miércoles, 13 de mayo de 2020

INSTANTÉNEAS DE NUEVA YORK. PACO CAMARENA Y HUGO BARROS.



Con el ejemplar de la revista trimestral de este trimestre, una de las posibilidades era adquirir este libro por diez euracos más. Merece la pena. Son dos tipos jóvenes, talentosos y que tuvieron una experiencia parecida: Pasar en Nueva York una temporadita. Vieron que la suma de los apuntes del natural, notas sobre la ciudad, Paco, y Hugo, dibujo de las estampas, ha dado como resultado este libro. Está muy bien. Se lee en dos golpes de entretenimiento y, en estos tiempos de confinamiento, no está nada mal darse un garbeo por la capital del mundo.
  Tiene Hugo una forma de dibujar que me apasiona. Son como hechos al tuntún, como quien no quiere la cosa, manchas prácticamente de acuarela con el plumín para delimitar, pero el efecto es potentísimo. Me encanta. Qué importante dominar la técnica de la perspectiva caballera.
  En la contraportada dice una cosa que se ha dicho muchas veces: todos los que llegan a Nueva York en realidad están volviendo a Nueva York porque todos tenemos infinidad de series y películas, vistas de toda la vida.

  Me gustó volver a comprar otra vez el Jot Down. Pocas revistas tendrán ese olor dulzón de la tinta, esas fotografías en blanco y negro, esa cantidad de temas finos hechos con buenas firmas.

domingo, 10 de mayo de 2020

J.R. MOEHRINGER. EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS.



  ¿Os acordáis del libro que os dije que me gustó mucho del tenista Agassi, Open? ¿Y que en realidad el autor no fue él si no que fue un tal Moehringer, periodista con premio Pulitzer? ¿Y que Agassi sólo quiso que fuera él el que lo escribiera porque había leído un libro suyo llamado The Tender Bar y le había entusiasmado? Pues es el que estoy leyendo estos días. Todo esto se lo pregunto no a los tres o cuatro que puedan leer este blog si no a mí dentro de unos años. Y digo esto porque tengo la duda de que los tres o cuatro sea yo mismo cuando entro de vez en cuando.
  La historia, al parecer, es autobiográfica. Creció cerca del bar (Tender, de las grandes esperanzas) llamado Dickens con su madre (su padre los abandonó cuando apenas tenía unos meses), en casa de sus abuelos,  un montón de primos, tíos y abuelos. Al principio no me estaba gustando demasiado a pesar de que las críticas son muchas y buenas. Quizá porque no me han terminado nunca de gustar las novelas donde el protagonista es un niño, tipo las Cenizas de Ángela. Pero pronto llega a la adolescencia y viene la primera copa, el primer polvo, la primera decepción, donde la vida se va convirtiendo en algo cruel. Ahí me está interesando más. Cuenta que en el sótano descubre en un baúl cerrado cientos de libros y revistas: su gran tesoro, su salvación. Luego conoce a una chica guapísima y se enamora pero como esta es de alta clase social decide no seguir con él. Bueno, aunque sea spoiler no pasa nada porque hemos dicho que aquí no recala lector alguno.
 Sigo con el diario. He anotado que estoy a un día de cumplir los 58. Que el tiempo es una cinta en la que vamos montados y que esta cinta va cada vez más rápido. Cuántos grandes hombres han muerto mucho antes de llegar a esta edad, todo lo que han hecho o han descubierto. Y aquí estamos. Sin haber escrito un libro, ni plantado un árbol (bueno, alguna maceta) ni tenido un hijo (bueno, dos lindas hijas).
  El libro no está mal pero le echado en falta algo más de concreción, algo más de pulcritud. Se va un poco por las ramas. Está bien para conocer quién fue ese escritor y periodista que hizo una de las mejores biografías deportivas de todos los tiempos.

