jueves, 23 de julio de 2015

NOLI ME TANGERE. JOSÉ RIZAL.





  Desde que leí el libro “Yo te diré, La verdadera historia de los últimos de Filipinas”, de Manu Leguineche, quise leer este libro del héroe de la Independencia, José Rizal. Lo nombra en infinidad de ocasiones. A uno, de alguna manera, le da vergüenza ser heredero de aquellos que tan torpemente llevaron el asunto de las colonias en general, y el asunto de la persecución, del juicio y ejecución de Rizal en particular.
  Rizal era una mezcla de chino, español y malayo. Era hijo de una acaudalada familia de campesinos. Desde pequeño  destacó por ser muy bueno en los estudios. Cursó estudios de medicina y filosofía y letras en Madrid y en diferentes ciudades europeas. Siempre sacó extraordinarias notas. Se especializó, quizá para ayudar a su madre que se quedaba ciega, en oftalmología. Llevó un diario desde su juventud; hoy difícil de encontrar.
  En este libro se habla de los distintos grupos de personas que poblaban aquella sociedad de finales del siglo XIX. El privilegio vergonzante de los curas, el poder absoluto de las autoridades de origen español, la arbitrariedad en los juicios, los desmanes sin reparación…
 “Rizal fue reclamado desde Manila para responder de la rebelión tagala, en la que no quiso participar y a la que se refirió duramente como absurda…” del prólogo de Pedro Ortiz Armengol. Pero había escrito ya nuestro doctor durísimos y certeros artículos de lo que era la situación insostenible de su patria. “Faltaron mesura, inteligencia y otras virtudes…”; y es que, siempre pasa lo mismo. Rizal nunca fue un guerrillero sanguinario. Sólo aspiraba a que su país tuviera representación parlamentaria para mejorar su situación: “En lo que a mí toca, he intentado hacer lo que nadie ha querido. Yo he querido responder a las calumnias que por tantos siglos han sido amontonadas sobre nosotros y nuestro país”. Dio igual.
  En la novela se cuentan las vicisitudes de Crisóstomo Ibarra que llega desde Europa investigando el asesinato de su padre. También se cuenta la historia de un amor imposible. Todo se va al traste cuando la Iglesia de allá ve con malos ojos la influencia perniciosa que pueda traer del extranjero; más cuando pretende crear una escuela en su pueblo: ¡una escuela! Para imbuir de cultura occidental a los niños de familias pobres y sumisas! No, todo se volvió en su contra. Hasta los padres de los niños.
  Hay persecuciones y un final abierto que continua en la segunda parte: Filibusteros, que, por lo que dicen, es menos fresca y entretenida.
  En cualquier caso: misión cumplida.

miércoles, 22 de julio de 2015

URDA, 26 AL 28 DE junio de 2015



 Me dispongo, nos disponemos, rondando los cuarenta grados, a emprender viaje a las tierras socarradas del ingenioso hidalgo Don Quijote. Comeremos quebrantos y unas tablas de quesos prometidas por el amable dueño de la casa donde vamos. Urda, Consuegra, Villafranca de los Caballeros…; visitaremos molinos, castillos y lagunas de patos. Y por las noches bailaremos y nos disfrazaremos con un puntito bueno de cervezas y de ginebras. ¿Por qué?  Hay muchos motivos. Hay tantos y tan buenos que uno siempre tiene la mosca detrás de la oreja pensando si no será todo esto el preludio de alguna tormenta. Bueno, mejor que se quede tan solo, si quiere, en un aguacero refrescante de verano. 



