1.- Ocho de septiembre. Viaje.
Mi pretensión es hacer el recorrido de O Porriño a Santiago en tres etapas, ciento
y pico kilómetros, y para ahorrar un día de hotel aprovechar la noche para
viajar. El tren hotel sale a las 22:30. He salido de casa con mucho tiempo, por
si acaso. El salir con mucha antelación es un rasgo potente y enfermizo del
carácter de una persona. Me gusta sentir esos nervios que a uno se le instalan
en el estómago ante la aventura de emprender un viaje. Y, efectivamente, estaba
nervioso. Después de salir a las 20:00 y de llegar a Colonia Jardín a las
20:30, tomé sin problemas la línea diez del metro. Me bajé para hacer trasbordo
en Alonso Martínez. Error. La línea diez va directo a Chamartín pero con los
nervios vi mal el plano y entendí que debía ir hacia El Pinar de Chamartín. Enseguida
me di cuenta de que iba mal, cambié de nuevo de vía y emprendí el camino
correcto. Tenía tiempo más que de sobra pero este incidente me puso aún más
nervioso.
A esas horas la estación
de Renfe está medio despoblada. Los comercios casi todos cerrados. Tan solo una
cafetería, de aspecto destartalado y sucio, permanece abierta. Pienso que me
vendría bien tomar una cerveza antes de coger el tren para intentar dormir. En
la barra solo hay tres mujeres con niños y con jarras de cerveza en la mano. Me
da apuro comerme el delicioso bocadillo de jamón serrano que me he preparado
desde casa, así que cuando termino mi consumición me siento en la sala de
espera y doy cuenta de él. El tiempo pasa rápido y enseguida veo que mi tren
espera en la vía 14. Las cabinas son diminutas pero al menos individuales. Una
de mis principales preocupaciones era imaginar un acompañante en un sitio tan
pequeño. ¿Qué si no es el deseo de emprender un viaje en solitario que
disfrutar de la soledad? La cabina tiene un pequeño lavabo y una cama como de
prisión preventiva. Suficiente para poder echar una cabezada. Son ocho horas
por delante. El enchufe es tan antiguo que voy a preguntar si vale. El azafato
me pregunta con fuerte acento gallego: ¿Oye, tú de dónde has salido?, claro que
vale.
Hay un vagón, para los
que vamos en coche cama, lleno de mesas con sus correspondientes bancos, como
los trenes de lujo pero venido a menos. De hecho el tren tiene ya una
antigüedad de veinte años. Ahí saco mi cuaderno y anoto mis primeras
impresiones. Se ven las cuatro torres gigantes de Madrid. A estas horas
iluminadas con luces eléctricas en rojo, azul y violeta. Cuando me canso
de escribir saco de mi bolsa uno de los dos libritos que he llevado para leer:
Sobre la Violencia, de Hannah Arendt. Como decía no sé quién: no ha habido ni
un minuto de paz desde que el hombre es hombre.
Pronto el brillo de la zona de los rascacielos desaparece y se suceden
bloques de viviendas donde miles de seres humanos se disponen a cenar, ver
televisión, acostarse… Y yo solo emprendiendo un viaje de placer. Eso me da aún
más sensación de libertad.
Hay una joven pareja negra que al parecer han subido al tren sin el
billete adecuado. No entiendo cómo han pasado por la cabina de control. El
supervisor se desespera pero mi azafato le tranquiliza: si no tienen sitio que
hagan el viaje en la cafetería y en paz.
Mi pretensión de ir durmiendo
todo el viaje para llegar fresco a la estación de O Porriño y salir desde allí,
se ve pronto frustrada. He apagado la luz pero a los pocos minutos me asaltan
angustiosas dudas: ¿Llevo la dirección del hotel de Pontevedra? ¿Dónde he
dejado las gafas? ¿Me las he dejado en la mesa? ¿He avisado al azafato para que
me despierte? ¿Me pasaré la estación? ¿Lloverá? ¿Saco el poncho y el
chubasquero para tenerlo todo preparado? Intento tranquilizarme. En las curvas
todo el peso se va hacia los pies o hacia la cabeza y duermo a sobresaltos. Sin
embargo duermo a trompicones y hasta llego a soñar. Me esperan en pocas horas treinta y cuatro
kilómetros. Quizá lo que me pase es que de todas las situaciones imaginadas, el
bajar en esa estación desconocida, a esas horas tan tempranas, sea la más
angustiosa.
El revisor me despierta,
como dijo, veinte minutos antes de llegar. Seis y diez. A los cinco minutos
estoy listo para salir y espero ansioso. Me voy a la sala de las mesas para que
se haga más amena la espera. Allí están el azafato y al parecer, por su forma
de vestir y por la conversación, el responsable del tren.
El momento al que más podía temer es justo al bajar del tren. Noche
cerrada y al menos hora y media para ver algo de claridad. Nadie por las calles.
El camino no está nada claro porque es todo seguir la carretera. Me había
puesto una sudadera encima de la camiseta pero como iba rápido enseguida entro
en calor y la guardo en la mochila. La perfecta Salomón que me volvió a prestar
D.
Un repartidor me habla mientras me cambio la camiseta. Le hace gracia
encontrar a uno de Madrid a esas horas haciendo el camino de Santiago. Parece
pensar: “Hay gente pa tó”.
Cuando clareaba el día detrás de las montañas de mi derecha, no quise
hacer caso de una de las indicaciones de las típicas vieras amarillas que
indican el camino. Me pareció que se internaba demasiado en una población. Para
estar lo menos posible fuera del camino equivocado aceleré aún más el paso. Y
al poco me encontré dentro de un bosquecillo en el que se acababa la senda. A
la derecha escuchaba la carretera y vi, acercándome por el talud, la vía del
tren. Subí por él con dificultad, y después de saltar el quitamiedos de la
carretera, comencé a ir peligrosamente por el arcén. Cada vez pasaban más coches
y camiones. Uno, debido al rebufo, consiguió arrancarme la gorra de la cabeza.
Sabía que el camino correcto discurría paralelo a la izquierda, como a
doscientos metros, pero en Galicia es difícil salirte del camino. Todo son
pequeñas poblaciones privadas con su huertecito y sus vallas. Decidí seguir la
carretera hasta Redondela. Allí tenía previsto desayunar. Pocas veces he tenido
tantas ganas de tomar un café y unas tostadas. Llevaba ya casi tres horas
caminando y después de una curva a la izquierda en una bajada interminable
llegué a esta población tan bonita, enmarcada en el borde de la desembocadura
del río Alvedosa, con la ría de Vigo a su izquierda.
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