sábado, 9 de mayo de 2020

LA ESPECIE ELEGIDA. JUAN LUIS ARSUAGA. IGNACIO MARTÍNEZ



  Este libro lo compré también en el Rastro en uno de los puestecitos más humildes, cerca del monumento al soldado Cascorro. Era una señora de mediana edad que no sabía absolutamente nada de libros, sólo si debía cobrar dos, tres o cuatro euros según fuera lo que alguien le había marcado en alguna parte. El libro está prácticamente nuevo. Está forrado con un plástico transparente y tiene algunos párrafos y palabras señaladas aunque según se va avanzando en la lectura van desapareciendo las rayas; lejos de molestarme, me gusta. También hay una tarjeta dentro enviada desde Canadá de una tal Leticia Valverde, como si ésta fuera también parte de la personalidad del libro. Tiene escritas a mano varias poesías de Machado y Becquer. Tres euros.
  Nada más comenzar, la primero torta: La primera en la frente: “No es correcto decir que descendemos de los monos, como si ya no lo fuéramos. Seguimos siendo tan primates como cualquier otra de las aproximadamente ciento ochenta especies vivientes del grupo”. Así que se confirma lo que siempre he afirmado con rotundidad en esas sobremesas llenas de licor y chumineces: somos monos y mejor nos iría si copiáramos en algo a los bonobos. Algunos entonces me preguntan qué es eso y, contento, se lo explico.
  El querer perdurar es uno de los más básicos instintos. Ya que no podemos ser inmortales, la naturaleza, como especie, nos arranca hijos precisamente para perdurar. Sí, ya sabemos que Woody Allen no está de acuerdo pero es lo que hay. El virus también quiere perdurar, sino por qué tiene que expandirse. El último párrafo de la peste de Camus es aclaratorio: “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Desde que anoche leyera esto, me da por pensar que en los libros de segunda mano se encuentre escondido el bicho que nos joda la vida.
  Una de las frases subrayadas por la autora: “… no somos la consecuencia necesaria del proceso evolutivo, sino que hemos estado expuestos a los avatares del destino”. Frase en la que estaremos incluidos nosotros en los estudiosos del futuro.
  Yo creo que el libro se ha escrito cientos de veces en innumerables bibliografías de aquí y de allá; mismamente el último de Bryson, pero lo que lo hace peculiar es la descripción en lo que los autores son especialistas: La sima de los huesos. Un milagro de la naturaleza y de la casualidad. Una cueva con un pozo natural de 14 metros repleto, no sólo de huesos humanos sino de huesos de animales, entre ellos, osos enormes. “A través de medio kilómetro de accidentado camino desde la Cueva Mayor se alcanza un conducto vertival (una sima) de 14 m de caída, que se prolonga unos pocos metros más en una rampa y una pequeña cámara final. Este fondo de saco se denomina la Sima de los Huesos y, en efecto, se encuentra en ella un gran depósito de huesos fósiles englobados en arcilla. Los huesos son todos de carnívoros o humanos; no se ha encontrado ni un solo fósil de herbívoro, ni tampoco utensilios líticos”.
  Luego va describiendo las características de tan peculiar yacimiento y de cómo comenzaron –que siguen- los trabajos de extracción. Bueno, bien. Se ha leído rápido y está bien escrito pero no termina de dejar un buen sabor de boca. Quizá le falte algo más de alfarería literaria. Algo más de lo que tan magnífica y deliciosamente escribiera, sobre la naturaleza, Maeterlinck, o sobre los viajes y la geografía, Martínez de Pisón. 

miércoles, 6 de mayo de 2020

06/05/2020


  Gaspard, lo sé, sé que la cosa irá a peor según pasen los años. Menos mal que tengo familiares cercanos que están ahí, en esa franja, y lo llevan mejor que bien. Algunos han comenzado a estudiar distintas carreras, pintan, dibujan, escriben, leen, viajan; son felices dentro de lo que cabe. Es verdad, lo hablamos, que el horizonte ya no es tan lejano ni radiante, pero el presente se presenta más intenso. Por lo de aprovechar el tiempo y tal. Solo hace falta un sustento; si es digno, es suficiente. En esas estamos. Pronto seré un millonario. Al menos en cuanto a tener tiempo libre. Siempre que a lo largo de mi vida he pensado qué me hubiera gustado ser, siempre he llegado a la misma conclusión: nada. Un tipo a lo sumo que se dedica a sus asuntos en exclusiva. Eso sí, con su sustento, su intacta curiosidad por las cosas. Por eso me gustó la autobiografía de Edward Gibbon, un grandísimo historiador que toda su vida dispuso del gran patrimonio familiar para hacer lo que más le gustaba, estudiar el mundo antiguo, escribir sus obras, “La decadencia y caída del imperio romano”, etc, y viajar por todo el mundo. Qué gustazo.
  Sap, por esa sierra pasamos nosotros en bici haciendo la vía de la Plata hace diez años. Qué recuerdos. Me sorprendió la belleza y lo solitario del lugar. Tuvimos un accidente. En una bajada muy rápida –era una pista con mucha pendiente, ancha y lisa- uno de nosotros, poco acostumbrado al mundo de la bici, se asustó más de la cuenta, tocó el freno, derrapó y se salió del camino. Se solló todo el cuerpo. (Acabo de comprobar que no existe sollar, con la de veces que nos lo dijo mi madre. “Llevas las rodillas solladas como siempre”. Bueno, pues se raspó todo el cuerpo. Entre eso, lleno de vendajes, y el calor, las pasó canutas y nunca más dijo de venirse a nuestros viajes. Cuando acabó, ocho días después, parecía un superviviente de Vietnam.
  Por cierto, ayer tarde fue el primer día que cogí la bici de montaña. Al tener la restricción de una franja horaria y una franja física, el término municipal, todo el pueblo se volcó a la vez dirección al monte. Una riada de personas. Nunca he visto tanta gente junta. El que ha pensado ha pensado mal. Se están equivocando en esto como en tantas otras cosas. Cuando volvía, ya casi sin luz, dos patrullas de la Guardia Civil estaban multando a un grupo de adolescentes en bici. Estuve por acercarme a preguntar pero sentí miedo. Quizá yo también pudiera resultar multado: Por no llevar luz, por ir casi de noche, por preguntar.
  Carmela, yo también espero equivocarme. Pero no siempre pienso así. Otros días pienso en septiembre, octubre, como de una época en la que lo habremos superado y en la que volveremos a salir a los teatros, a los cines, a bailar, a mis queridos conciertos del Café Berlín, etc. Depende del día. A veces, como todos, tenemos bajoncillos.
  Pienso lo mismo sobre la suscripción, Amperio. Es pretencioso suponer que alguien normal va a pagar diez euros mensuales por leer artículos de opinión. Y suponer que sólo vas a querer estar suscrito a uno. Porque si te suscribes a todo lo que se menea, pagaríamos cien euros al mes. Por quince toda la familia tenemos acceso a toda la música que existe prácticamente. Por cierto que la selección que está sugiriendo Fernando Trueba en el País, está muy bien. Grandes descubrimientos como Freddy Cole.

