sábado, 21 de enero de 2017

VIAJE CON CLARA POR ALEMANIA. FERNANDO ARAMBURU.





  Para acercarme un poco a los que detestan sin paliativos a Fernando Aramburu en cuanto a la insustancialidad por su manera de escribir, y en contra de lo dicho a raíz de la lectura de las dos novelas anteriores, cosas buenas de Patria y Años lentos, diré que su “Viaje con Clara por Alemania” es eso: pura nadería. De bajón. Se supone que en un libro de viajes el autor ha de hablar de sus circunstancias y de los sitios que visita: si se quiere también del clima, de la historia, de los conflictos o guerras habidas o por haber, de lo que sea, con tal de que sea interesante; pero no, Aramburu en esta ocasión solo habla de lo suyo, de cosas ocurridas poco más allá de su ombligo, como esos turistas plastas que convocan a la vuelta de sus viajes a los amigos o a la familia a tomar un café con bollos y te fríen a vídeos, fotos y comentarios de sus vacaciones. Que si habla de las que alquilan su vagina en un barrio de Hamburgo, de que si su novia tiene diarrea en las murallas de un castillo antiquísimo, de que si el sobrino es más o menos autista, etc.
  Dice al principio del capítulo 17: “¿A mí qué me importa el escritor Arno Schmidt? ¿Qué me importa a mí en realidad la vida privada de ningún escritor? Un día, mucho antes de emprender nuestro viaje por Alemania, le dije a Clara que los escritores no son más que las cáscaras desechables de sus obras”. Debería haberse aplicado el cuento que predica con este libro.
Es pretendidamente cómico y gracioso (él mismo dice al final del libro que su hermano, editor, que tiene intención de publicar estas cosas, lo ha encontrado divertidísimo) pero yo solo soy capaz de sentir un impulso caníbal para arrancar ésta o aquélla hoja de un mordisco: pero claro, en cuanto a libros, no me lo permite mi religión, y menos a un libro negro Tusquets.
  El autor-personaje, que en esta ocasión se hace llamar “ratoncito”, emprende un viaje por Alemania con Clara, su mujer, quien tiene la intención de publicar un libro de viajes sobre Alemania y, si triunfa, dejar de dar clases en un colegio lleno de adolescentes asilvestrados. Con esta excusa él dice tener más libertad para darle forma y fondo, porque no es para publicarlo, confiesa, de boquilla, claro. Error; las “anécdotas”, apocadas, sin importancia, aburren a un muerto y no se aprecia la más mínima nota cultural o humana sobre los sitios que se visitan.  
  Gran decepción. Me costará retomar la confianza en este escritor, con la ilusión que me hacía su “viaje”.
  Y el caso es que da la impresión de que Aramburu es consciente de todo esto. Hacia el final del libro –por fin- reconoce una cosa: “Sin ser escritor ni abrigar la pretensión de serlo, he escrito un libro y, lo que aún entiendo menos, me lo van a publicar”.
  A mí me pasa lo mismo: no entiendo cómo le han publicado esto. Y otra pregunta que me hago: ¿Lo hubieran hecho los editores de haber sido un escritor anónimo? ¿Novel?

sábado, 14 de enero de 2017

EL PUENTE SOBRE EL RÍO DEL BÚHO. AMBROSE BIERCE.




   Este libro lo tenía desde hace dos décadas o más. Seguramente lo compré en aquella librería que ya no existe del parque del barrio de Aluche. Allí solo vendían libros de colecciones de quiosco o sobrantes de libros baratos con una fuerte bajada de precios. La visitaba a menudo y siempre me llevaba un par de ejemplares. Allí compré infinidad de libros que luego se han convertido en importantes hallazgos en mi vida de lector compulsivo. Si no lo había leído hasta ahora es porque la tipografía no es de la mejor y las traducciones no suelen ser buenas, aunque no sea este el caso. Sí es verdad que a veces, en ediciones con poco cuidado, se mete la pata hasta el fondo. En la nota biográfica preliminar se dice que desapareció en la guerra civil de Méjico en 1943. No señor. En ese año llevaba casi tres décadas criando malvas. Por cierto, no se sabe cómo murió, dónde murió exactamente ni cuándo.
  El libro se compone de un puñado de cuentos sacados de aquí y de allá, divididos en bloques: Cuentos de soldados, Cuentos de civiles, ¿Puede ocurrir esto?, Relatos insignificantes y El Club de los parricidas.
  Uno de los más inolvidables, por su efecto y sorpresa final es precisamente el que da título al volumen: El Puente sobre el río del búho. Se narra el ahorcamiento de un hombre con lujo de detalles. Tiene la habilidad para describir la naturaleza que rodea a la escena: los árboles, el agua que discurre allá abajo, la disposición de cada personaje; también sus pensamientos, sus recuerdos. Luego se suceden los hechos pero nada es lo que parece. En cada cuento, con dos o tres frases, es capaz de poner al lector en situación, despertarle el interés. Muchos cuentos ocurren durante la guerra civil americana, donde él mismo estuvo sirviendo como oficial topógrafo.
  Es verdad que han comparado a Bierce con Allan Poe. Tiene ese humor negro y un poco romántico por lo tenebroso y trágico. En El Club de los Parricidas varios de los cuentos comienzan con el asesinato de su propio padre. Él en la vida real tuvo que vivir en una familia numerosa con pocos medios y en donde la madre parecía que llevaba la voz cantante. Es muy irónico, cortante en las frases “Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años”.
  Pues con esta lectura me despido seguramente para siempre de Ambrose Bierce porque, leído su portentoso Diccionario del Diablo, poca cosa más puede quedar; si acaso, la improbable publicación de sus memorias o alguna biografía que se publique por ahí.
 

