domingo, 22 de diciembre de 2019

22dic2019


Los últimos días han sido lluviosos, grises, oscuros y sobre todo ventosos, casi huracanados. Así que hoy no he cogido la bicicleta. Me he ido al Rastro. Nada más salir han cantado el gordo. Ni caso. No hay nada peor que montar en bicicleta con viento y amenaza de lluvia. En el cercanías le doy un par de euros a una muchacha que me ha dejado un papel en mi asiento. Pensaba que era una poesía como pasa otras veces pero no, era un papel donde mostraba su infortunio. Quizá eso sea poesía igualmente.
En los puestos de libros apenas había algo interesante. En el Campillo del Nuevo Mundo he visto uno sobre la mafia americana de origen italiano. Lo he comprado solo por el autor: Mike Dash, el autor que escribió la tragedia del Batavia; uno de mis libros preferidos. En otro puesto he visto uno de Anagrama de una francesa que no conocía: Darrieussecq, acaba como el Hauellebecq, cuyo título era Marranadas. Puede estar bien si lleva ese título tan sugerente. 

Antes de irme y de contemplar las típicas escenas del Rastro madrileño (conversaciones al vuelo, regateos) paso por el mercado de San Fernando donde siempre visito una librería peculiar: venden libros al peso: diez euros el kilo. Ahí veo El collar de la paloma, un libro del cordobés Ibn Hazm sobre usos amorosos en la época de los omeyas y que fue libro estrella en la feria del libro de Madrid de hace lo menos doce años. Y otro de Anagrama de Magris, Microcosmos. Cómo dejarlo pasar después de lo que me gustaron El Danubio y el Infinito viajar…
Dentro del mercado, en una placita donde tantas veces se han montado timbas de bailes latinos (ahora prohibidos) había un grupo de unos quince dibujantes intentando plasmar a una modelo voluntaria. Les hago una foto mientras me tomo un café amargo. Sin azúcar por prescripción médica. Luego me acerco a ver los resultados: casi todos los dibujos son malos. Tan solo un anciano tenía una manera de dibujar con mucho colorido, como los de Almodóvar, pero de formas ordenadas. Una mujer me invita a posar. Sólo quince minutos, dice. Le digo que tengo prisa. ¿Quince minutos siendo observado por todos? Ni de coña. 

Luego, ya de retirada he pasado a ver la exposición en el edificio de las antiguas tabacaleras. Exponen cuadros gigantes de Almodóvar. En el centro de casi todos, grandes como una pantalla de cine, hay una fotografía del colega Jorge Galindo y después esporrotear litros y litros de pintura al tuntún. Debe ser divertido, al fin y al cabo los niños disfrutan si les dejas manchar todo sin consecuencias.
En el tren de vuelta otra mujer joven pide limosna. Tiene treinta y tres años según confiesa. Es guapa. Le doy también una moneda de dos euros: el otro día me devolvieron un montón después de una compra. Hoy me sentía generoso. En el contacto con las manos al darle la moneda he sentido que la piel ha estado más de la cuenta a la intemperie. He comprado en el mercado también un pan hecho con trigo, al parecer de oro, por el precio. He llegado contento a casa. Por veintipocos euros he comprado cuatro buenos libros, he comprado un buen pan (delicioso) y he invitado a un trago de vino o a un café, espero, a dos mujeres tristes.




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