   26 de junio de 2015. Es un prodigio esto de los adelantos técnicos. Ahora con el teléfono, introduces el destino, eliges la ruta, es decir las posibles vías para ir, y te dice el tiempo exacto que se tardará en llegar. Así lo hago a las doce en punto de la mañana después de cargar una cantidad de equipaje desproporcionado. Los bultos de tres mujeres pasando un fin de semana fuera pueden ser tan voluminosos como el de una expedición al África oriental de los grandes exploradores. La idea era llegar a la una y media para el aperitivo porque, efectivamente, el teléfono marcaba esa hora para la llegada. Carretera de Toledo con poco tráfico, al llegar a las inmediaciones de la ciudad, cuyos edificios y monumentos se pueden contemplar bastante cercanos, nos desviamos hacia la C-42, la vía llamada de los viñedos. Una autopista poco transitada y agradable. Enseguida vemos a lo lejos el monte perfecto del castillo de Almonacid con las ruinas del aspecto de una muela cariada. Los kilómetros pasan rápido y enseguida vemos el desvío de Consuegra. Una carretera de Castilla, de doble sentido, solitaria, con apenas un coche antiguo de vez en cuando. Todo reverbera derretido por el calor. Lomas resecas con olivos y viñedos. Algunas figuras humanas trabajando en el campo. Tengo ganas de llegar y tomar la primera cerveza fresca. Ya están instalados los primeros y nos reciben con una lata de Mahou bien fresquita. Me dicen que Ángel, el dueño del complejo, está en la huerta cogiendo verduras. Me acerco y lo saludo. Es un hombre flaco, renegrido de haber estado mucho a la intemperie, de mirada limpia enmarcada en unas gafas ligeras. Se mueve despacio, sin prisas, y habla pausado, mirando a los ojos, sonriendo. Enseguida alrededor de él se crea un ambiente de tranquilidad y confianza. Podría pasar por un marroquí de los que acostumbran recoger verduras o hachís en las tierras ardientes del Rif. Pero no, él habla como uno de Toledo, con algunos “me se” pero con una gran sabiduría de la vida.
  No queda más remedio que estar un rato en la piscina antes de comer. El calor machaca tanto que es imposible pisar el suelo sin calzarse las chanclas.  
  Como nos había prometido, ha hecho un pote, un guiso de patatas con carne de cordero. La ha tenido, nos confiesa, toda la mañana al fuego, un fuego de leña. Mi padre no quería pero le da a probar y repite dos veces. El caldo ha absorbido la grasa de la carne y de las especies y, a pesar del calor, es muy agradable de comer. También nos pone unas cuantas ensaladas de tomate con mucho comino, con pimientos y calabacines cogidos de su huerta.
  Es imposible plantearse ninguna excursión por la tarde; el sol cae a plomo en las lomas resecas y polvorientas de los alrededores. Mi hermano y yo vamos en coche al pueblo que está a dos minutos para comprar bebidas y cosas para picar para la celebración del cumple de los peques que será el sábado noche. Hay algunas personas sentadas tomando algún refresco. ¿Qué se puede hacer en un pueblo como ese? Observo alguna ruta para caminar después de las comilonas que nos esperan. No se ve nada. Sembrados y caminos que conducen a explotaciones agrarias o a talleres de coches. Compramos las cosas y enseguida llegamos para zambullirnos en la piscina, que a esa hora está hirviendo con los juegos de los niños y las zambullidas de los mayores.
  La cena que nos ha preparado Ángel es a base de tortillas de verduras, croquetas caseras y ensaladas variadas. Están atentos a todo. Nos sirven Ángel, siempre sonriente, su mujer, su hija, amable y también risueña y su hijo, que al día siguiente se examinaba para profesor de FP de la rama de hostelería. Después de cenar, nos vamos a dar un paseo. Todavía hace un calor difícil de soportar. Subimos por una cuesta empinada hacia la iglesia del santísimo Cristo de la Cruz Vera, que según dicen hace muchos milagros. Viene gente de toda España, alardean. En la fachada hay dos piedras con un montón de nombres grabados de caídos por España, y al final un ¡presentes! Muy gráfico.
  Para la vuelta unas charletas en la noche incandescente sobre los temas que suelen hablarse en las noches estrelladas: De dónde venimos, a dónde vamos, el universo se expande o se encoje, la eternidad. Al poco nos vamos al cuarto a dormir.
  El plan para la mañana del sábado era ir a visitar las lagunas de Villafranca de los Caballeros. Son dos lagunas naturales, la grande y la chica, en las que la gente del lugar ha instalado chiringuitos y ha adecentado las orillas para que se asemejen lo más posible a una playa. Cuando llegamos, pasadas las doce de la mañana, hace un calor difícil de soportar. Nos sentamos enseguida en una mesa y pedimos unas cervezas. Entre los sudores algunos protestan: “se estaba mejor en la casa”. Así que sin pensarlo digo en voz alta: “Yo me baño ahora mismo. El que quiera que me siga”. Enseguida se vinieron casi todos. El agua, aunque algo caliente y turbia por el cieno y las plantas acuáticas, estaba muy agradable. Los niños se lo pasaban bien y yo, para hacer algo el ganso y en parte porque me habían contado que el barro es bueno para la piel, me embadurné desde la cabeza hasta la tripa provocando las risas de propios y extraños. La realidad cambia a poco que cambiemos las condiciones. Hasta mi madre, zambullida hasta los pelos, lo decía: “¡Qué diferencia!”. La comida de ese día fue de las menos conseguidas por parte de la casa. Quiso hacernos una especie de paella de verduras pero el arroz estaba pasado y el sabor era casi inexistente. Pero todo se compensa cuando ves que se han desvivido por hacer las cosas bien. El postre que comí, un pudin de café y los licores de hierbas compensaron lo demás. 


