miércoles, 9 de diciembre de 2015

Oliver Sacks. En Movimiento.




He querido imprimir y guardar entre las páginas de este libro la carta que Oliver Sacks envió al New York Times y que se publicó en El País a modo de despedida. Tenía cáncer y sabía que estaba próximo el final. Las primeras frases son un lamento por no poder contemplar los descubrimientos que se avecinan en el campo de la biología, la física o la medicina. Sé de algunos que lamentan dejar este mundo sobre todo por perderse finales de futbol de su equipo favorito. Bueno, qué más da. A todos nos duele morir porque supone perdernos cosas que nos gustan, ya sean sushis o libros. Yo espero, como esperaba Borges, que en el paraíso haya una biblioteca infinita.
  Los primeros capítulos coinciden en algunas cosas con El Tío Tungsteno, el libro sobre su infancia, sobre su tío y sobre el aprendizaje, pero como he dicho antes, intercala casos, anécdotas e historias que vienen al pelo y no despistan para nada lo que nos está contando: su vida.







“Cuando era interno en el Hospital  Middlesex, hubo un caso que me afectó mucho. Joshua, un joven aficionado como yo a la natación, ingresó en la unidad médica con unos extraños y desconcertantes dolores en las piernas. A partir del análisis de sangre se le hizo un primer diagnóstico, y, a la espera del resultado de otras pruebas se le permitió pasar el fin de semana en casa. El sábado por la noche, mientras estaba en una fiesta con un grupo de jóvenes, entre ellos algunos estudiantes de medicina, uno de éstos le preguntó a Joshua por qué lo habían ingresado en el hospital. Él contestó que no lo sabía, pero que le habían dado unas pastillas. Le enseñó el frasco a su interlocutor, que al ver “6MP” en la etiqueta exclamó: “Jesús, debes de tener una leucemia grave”. La narración sigue contando que el caso derivó en un dolor cada vez más insoportable que ningún opiáceo ni droga alguna lograba calmar. Chillaba de dolor día y noche.
  “No debería haberme sujetado –me dijo-. Pero supongo que tenía que hacerlo”.
  Unos días más tarde murió atormentado por el dolor”. Oliver Sacks lo había salvado unas semanas antes cuando había intentado saltar desde lo alto del pabellón.
  Con este libro uno descubre facetas de su vida que no podría sospechar. Había sido levantador de grandes pesas que luego le hicieron arrepentirse: se machacó las rodillas y llegó a tener serios problemas con su espalda. También con las drogas de las que llegó a abusar en exceso: marihuana, anfetaminas, ácido (divertido cuando cuenta que en un viaje en autobús veía claramente a los usuarios con cabezas en forma de grandes huevos y con ojos enormes), heroína, etc. Estuvo nadando hasta casi el final de sus días y le gustaba cabalgar en su moto por carreteras solitarias. También cuenta sus escasos encuentros sexuales y de cómo un abandono le hizo mantener una castidad voluntaria durante los treinta y cinco años siguientes.

    




  Sabe contar también escenas cotidianas llenas de encanto y delicadeza: “A principios de 1994 me adoptó una gata callejera. Una noche regresaba de la ciudad y allí estaba, sentada impertérrita en mi porche. Entré en casa y saqué un platito de leche, que el animal lamió sediento. A continuación levantó la mirada hacia mí, una mirada que decía: “Gracias, amigo, pero también tengo hambre”. Uno puede ver esa cara de la gata como si la tuviera delante.
  El Doctor Sacks representaba lo que todo paciente desea de un doctor: empatía. Sabía entender y ponerse en el lugar del que sufre; para él eran personas y por eso le supuso algunos encontronazos con la estructura médica. Un hombre le decía “Soy un hombre condenado, me encuentro Little Ease”, “Ease era una celda de la Torre de Londres tan pequeña que un hombre no podía estar de pie ni echado, nunca podía estar cómodo”.
  Frases entresacadas de su carta de despedida:

“Para mí, mi percepción de la belleza del cielo, de la eternidad, estaba asociada indisolublemente a una sensación de fugacidad y muerte”.
“Y ahora, en este punto crítico, cuando la muerte ya no es un concepto abstracto, sino una presencia —demasiado cercana e innegable— vuelvo a rodearme, como cuando era pequeño, de metales y minerales, pequeños emblemas de eternidad”.

“Los lémures están próximos a la estirpe ancestral de la que surgieron todos los primates, y me gusta pensar que uno de mis propios antepasados, hace 50 millones de años, era una pequeña criatura que vivía en los árboles no tan diferente de los lémures actuales. Me encantan su saltarina vitalidad y su naturaleza curiosa”.
  Y la despedida en su libro, sabiendo ya que le quedaba poco: En el curso de mi vida, larga y rica en experiencias, ha habido centenares de personas que han sido valiosas e importantes, pero sólo he podido incluir unas pocas dentro de los límites de este libro. Que tengan las certeza, los demás, de que no los he olvidado, y que permanecerán en mi memoria y en mi afecto hasta el día de mi muerte”.

  Oliver Sacks murió el día 30 de agosto de este año. No lo olvidaré nunca.

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