viernes, 1 de mayo de 2020

LA PESTE. ALBERT CAMUS.



    Después de acabar Karnaval, que al final me ha parecido que le sobraban páginas, aunque seguiré leyendo cosas suyas, he leído La Peste, de Camus. Una relectura. La leí en abril del 91 –siempre tengo algo fechado dentro de las páginas del libro que leo. En este caso un billete de lotería-, y no me explico cómo no me acordaba de lo buena que es. Está claro que cada libro es adecuado para una edad y un tiempo y ésta no ha podido ser más oportuna. La vi buscando el libro de Maistre y está siendo un acierto. Frases cortas y potentes donde las escenas se resuelven con el efecto de un rayo y su posterior trueno: En una ambulancia van el médico, el enfermo y su mujer: “-¿No hay esperanza, doctor? –Ha muerto- dijo Rieux”. Toda la escena de la angustia resuelta como una pincelada maestra del mejor impresionista.
  Y digo que es adecuada su lectura para un tiempo porque ayuda a entender esta pandemia; y  porque ya tengo mi edad. En un momento dado hablan los médicos de la ciudad. Uno ya sabe lo que ocurre pero los demás no lo quieren reconocer. Otro dice de alertar a las autoridades. La enfermedad se extiende. Otro objeta: “La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo, nada de pánico”. Y todas esas escenas de las ratas en el principio. Me encanta leer sobre las ratas; de hecho tengo libros dedicados solo a ellas, como también a las hormigas o a las abejas. En el caso de las ratas es porque las odio, o más bien es que no las soporto, quizá influido con mi madre quien desde siempre ha sentido espanto incluso viéndolas por televisión.
  Javier Marías, entre las recomendaciones librescas para estas semanas de pandemia recomendaba algunos, sobre todo traducciones suyas de Conrad, etc, pero no leer la Peste, El Decamerón, etc. Y creo que se equivoca. Cuando la leí, hace casi treinta años, me pareció una novela de ciencia ficción. No me atañía en absoluto. Ahora sí. Encuentro un gran consuelo comprobar que a lo largo de la historia seres humanos como nosotros han tenido estas mismas angustias. Eso sí, como decía Sap, la novela ha podido con él. Hay estar muy concentrado para leerla. Pero si uno penetra se sentirá confinado en Orán como todos sus habitantes.
  “Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres”. Todo un tratado histórico de la peste en un párrafo poético.
  “¿Qué son cien millones de muertos?”. “Cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación”.
  “Era un hombre reconcentrado y silencioso que tenía un poco el aire del jabalí”.
“...que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Desde que ayer leyera esto, me da por pensar que en los libros de segunda mano se pueda encontrar escondido el bicho que nos joda la vida. Por cierto que este libro, bien cuidado y prácticamente nuevo, lo compré en el Rastro por tres euros. Está un poco subrayado y lejos de molestarme me gusta. Dentro hay una tarjeta enviada desde Canadá con poesías de Machado y Bécquer. Firmada por Leticia Valverde.