 


 Por la tarde, para hacer al menos ganas de comer, me fui con mi hermano a dar un paseo por el pueblo, hacia las alturas de la iglesia y más arriba, a las afueras. Tierra seca y polvorienta. Pasamos cerca de una explotación ganadera con todo tipo de animales: caballos, burros, gallinas y muchos perros. Uno de ellos se vino hacia nosotros dispuesto al ataque; menos mal que estaba atado. Luego, llegamos acalorados y nos metimos en la piscina para comenzar a preparar la fiesta. En la cena, Ángel nos tenía preparadas un montón de sorpresas: una cata de quesos. Primero nos servía un plato y nos lo iba pasando. Preguntaba de qué tipo de leche estaba hecho. Nos contó que había sido quesero muchos años y que tenía cedido el negocio a otra familia. Sacó pistos riquísimos; tortillas y unas costillas deliciosas. Una cena digna de una madre abnegada.
  En la fiesta de cumpleaños fallaron las tartas y tuvieron que soplar las velas encima de una de pudin. O. y D. se disfrazaron de bebés con pañales y C. de madre primeriza. Bailamos y bebimos y los niños se fueron quedando dormidos y se fueron a dormir y a las dos de la mañana, contentos de haber estado juntos y felices nos fuimos cada uno a su habitación. Aire acondicionado a tope.
  Para la mañana del domingo no había nada preparado: bastante con aguantar el calor. Los niños aprovecharon para montar un rato en los ponis. Y yo me fui solo a dar un largo paseo. Como no veía la posibilidad de meterme en caminos laterales (todo eran sembrados) me fui por la carretera a la salida del pueblo. Ya hacía un calor importante. Apenas había nadie. Algunos ciclistas se cruzaban conmigo y me miraban extrañados. Igualmente una pareja de la Guardia Civil que al pasar a mi lado redujeron la velocidad y me hizo gestos como de estar algo tocado de la cabeza. El asfalto hacía despegar el aire ardiente. La carretera era una recta interminable. Al fondo unos árboles solitarios que tardaban en acercarse, como si de alguna manera fueran también caminando. Llevaba música de Haendel en los cascos y parecía estar viviendo una escena surrealista. Cuando el cronómetro marcó treinta y cinco minutos, di la vuelta. Solo muy de vez en cuando pasaba algún coche. Cuando volví al pueblo las calles seguían estando vacías. Imaginaba lo que tendría que ser vivir en un sitio así. Yo prefiero el lugar donde vivo: extrarradio de la gran ciudad pero a tiro de piedra del centro donde poder ver a la gente, las tiendas, las librerías y los restaurantes.
  Nada más llegar me metí en la piscina para bajar la temperatura del cuerpo. Todos esperaban ya que se aproximara la hora de comer, de la última comida. Habíamos llevado unos humildes regalos para repartirlos en un juego que ya es toda una tradición en la familia: cuanto más camuflados estén en el envoltorio, mejor. Puede ser un rollo de papel higiénico, un mechero, una toalla, un cuaderno, etc. El juego exactamente es así: ase colocan todos juntos debajo de una manta. Se mezclan y se va tirando un dado por turno. Al que le salga un cinco o un seis puede elegir y quedarse un regalo. Así poco a poco se va quedando vacío el centro de la mesa. Puede haber alguien con tres o cuatro regalos y gente sin nada. Hasta que llega un momento en que todos los regalos han desaparecido del centro. Entonces a partir de aquí se cronometran diez minutos en el que los que van sacando cincos o seises, van “robando” el regalo que les parece más atractivo. M. el peque de cuatro años, sufre cuando su primo le quita alguno conseguido. No termina de entender el juego, o lo entiende muy bien. Cuando se acaba el tiempo se van abriendo los envoltorios y se va descubriendo, con gran jolgorio, la naturaleza y calidad de los obsequios. Todos más bien para tirar, pero, ¿y el valor de hacer un rato lleno de risas?

