viernes, 2 de octubre de 2015

GIOVANNI GIACOMO CASANOVA. MEMORIAS.



   
Editorial Mediterráneo. Madrid, 1973.
  Allá por el mes de junio, antes de que el calor se instalara para siempre en el asfalto de Madrid y en mitad de la quincena de la feria del libro del Retiro, pasé de vuelta por la Cuesta de Moyano hacia el metro. Allí, en ese mercado de género crudo pero alimenticio, cuando la luz era ya incierta y caían finas y esporádicas gotas de lluvia, encontré solo un puesto abierto. El hombre ya estaba cerrando y más por pena y solidaridad que por otra cosa, me detuve y compré por menos de lo que cuesta un café –aunque eso siempre es relativo, que se lo pregunten al ex presidente del gobierno-, un ejemplar de las memorias de Casanova y otro, En Ausencia de Blanca, de Muñoz Molina. Era un librito el del seductor italiano con letra de pulga. A partir de ahora, debido a la edad y delicadeza de los ojos, no volveré a comprar un libro con las letras tan pequeñas. Eso es como fumar: acorta la vida de las personas; en este caso el esfuerzo de leer los diminutos caracteres acorta la vida de los ojos, de la lectura. Y no quiere uno pertenecer al club de los dones y la ironía.
  Las memorias de Casanova están llenas de aventuras amorosas desde que se convirtió en poco más que un adolescente. Sabía aprovechar el tiempo. En no pocas ocasiones debió poner pies en polvorosa porque había seducido a esta o aquella mujer, generalmente casadas o comprometidas. Al parecer a ellas también les gusta. Cómo no caer rendidas por un seductor profesional; ellas generalmente aburridas y encerradas en casas lúgubres con pocas visitas. Pero otra cosa que le gustaba era viajar, así que no tenía muchos problemas en cambiar de vida.
  De entre todos los sitios en los que recala uno de los más interesantes es España; normal. Tuvo no pocos problemas con las autoridades. Incluso estuvo preso un tiempo por haber seducido a la mujer del capitán general de Cataluña. Tuvo como protector al Conde de Aranda y le salvó de no pocos aprietos.
  En Zaragoza visitó una plaza de toros y se quedó asustado. “En Zaragoza las corridas de toros son más brillantes que en la capital. Ocurre algunas veces que la lucha acaba con la muerte de algún torero. No comprendo el interés que muestran los españoles por este espectáculo; hay que ser español para gustar su encanto”. Ahora se diría que es un taurino frente a los animalistas.
  Y para terminar una pulla: “¡Cómo te compadezco, pueblo español! Los bienes que la naturaleza ha prodigado en tu suelo, son la causa de tu eterna miseria; esa belleza y tu riqueza natural han causado tu indolencia y tu incuria, del mismo modo que las minas de Méjico y Perú han alimentado tu orgullo y tus prejuicios. Y aunque esta opinión semeje una paradoja, encierra una gran verdad. España necesita regenerarse, lo cual sólo puede ser resultado de una invasión extranjera, única capaz de reanimar en el corazón de los españoles el fuego del patriotismo y de emulación que amenaza extinguirse por completo. Si España llega alguna vez a ocupar, dentro de la gran familia europea, su glorioso rango, temo que sea a costa del más terrible trastorno. Sólo el estampido de la pólvora puede despertar esos corazones de bronce”. Justo después de este párrafo conoce a la italiana mujer del capitán general. Él era así.

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