viernes, 25 de septiembre de 2015

2ª ETAPA. PONTEVEDRA-PADRÓN. 10 DE SEPTIEMBRE

 


Después de desayunar en el hotel (4 euros) 3 cafés, 2 zumos y tostadas, bollería, etc, emprendo el camino hacia el norte. No me importa atiborrarme de calorías; no obstante tengo por delante 44 kilómetros. Salgo animado y bastante restablecido de la caminata de ayer. Para salir de la ciudad he de atravesar la parte vieja de la ciudad, las calles y plazas peatonales de anoche, a estas horas casi vacías. Tan solo algunos qua van al trabajo y unos pocos peregrinos como yo. ¿Peregrinos como yo? En este viaje no he respondido como tal. Más bien soy un viajero que discurre por el Camino.
  El propósito es sentir soledad, libertad, caminar sin más idea que llegar al destino disfrutando del tránsito por tierras antiguas, perfumadas de tiempo y visitadas por personas que todavía tienen en cuenta al prójimo. En pocas partes uno va, saluda a alguien, el otro le devuelve el saludo y comienzan una charla que puede acabar en una intensa amistad que puede durar horas e incluso días. Y la comida. Cuando uno llega a la edad del medio siglo, y aún más, uno de los placeres más ciertos, más seguros, es el de la comida. Cuanto más se apacigua el del sexo (en realidad no se apacigua, pero la comezón está aliviada sin duda por la pomada del tiempo), más importancia tiene el de la comida y la bebida. Uno, ante el plato de pulpo de la cena pasada, no puede más que dar las gracias al… pescador o recolector que hizo posible ese milagro. Genio el que mezcló esas patatas gallegas con la sal y el pimentón de la tierra con el pulpo de las aguas tan frías.
  Se tarda mucho tiempo en salir de Pontevedra. Primero las calles aún a oscuras, luego cruzar el puente sobre el río Lérez, y luego deambular por un sinfín de barrios arrabaleros, descuidados muchas veces, caóticos en el trazado de las calles, pobres. Algunas veces parecen las casas un decorado de una atracción intentando recrear un mundo desolador y extinguido. 

 
 
   En una cuesta arriba pronunciada distingo al fondo a una mujer. Me parece que lleva un paso vivo y procuro alcanzarla. Siempre me ocurre lo mismo. Son competiciones que me propongo a mí mismo. Son tantos los kilómetros que con algo, aparte de disfrutar del paisaje, debo entretenerme. Cuando llego a su altura intento ser espontáneo. Le digo que me ha costado alcanzarla. Es una mujer de unos treinta y tantos años con la que enseguida me he encontrado cómodo. Cuando le he preguntado si viajaba sola y me ha contestado que sí me ha aclarado, con un poco de coquetería, que es una mujer echada “palante”. Me gusta y enseguida estamos charlando de esto y de lo otro. Me cuenta que el año pasado hizo el camino primitivo. Yo le cuento que hice el clásico, el francés, que en mi opinión es más atractivo que este. Tiene menos asfalto y muchos más puntos para descansar o comprar algo. Laura es pequeña pero parece que de naturaleza fuerte. Con confianza me pide que le saque de la mochila su cantimplora. Me la ofrece pero prefiero no beber para transpirar menos. La conversación se hace cada vez más interesante y noto que se ha soltado el pelo. En un momento dado me dice que le ha caído algo de algún árbol. Le toco el pelo que es bonito. Casi le puedo acariciar la cabeza. Le digo que no encuentro nada. Está deseando llegar a un sitio donde tomar un café. Pero me confiesa que está ya muy cansada y que se va a sentar un rato a descansar. Creo que le hubiera gustado que la hubiera acompañado más pero a mí me quedaban aún treinta kilómetros y no podía perder tiempo si no quería llegar a Padrón casi de noche. Ella no tenía establecido ningún sitio para dormir; yo sí. Me despedí deseándole suerte. Justo un par de kilómetros delante vi un sitio aislado para tomar algo. A punto estuve de desandar el camino para decírselo pero nunca he sido perseverante en estas cosas. 

 


  Luego me encontré con una colección de ancianos canadienses. Lo sé porque hablé con la guía. Una mujer rubia de unos cincuenta años de edad que debió ser un bombón en sus años mozos. Tiene acento pero habla muy bien nuestro idioma. Dice estar establecida en Granada, en el albaicín. Desde su casa, dice, puede ver la Alhambra. Aprovecho para hablar de Morente y Cris Stewart, el escritor de Entre Limones. Me dice que los ha conocido a los dos.
  A las pocas horas lleguo a Caldas de Reis. Un pueblecito bonito atravesado por el río Umia. Allí, conozco a Gustavo y Marínel, una pareja de mediana edad argentina establecida en Vigo desde hace diez años. Me preguntan en el pueblo por dónde seguir. Les indico un grupo de peregrinos que atraviesan una calle para que los sigan. Yo les digo que tomaré una cerveza y que seguramente, viendo el ritmo que llevan, los alcanzaré. Ella tiene una rodilla fastidiada. 
 