 


  Cuando recogimos todo nos fuimos a comer. El hijo de Ángel, estaba opositando para ser profesor de hostelería en un centro de Toledo. Ojalá tenga suerte y apruebe. Su padre nos dijo que él era el que aportaba la modernidad en la cocina de la casa. En los postres le pregunté a Ángel si se debía algo. Para ese motivo, como si le diera vergüenza, nos remitió a su hija. Yo le había enviado un correo con un archivo Excel en el que figurábamos todos. Me dio ese mismo archivo en papel, con los detalles de todas las cenas, comidas y desayunos. Con totales y subtotales por días y habitaciones. Una cosa que no podía estar más clara. Solo una cosa no me cuadraba: no había por ninguna parte anotadas las cervezas y los vinos tomados con generosidad en los aperitivos. Me dijo Ángel que corrían por cuenta de la casa, que quería que nos fuéramos con buen sabor de boca y que entendía que así lo recomendaríamos a conocidos y demás familia. Y no sabe cómo acertó. Tampoco nos quiso cobrar la habitación de D. Y T. que al final no fueron. El lunes no paré de hablar de la casa en todo el día.
  Nos despedimos con emoción y contento y nos dispusimos a emprender la vuelta.
  Salimos a las cuatro y media y llegamos a casa justo a las seis y media. Luego la última clase de baile. Pero esa ya es otra historia.

lunes, 6 de julio de 2015

EL RELOJ. CARLO LEVI.




    

 Este es el forro que he utilizado para proteger el libro durante el tiempo que ha durado la lectura: una bolsa de la feria del libro de Madrid de este año que me ha gustado especialmente. Se ve a una mujer muy sonriente, atravesada por la emoción de la lectura de un libro. 