miércoles, 11 de enero de 2017

MARTA SANZ. LA LECCIÓN DE ANATOMÍA.




  En el artículo de Babelia de este sábado pasado Anna Caballé, periodista de cultura del País, escribía un artículo titulado ¿Cansados del yo? Y en él se ensayaba con la posibilidad de que la obra de, vamos a llamarla, de realidad de uno mismo, la autoficción, estaba a punto de fatigarse. Y hablaba de un montón de autores: Vila-Matas, Félix de Azúa, Juan Goytisolo, Luis Landero, Soledad Puértolas, Jorge Semprún, Coetzee, Auster, etc; ¡hay tantos! Yo añadiría a Muñoz Molina porque se pueden encontrar varias: El Viento de la luna, y, más recientemente, Como la sombra que se va.
  También se cita, cómo no, el caso de la que me ocupa: esta sensacional ¿novela? Autobiográfica llamada La lección de Anatomía, sacado el título del famoso cuadro de Rembrandt. “Un texto que nos hace pensar en cómo las escritoras abordan la autoficción, su utillaje es muy distinto: pueden entrar a saco en los conflictos cuerpo e identidad”.
  Yo no estoy muy de acuerdo con la tesis de Caballé. A los lectores admiradores de nuestros escritores favoritos o recién descubiertos, nos gusta saber cómo son sus vidas. Sí, algo de marujeo hay en eso: la curiosidad sin límites. Autofición: ¿Qué cosa más placentera que reconstruirnos y encima ganarte la vida con ello?

Comencé el comentario de Farándula confesando, con la boca pequeña, que no me había gustado en exceso y lo retiré. Luego dije que sí que me había gustado mucho. Ahora corroboro eso con creces. Marta Sanz es una muy buena escritora. De las que escrutan la vida con ojo de entomólogo. Se detiene en este libro, quizá excesivamente, en la infancia, esa edad tan oscura, pero tiene un poder evocador enorme y es a ratos muy divertida. Se entretiene en sus primeras salidas de juventud, los primeros amores, por su cariño por los gatos, sus estudios, sus experiencias como profesora de español para extranjeros, etc, etc. Sí puedo decir que ésta me ha gustado todavía más que Farándula. Como dice la contraportada, no es sólo describir la menstruación, la morfología de un pene, los vellos del pubis, sino saber hacerlo con arte. A veces la obra de un libro fallido nos hace tomar tirria a un autor; en este caso es al revés, esta novela me va a hacer leer más libros suyos. Un feliz descubrimiento. Y eso que, atendiendo a un párrafo, de cómo de exigente es en relación con sus parejas…, debe ser una mujer de aúpa:

 “Exijo: atención permanente, mimo, reverencia, adoración, anticipación a mis deseos, aquiescencia y connivencia, exclusividad, fidelidad, promesas de eternidad, contrición en caso de falta, suavidad y fuerza –según-, sexo frecuente o lagunas de sexo sin acusaciones de frigidez, comprensión en las etapas decisivas, maravilloso tono de voz, miradas lacrimosas y emocionadas, silencio, quietud a la hora de dormir, admiración, puntualidad, alabanzas sin adulación, paciencia, capacidad para evitar el conflicto y para pedir perdón, amor extremo e incondicional hacia la familia de la esposa, algún detalle, una sinceridad relativa, preocupación por los asuntos domésticos y por la buena marcha del mundo, gusto por la lectura, un corazón de león, salud de hierro, clarividencia, afabilidad y disponibilidad para viajar. Ser mi pareja es una profesión y un auto de fe”.

  Vaya, como ya dije la otra vez, esta mujer es una coleccionista de palabras, y su marido debe tener el cielo ganado.
  Más; ésta es una edición del dos mil catorce, seis años después de la de 2008. Es una versión corregida y aumentada, y sobre todo, prologada –de manera magistral- por uno de los grandes: Rafael Chirbes; otro de los grandes que nos ha dejado hace poco.

miércoles, 4 de enero de 2017

LUIS GOYTISOLO. DIARIO DE 360º.