 

  La cerveza más famosa de estas tierras se llama Estrella de Galicia. Es difícil que una cerveza no me guste; más con sed y hambre. Pero esta me parece una de las mejores. Quizá tenga a su favor que se tome en su sitio. Pasa con el vino, el pescado o el mársico. Donde mejor saben es donde nacen.
  Efectivamente, después de unos siete u ocho kilómetros veo a Gustavo y su mujer. Él trabaja de conductor de camión en Vigo. Tienen un hijo de quince años al que parecen estar muy unidos. Charlamos mucho. Me encanta el acento de los argentinos. No están contentos con la situación de su país. Aquí están felices. Vemos un cartel donde dice que dan comidas a buen precio. Hay que desviarse un poco del camino así que nos asomamos y vemos la carretera llena de camiones parados. Debe estar bien. Detrás de la barra una parrilla gigante asa carne, costillas y muchas cosas más. Les propongo comer un menú pero se ve que no tienen mucho dinero y prefieren pedir un bocadillo. Pedimos Gustavo y yo uno de jamón braseado con queso y ella uno de embutido. Yo, para beber, una cerveza, ellos coca cola. Nos sentamos fuera en una mesa metálica mientras unos cuantos camioneros descansan de sus quehaceres. Les invito a unos cafés que me agradecen efusivamente.
  Después de comer emprendemos la marcha. Seguimos charlando amigablemente. Hablamos de la familia, de los hijos, de cómo está la vida, del precio de vivir en España en un lugar o en otro. Al poco ella está cansada. Saben que me están retrasando. Ellos han señalado más de una vez que me han visto caminar a un ritmo alto. Luego, cuando nos intercambiamos los teléfonos móviles, me enviaron una foto en la que por casualidad salía yo. Los dejé descansando en el borde del camino. A esas horas no te cruzas con nadie. Todos los caminantes han llegado ya a su destino y están descansando. Hace calor; más que ninguna vez a lo largo del viaje. Llego a una pequeña población llamada San Miguel. Tiene varios pequeño cementerios. En una rotondita hay un caño del que sale un agua fresca deliciosa. Meto la cabeza y bebo agua con la boca y la nariz. Qué placer tan grande es beber agua cuando se tiene mucha sed. Poco a poco me voy aproximando a Padrón. Cruzo las vías del tren y llego a una gasolinera. Saco el teléfono para localizar mi hotel. Veo que a pesar de estar casi dentro de Padrón el sistema me indica que aún me queda casi una hora para llegar. Ya llevo demasiadas horas. Estoy algo deshidratado. En la gasolinera compro una botella de agua fría y emprendo el camino. Hay que atravesar todo el pueblo y subir por la carretera cuesta arriba un par de kms más. 
 


 


  Doy algunas vueltas por el pueblo y veo la escultura de Camilo José Cela. El escultor ha clavado el gesto serio y huraño del escritor de Iria Flavia. No veo sin embargo que el conjunto tenga más interés. O quizá es que estoy tan cansado que solo pienso en llegar al hotel, ducharme y descansar un par de horas largas y prepararme para cenar. Salgo del pueblo y enfilo la carretera hacia arriba. A lo lejos veo la mole del hotel. Es grande, con muchas habitaciones. Las inmediaciones están llenas de furgones de la policía nacional. Están allí por lo de las manifestaciones de los ganaderos. Protestan, con razón, por el precio de la leche. Siempre recuerdo que hace un porrón de años mi madre decía: “qué barbaridad, un día va a costar más un litro de gasolina que uno de leche”. Ya vemos que la cosa se ha duplicado. 
 


  La cena, por diez euros, es sencillamente espectacular. Había quedado en verme con el matrimonio argentino pero la idea de bajar dos kms para subirlos después no lo concebía. Les envié un mensaje y me disculpé. La cena del hotel consistió en una ensalada enorme, un platazo de costillas con patatas fritas, una milhojas deliciosa –yo quise pedir una tarta de orujo pero la amable camarera me aconsejó éste- y un chupito de licor de hierbas. Salí luego a la agradable noche húmeda. Antes quise saludar a una chica de gafas con la que había coincidido un par de veces al principio de la etapa. Estaba cenando con sus padres y el que parecía su hermano. Ella miró a su madre, su madre a su padre y así todos intercambiando miradas como en una película de Tarantino apuntando con los revólveres. Estaba claro que me había equivocado. Me disculpé aún más violento. En ningún momento nadie esbozó una sonrisa aun siendo de compasión. 




  

  A veinte metros había una casa de luces de colores con un cartel luminoso donde una muchacha, tumbada, bebía un coctel. Pensé ir y tomar un gintónic pero era tanto el cansancio que decidí tomarlo en la cafetería del hotel, así que después de tomar unas notas y leer un poco me fui a la cama a las once de la noche. Qué bien se duerme cuando uno está agotado.

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