viernes, 9 de diciembre de 2016

Un mar de muerte. David Rief.





  Este libro lo busqué un buen rato en narrativa, Casa del Libro. Ordenado por apellidos. Nada. Me indicaron en la tercera planta, sección de medicina. Tampoco. Tuve que preguntar, y eso que no me gusta, a unos empleados a los que también les costó encontrarlo. Una sección dedicada a la oncología y sus terapias o algo así. Pero este es un libro de literatura como lo han sido tantos: Patrimonio de Roth, Tiempo de Vida de Giralt Torrent o el leído hace poco También esto pasará de Milena Busquets. Supe de su existencia leyendo cosas de Sontag después de leer su estupendo libro El Amante del Volcán.
  Lo único malo que veo en morirse de un infarto –en relación con el sufrimiento de una enfermedad larga y dolorosa- es que no da tiempo a reflexionar sobre lo que es la mortalidad, o lo que es lo mismo, sobre lo que es la vida. Este es el libro que el hijo de Susang Sontang escribió en torno a la figura y la enfermedad de su madre, muerta hará este mes doce años. David Rief hace en “Un mar de muerte” un análisis de los métodos que buscan y, en ocasiones encuentran, personas inteligentes y a la vez sensibles, ante el abismo de saber que posiblemente les queda poco tiempo de vida. Y recuerda una obra de Canetti: “vivir sabiendo algo así –la fecha de nuestra propia muerte- convertiría el decurso de la vida en poco menos que una antecámara de la extinción”. Hay que recordar que Sontag había sobrevivido ya a dos cánceres: uno de mama y otro de útero. Quizá los tratamientos para curar esas horribles enfermedades degeneraron en una leucemia mortal. Tenía 71 años.

  Y cita en la página siguiente un poema de Philip Larkin:

  Y eso especioso que dice Ningún ser racional
  Puede temer a lo que no siente, sin darse cuenta
  Que eso es lo temido: ni vistas, ni sonido,
  Ni tacto u olfato o gusto, nada con qué pensar,
  Nada a que vincularse y nada que amar,
  La anestesia de la que ninguno regresa.
 
La imagen que tengo de Susang Sontag es la de una mujer leona. De fuerte personalidad, inteligente, comprometida, lesbiana, buena escritora, intelectual, con ese mechón de pelo blanco. Por cierto, hablando de leones, no hace mucho vi un documental de la BBC sobre la vida de un grupo de leones. Como viene siendo la moda ahora, les ponen nombres propios a los protagonistas y éstos son seguidos durante meses o años por entusiastas realizadores. Un viejo macho es herido en una refriega con otro más joven. Se le ve solitario y vencido. La cámara capta perfectamente los estertores de muerte del león. Hay dos o tres respiraciones profundas. Tiene la cara herida y le falta un ojo. Es grande y tiene el hocico buscando ya la tierra. Hay un suspiro quebrado, como de trueno en la tormenta y después la inmovilidad del mineral. Ha muerto. Exactamente así narra Rief la agonía de su madre al final del libro.
  Libro curioso y del que hará enriquecer mi biblioteca.
  Y una frase que vuelve a desmentir a los que afirman que todos nos volvemos religiosos al final de la vida: “Mi madre no vivió una conversón. Su ateísmo era sólido como una roca cuando falleció, al igual que lo había sido en la vertiginosa época anterior a su primer cáncer, cuando las fragilidades de su cuerpo eran tan inverosímiles como la vejez, aunque unos cuantos próximos a ella pretendieran incluir la religión en su ceremonia fúnebre e incluso, una vez concluido el entierro, se precipitaran a entonar rezos sobre su tumba, lo cual habría significado poco menos que nada para ella”.
  Era, como todos los que tememos profundamente a la muerte, una generosa coleccionista. En su mejor novela, la del Amante del Volcán aparece esa figura constantemente. “De un modo extraño vivió como si estuviera aprovisionando una biblioteca o materializando sus anhelos, muchos de ellos consolidados desde su solitaria infancia. Aunque nunca lo dijo, me pregunto si su identidad no estaba ligada de manera inextricable a este coleccionismo”.

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