  Las casualidades. Me gustan las casualidades cuando vienen producidas en el mundo de la literatura. Hacía pocas semanas que había escuchado una entrevista a Luis Goytisolo en la Fundación Juan March, Audios que me bajo para cuando voy a dar grandes paseos caminando o en bicicleta. Era una entrevista sobre su vida y su obra. Es un caso único en la historia de la literatura. Que tres hermanos, Juan, José Agustín y Luis, se hayan dedicado a escribir y los tres hayan llegado lejos es algo sin parangón.
  El siete de diciembre tenía libre y decidí ir a ver la exposición sobre fotografía en color de Cappa, en el Círculo de Bellas Artes. Me quedé maravillado con una imponente, de gran formato sobre unos jinetes a camello en un desierto. Pero a lo que iba, como siempre para volver a casa, decido tomar el metro en Atocha y así poder merodear por los puestos de la Cuesta Moyano. Lo que hago es subir rápido por el paseo principal y luego ir bajando para entretenerme mirando los libros. No sé porqué me gusta tanto. Es como tener la intuición de poder encontrar algo valioso, algo sobre lo que haya estado mucho tiempo esperando, algo inesperado, algo valioso sólo para mí y poco para los demás posibles compradores. A mitad de la bajada vi este libro sobre el cual no tenía noticias, ni siquiera cuando lo editaron, en el año dos mil. Un Diario de 360º. Una cosa curiosa porque tiene forma de diario pero en realidad no lo es. Aprovecha las fechas, un número y un mes (sin año) para, según los días de la semana; lunes, martes, etc, tratar un tema u otro. Los martes para las reflexiones literarias, los miércoles para la marcha del mundo, etc. Son “galletas” de apenas una página para el más extenso de los casos. Y como cada vez me gusta más la forma de diario, me hice con él.
  Apenas he hecho subrayados. Al final la lectura se convierte en un fluir en el que es grato ir cambiando de temática. Ensayo, anotación íntima, historia, reflexión filosófica; todo cabe en este magnífico libro. “Miércoles 26 de mayo. Si la creación literaria siempre ha sido cosa de pocos, la lectura de la obra literaria nunca ha sido cosa de muchos”.
  En la página 159 está la que, para mí, supone la entrada clave para entender de qué va el libro. Hace un ensayo –mínimo- para explicar las diferencias entre Diarios, Memorias y Ficciones. “Cuando un novelista empieza a escribir un relato de ficción, sabe, en teoría, cuanto hay que saber acerca de su desarrollo. Su situación será la misma al comienzo de la redacción de sus memorias, sólo que a diferencia de lo que sucede con una obra de ficción, no puede o no debe, en principio, modificar o alterar unos hechos que ya se han producido. La persona que decide llevar un diario nada sabe, en cambio, por definición, acerca de unos acontecimientos que aún están por suceder. Tal vez por ello, el diario, el falso diario, si se prefiere, es una forma de ficción de gran atractivo para el novelista, toda vez que permite jugar como ninguna con el carácter irreversible del transcurso temporal…”.
  Con la excusa de contar un tema terrible, profundo y solemne como es el paso del tiempo y la muerte utiliza una anécdota de la niñez. Cuenta que al día siguiente de enterrar a un pollito decidió llevarlo a otra parte. Describe su olor que va más allá del mal olor. “Escapar a ese proceso, al menos mientras el mundo exista, es lo que hace grande al arte y a la creación literaria: un crecimiento que, a diferencia de la vida, no se extingue, que es susceptible de seguir actuando tanto en lo que se refiere al futuro como, incluso, en lo que se refiere al pasado, rescatándolo, abriéndolo a una nueva vida”.
  Un feliz hallazgo en uno de los lugares que más me gusta de Madrid: mi última lectura de este año 2016 que acaba de despedirse.

domingo, 1 de enero de 2017

01/ene/2017.




  Las calles en este primer día del año están aletargadas, como arrastradas de exceso y de fiesta. Para vencer la modorra y sacudir la fatiga salgo a correr a las ocho de la noche. No se ve un alma y las farolas dan una luz mortecina y triste en la perspectiva solitaria de las calles. Solo a lo lejos se oyen unos petardos y algunos ladridos de perros asustados. Restos de botellas y latas. La ropa, gorro, guantes, bufanda deportiva, se llenan de escarcha por el frío intenso. Escucho un disco de flamenco, Josemi Carmona, que me ayuda a llevar el ritmo de las zancadas. Correr es un ejercicio de concentración, de metrónomo. Ya se acaban las celebraciones y mañana empieza la rutina. En la rutina también se puede ser feliz. Dentro de ella se pueden vivir emociones a través de los libros, las películas, las series, la relación con los demás. Viva la rutina que ojalá reine felizmente en este dos mil diecisiete que recién comienza a caminar.