martes, 24 de noviembre de 2015

FELIZ CASUALIDAD. 24NOV2015.



 

  Otra vez me ha sobresaltado, y a la vez me ha hecho feliz,  encontrarme con una agradable casualidad. Esta mañana, mientras desayunaba mis tostadas y mi café con leche calentito, me he zampado en la tableta un artículo de lo más jugoso. Está escrito por David Araújo, habitual en Jot Down, y titulado “Alegato a favor de la explayación”.  Aquí os dejo el enlace porque estoy seguro que a todos y a todas gustará. Como ya indica el título trata sobre la manía moderna de hacer todo lo más conciso y breve posible: Las noticias, las entrevistas en televisión, que la gente no te cuente su vida y menos que te cuente el libro que está leyendo o la película que acaba de ver o las vacaciones de su último verano. Y para eso nos ilustra con ejemplos de los clásicos de antes y de ahora, etc.   


  La casualidad: En el artículo se nombra a Machado y se entresaca una frase de éste (sin yo saberlo) de un libro suyo que no menciona. Ésta es la frase del artículo: “Claro que resulta ridícula, en casi todos los contextos imaginables, la construcción”, y ésta la del libro: «los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa» para referirse a lo que pasa en la calle”.  Esta tarde, después de una comida de trabajo me he pasado por la librería porque no quería dejar pasar más días sin obtener el último libro de memorias de Oliver Sacks. Entonces he visto que tenían (llevaba tiempo apuntado en mi agenda) el libro de Machado “Juan de Mairena”. Lo he comprado y en el segundo párrafo aparece:

 -Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno transcribe lo que se le dicta.
–Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.
Mairena: -No está mal.
 
  El otro día Juan Carlos Ortega calculaba, en el programa de RNE de hace algún domingo, cuánto mediría de largo una estantería de tres metros de alto y con las baldas a tal o cual separación, con todos los libros que se han editado a lo largo de toda la historia. Creo recordar que daría para dar la vuelta a la provincia de Aragón o algo así. Es decir: mucho. Pues bien ¿No es casualidad que se lea en un mismo día, en dos sitios tan distintos, la frase de un libro?  El libro de Machado me proporcionará, estoy seguro por las catas que he hecho, grandes momentos de placer, al igual que el de Sacks. Y ahora ya en letra pequeñísima, confieso: Ha caído también el de Milena Busquets Tusquets, “También esto pasará”.
  Y siento el alargamiento pero con el título y la idea, pegaba.
 

domingo, 22 de noviembre de 2015

EL HOMBRE QUE SE ENAMORÓ DE LA LUNA. TOM SPANBAUER.





  No me ha gustado este libro. Una novela escrita para un lector al que el autor considera un niño o un indio apache, exagerado, de mal gusto, y con un estilo que nunca me ha acabado de engatusar. En las buenas críticas que leí sobre él se decía que era un libro sobre las historias y las narraciones, sobre el hecho de contar vidas ajenas, pero no le he cogido el tono a este autor: descartado.
  La novela se asemeja a una del oeste pero siempre extraña y desorbitada. Una frase: “Ciertas cosas es mejor no mencionarlas”, sin embargo él lo hace, no ahorra descripciones por mal que parezca insertarlas. Véase por comparación la frase de Clarín en “Zurita” la novelilla inmensa que leo ahora: “-Y tanto como veo- respondió el filósofo, mientras se ponía los calcetines, de los que no haré descripción ninguna...”. Ahí está todo lo que debemos saber sobre los calcetines del filósofo.
  Sí, de acuerdo, el narrador ha sufrido mucho, tiene una infancia desestructurada, su madre era una puta y su padre no se sabe bien quién fue, lo viola un hombre y parece que no termina de desagradarle, se tira a todas las mujeres que desfilan por las páginas, muy bien, pero ¿es necesario remover las tripas del lector?
  Decía la crítica que era novela de iniciación. No lo sabré porque no pienso hincarle el diente a nada que haya escrito este hombre… aunque… ¿Quién sabe?

miércoles, 18 de noviembre de 2015

PAUL PRESTON. EL HOLOCAUSTO ESPAÑOL.