   Tanto me gustó de Carlo Levi “Cristo se detuvo en Éboli”, la novela que leí de este escritor - aunque más que novela es una autobiografía de una época particular de su vida- que me compré este libro titulado El Reloj que he leído estos días. Está ambientado en Roma en los años cincuenta, cuando al autor le ofrecieron dirigir un periódico después de la guerra, Italia Libera. En uno de sus primeros capítulos el autor dialoga con un amigo sobre la percepción que tenemos del paso del tiempo según somos más jóvenes o más viejos.
“¡Qué largos, sin fin, eran los días de la infancia! Una hora era un universo, una época entera, que un simple juego llenaba, como diez dinastías”.
  “Aquel tiempo era en verdad larguísimo, detenido, lleno de cosas, de todas las cosas del mundo, y, en cierto modo, casi eterno, como el Paraíso Terrenal, que es a un tiempo un mito de la infancia y de la eternidad, pero después el tiempo se acorta, lentamente al principio, en los años de la juventud y después cada vez más aprisa, una vez pasado el cabo de los treinta años que cierra el vasto océano sin orillas de la edad madura. Las acciones se suceden unas a otras, los días huyen, uno tras otro, y no hay tiempo para mirarlos, numerarlos, verlos casi, cuando ya se han esfumado y han dejado en nuestras manos un puñado de cenizas. Quién nos ha expulsado del paraíso? ¿Qué pecado y qué ángel? ¿Quién nos ha obligado a correr así, sin descanso, como los ajetreados transeúntes de una acera de Manhattan? ¿O tal vez es el propio tiempo objetivo, que, siguiendo una curva matemática propia, se acorta progresivamente, hasta reducirse a nada, en el día de la muerte?”.
  El libro continúa en una serie de capítulos dedicados a los diferentes personajes que va encontrando en la redacción. Periodistas de izquierdas y de derechas, pero todos iguales de precarios en aquellos años de postguerra. Mujeres abandonadas a su suerte en viviendas más que precarias y rodeadas de ratas. Hay unas descripciones de estos roedores, aprovechando una visita, se supone que de inspección, en las que se pueden ver a las ratas deambular a cientos entre la porquería y los deshechos, niños en cueros y mujeres jóvenes envejecidas por la pobreza.
  En un momento del libro al narrador le envían un telegrama anunciándole la grave enfermedad de un tío suyo: Luca, un psiquiatra y naturalista que vive en Nápoles. Muy divertidas sus peripecias de este viaje en un coche tartana en el que viaja con otros pasajeros, y en el que son objeto de ataques de bandoleros, varios pinchazos y demás desventuras. Cuando pudo llegar, el tío ya había muerto. Y entonces cuenta uno de los recuerdos, una de las anécdotas más encantadoras del libro: Recuerda que cuando era un niño de cinco o seis años su madre solía llevarlo a menudo a casa de este tío suyo. Lo dejaban en un gran salón solo y con la advertencia de que no tocara nada. Se aburría mortalmente. Un día, una sirvienta, de parte de su tío, le dejó una caja de lápices de colores. Fue algo mágico para él. Empezó a pintar en un papel en blanco y le maravilló poder plasmar líneas de colores entrelazándose unas con otras. Tanto empeño puso que rompió un lápiz por la mitad. Le entró un terror tan grande, pensando que eran unos lápices prestados, que comenzó a sollozar: así lo encontró el tío. Cuando Levi se lo dijo, éste, lejos de enfadarse, le acarició el pelo y le dijo que podía quedarse con todas las pinturas. Ese día conoció el arte –llegó a ser también un reputado pintor- y la bondad.
  Lástima que no haya más libros suyos traducidos al español, que yo sepa.

jueves, 2 de julio de 2015

Una mañana en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. 02/07/2015




  Después de varios intentos de ver esta magnífica colección, por fin he podido darme un atracón de varias horas, zambullido en verdaderas maravillas. Algunas veces por ser lunes y otras por estar en obras de remodelación, nunca había podido entrar.
  En el edificio hay obras inmortales de los más grandes, claro, Goya entre ellos, pero lo que más me gusta es descubrir a nuevos talentos por mí desconocidos, y como tampoco soy un experto, pues eso me sucede a menudo. Hoy han sido dos los que me han llamado poderosamente la atención: Eduardo Chicharro, cuyas “Tentaciones de Buda” deja a uno con la mandíbula desencajada. Es un cuadro enorme en el que se ve a un jovencito Buda en postura reconcentrada y rodeado de un montón de mujeres desnudas con unos cuerpos y estilos que bien podrían haber salido de una fiebre del sábado noche de Nueva York o de Marrakech de este último fin de semana, y que fue terminado en 1921 después de cinco años de arduo trabajo. Y el otro es Fernando Labrada. 



  Un pintor malagueño que tuvo como maestro a Degrain y que debido a su talento fue becado a Italia. Allí se enamoró de los renacentistas y, si no los superó en la técnica, desde luego se acercó mucho. Hay un retrato de la que hacía a menudo de modelo tan bueno, que un matrimonio mayor y yo –apenas había público- nos hemos quedado embobados un buen rato apreciando la transparencia del pendiente, la definición perfecta de los ojos, el semblante clásico de la pose… era ¡tan real! que incluso les he comentado que es más definitivo y pulcro que una fotografía de gran calidad.  
  Uno sale un poco mareado por ese mal descrito por el escritor francés ante tanta belleza, pero a la vez sale feliz; seguramente mejorado.