esto con la modestia que debería caracterizarme.) Ahora bien, ¿cómo lleva la chavala las piedras hasta allí? ¿En el trolebús? Esto es ridículo. Oiga, señor escritor, un respeto a su personaje.
  Opción Silvia Plath: Los Barriola no tienen en su casa horno de gas. ¿Mete la muchacha la cabeza en el fogón? Horrenda quemadura. Ocurrencia desechada.
  Opción Alfonsina Storni: Mari Nieves va a la playa de Ondarreta y se adentra en el mar hasta ahogarse. La acción resultaría más poética si la muchacha no fuera gorda.
  ¿O hago simplemente que se tire por el balcón? Esto da poco juego literario. El suicidio es un arte como otro cualquiera. De los pocos, sin embargo, cuya consumación no requiere ni un largo aprendizaje ni una dilatada experiencia”.
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