 Cuando me toca leer un libro gordo, como es el caso, me llevo un bolso y lo llevo ahí junto a los demás utensilios: llaves, cartera, cargador, móvil, linternita, pañuelos de papel, caramelos, lápiz, bolígrafo, libretita…, (siempre he entendido a las mujeres con esto del bolso) y lo que sea, siempre que vaya mi libro. ¿Qué haría si me tocara esperar en la carnicería? ¿Ver cómo descuartizan las chuletas? No, me parecería estar perdiendo el tiempo.
  El “Holocausto español” es un libro duro, cruel, doloroso de leer. Cómo llegamos a convertir a nuestro país en un conjunto de manadas hambrientas de sangre de uno y otro color es algo que cuesta entender. El libro es una colección de hechos, de horrores, con nombres y apellidos, de deslealtades, de envidias, de injusticias, de sinsentidos… Uno se entera de historias que no se explica cómo no han sido llevadas al cine o al papel. Por ejemplo, uno de los primeros oficiales en morir: Virgilio Leret. Era ingeniero aeronáutico, piloto, de treinta y cuatro años, destacado en la base de hidroaviones de Melilla, por lo que se aprecia en la foto, apuesto. Detenido por haberse enfrentado a los rebeldes. Su mujer, Carlota O´neill, feminista de izquierdas, dramaturga y editora, fue detenida y separada de sus hijas. Fue acusada entre otras cosas de hablar en ¡¡ruso!! De ser subversiva y de ser responsable de los actos de su marido. La locura colectiva es posible. Sólo hay que aflojar la “tiranía” de la ley para que los demonios que llevamos dentro, las intrínsecas maldades, salgan de paseo.
"En la taiga hay que prever siempre la posibilidad de encontrarse frente a frente con una fiera. Pero nada es tan desagradable como tropezarse con un ser humano. La bestia, por lo general, huye a la vista de un hombre y no lo ataca más que si es perseguida. En ese caso, cazador y animal saben lo que tienen que hacer. Un ser humano es completamente distinto". Dersu Uzala, Arseniev.

  He sabido estos días de otro personaje de película guerra civilista leyendo el libro de Preston. Se trata de García Atadel. Era uno de los hombres al “servicio” de la República dedicado a buscar y encontrar, en las terroríficas noches de Madrid, quintacolumnistas y todo aquel que oliera a derechista. Pero en cuanto vio que se acercaban los de Franco quiso huir con tres maletas llenas de dinero y joyas robadas a sus víctimas. Partieron hacia Alicante con pasaportes falsos cubanos pretendiendo llegar a La Habana. Unas gestiones de Luis Buñuel y Luis Quintanilla (aquel del que hablé de los cuadros olvidados en Nueva York) hicieron que fuera detenido en Las Palmas. Posteriormente fue llevado a Sevilla donde lo ejecutaron a garrote vil en julio del 37.

  No hace falta irse muy lejos para saber de horrores. Otro de los casos sangrantes de la guerra nuestra: En febrero de 1937, Leopoldo Alas Argüelles, hijo del autor de La Regenta, rector de la universidad de Oviedo y ex subsecretario de Educación en las Cortes Constituyentes fue fusilado en Oviedo; al parecer no por sus políticas moderadas, sino por satisfacer el “deseo de venganza de la burguesía local  contra la figura de su padre”. Que en la novela había dejado en lugar incómodo tanto a la burguesía como a la iglesia.
  Otro caso fue el del gallego Pascual López, huido a los montes para escapar del avance de los nacionales y unido a la guerrilla. Su mujer lo esperaba junto a seis de sus hijos en la localidad coruñesa de Sobrado de los Monjes. Un hombre que llegó al pueblo les hizo saber que su marido estaba en un campo de concentración próximo a Oviedo. La madre envió a su hijo Pascualín, de ¡13 años! ¡a pié! en su busca. Semanas después llegó a Oviedo. Le costó otra semana encontrar a su padre. Por el día robaba comida y por la noche atravesaba las alambradas para dormir junto a su padre al raso. Un grupo de falangistas se los llevaron en penosa marcha a Gijón para ejecutarlos. Los viejos, débiles o heridos, eran masacrados. Padre e hijo llegaron hasta Musel. Al padre lo fusilaron pero solo lo dejaron herido de bala en una pierna (para que tardaran más en desangrarse) y su hijo lo ayudó sacándole el proyectil con un cuchillo y escapando de allí. Cuando se recuperó, Pascual envió a su hijo de vuelta a casa y él se unió de nuevo a la guerrilla. Murió poco después. De película.
  Al estilo un poco de Brenan, Preston también recrea qué de hueco y absurdo era el mundo de antes de la guerra. Frase de un sacerdote: “Las escuelas normales sin la enseñanza religiosa no forjarán hombres, sino salvajes”. “¡Comed República!”, sequía, hambrunas, manipulaciones descaradas de la realidad para fomentar el odio entre los españoles, como si fuera necesario, un mundo dominado por “Los Santos inocentes” donde las clases sociales eran estancas como una losa de mármol, la libertad mal entendida en la sociedad de la República, “la magnitud de la violencia contra el clero, la quema de iglesias, el asesinato de sacerdotes..:”, en fin un galimatías de odio y horror donde la vida valía nada y donde las cunetas y las tapias de los cementerios se llenaron de sangre a presión.
  Para resumir nada mejor que el caso que se cuenta en el epílogo del libro, el caso de Gonzalo Aguilera, un terrateniente salmantino que se jactaba de haber asesinado a varios de sus trabajadores nada más empezar la guerra. Era asiduo a una tertulia de médicos siendo de conversación inteligente pero tan irascible que poco a poco se fue quedando solo. Su mujer vivía aterrada por sus arrebatos y solicitó a sus dos hijos, que ya vivían por su cuenta, que fuera a estar con ella. Así lo hicieron pero la tarde del 28 de agosto del 64 los mató a los dos de un disparo. Cuando lo detuvieron iba hablando tranquilamente con los agentes. Murió ocho mese más tarde en un hospital psiquiátrico, enloquecido por lo que había hecho y por no poder soportar lo terribles remordimientos.

lunes, 2 de noviembre de 2015

UN PASEO POR EL BOSQUE. BILL BRYSON.




   Como hago de vez en cuando, hace unos meses fui a dar un paseo por Madrid por el simple placer de pasear y tomar un buen café con porras en las cafeterías donde suelen poner esas delicias y donde uno puede estar un buen rato saboreando el intenso olor a chocolate, leer lo que tenga uno más a mano y observar el deambular de la gente en sus quehaceres diarios. Y como siempre, al final acabé en algunas de las cada vez más escasas librerías bien surtidas que hay por la zona. Y una que me gusta cada vez más (quizá porque últimamente he encontrado las cosas que buscaba) es La Central. En el expositor que tienen en la planta baja, justo en la confluencia de la cafetería, suelen instalar libros con una determinada temática. En aquella ocasión era sobre la acción de caminar. Me los hubiera comprado todos dada mi afición, cada vez más intensa, de echar un pie después del otro. Pero como había tantos y tan atractivos solo elegí uno: Un paseo por el bosque, del siempre ameno y didáctico Bill Bryson. Yo creo que en este libro está el compendio de todo lo que un senderista desea encontrar: complicidad, humor, técnica (incluso se puede repasar la lista del material que hemos de llevar en el viaje; en éste caso una lista demencial de trastos por el volumen, la cantidad y el precio), sufrimiento, descripción de paisajes, cansancio, peligros, contacto humano, mapas, orientación, etc.
  El libro narra con el gracejo típico del escritor el viaje que realizó en 1998 por los Apalaches. 3500 km de longitud por bosques grandiosos llenos de árboles gigantes y osos peligrosos. Comienza en Maine y llega hasta Georgia, o al revés, porque aquí no hay una meta concertada como en el Camino de Santiago, por ejemplo. De hecho el mismo autor confiesa que para él no es importante realizar el sendero en su totalidad sino vivir una experiencia en él.
  Lo primero que sabemos de Bryson en esta aventura es que es un torpe y además está en una forma física deplorable. Para ello se hace acompañar de un antiguo amigo aún más desastroso que él con lo que en un principio solo cabe esperar que llegue la tragedia. Pero el humor y el carácter siempre son buenos compañeros a la hora de afrontar cualquier actividad, cualquier desafío.
  Y como siempre en sus libros, aparte de contarnos su vida, siempre interesantísima, nos habla de la historia, de la historia del territorio por donde discurren. Historias de asaltos de osos, historias de antiguos viajeros, de pioneros, de vidas. Y de datos: “Sólo un dos por ciento del territorio estadounidense se considera completamente habitado”. Reflexiones certeras ante el hecho de caminar, de recorrer un camino en la naturaleza durante varias jornadas, la mayoría de las veces en soledad: “La vida, además, pasa a ser mucho más sencilla. El tiempo deja de tener significado. Cuando oscurece te acuestas, y cuando sale el sol te levantas, y el tiempo entremedias es eso, el tiempo entremedias. En realidad es algo maravilloso”.
  El libro tiene 366 páginas pero se hacen tan amenas como un buen artículo de Jot Down Smart, al que por cierto me he hecho adicto en su versión matrimonial con El País.