domingo, 18 de enero de 2015

LOS RINCONES DEL PRINCIPIO

   Hoy hemos ido a vaciar el piso de un familiar anciano al que, hace unas semanas, hemos tenido que ingresar en una residencia por no poder valerse por sí mismo. La casa está en el barrio donde pasé mi infancia y juventud. Hay mantas y muebles viejos, feos; ventanas sucias; suelos y paredes de otra época; sueños ya para siempre transitados. Lo vamos a alquilar. Ahora vendrá a ocuparlo otra familia con otra vida por  delante, con esperanzas renovadas, viajando a un futuro en la que vendrá otra familia a reemplazar a ésta. En el barrio, de gente trabajadora y, claro, en el paro, se ven sobre todo ya gente mayor e inmigrantes atraídos por los precios más bajos. Ahora huele a cerrado y a cañerías, al sedimento de capas de polvo mal limpiado.




Me he asomado a la ventana y he visto el campo de futbol en el que jugaba de pequeño, en el que una vez supimos que había un ojeador para llevarse a los mejores a un equipo más importante. Quisimos exhibirnos pero había demasiadas piernas y gritos y se perdía rápido la pelota. No me eligieron y así quizá me salvaron, pero todos queríamos en aquellos días ser futbolistas. Ahora los veo y me llegan los chillidos de los críos como si fueran gaviotas de las playas de la infancia. Oigo a los padres desgañitados dar instrucciones a sus hijos sobre cómo desenvolverse en el campo. Veo los sitios donde ocurrieron los hechos más decisivos que tuve que vivir de niño: la vez que se rompió un diente en una caída, los billares donde hizo por primera vez novillos y que ahora es una entidad bancaria, el primer cigarrillo a escondidas, la primera vez que besó a una chica en los labios, las primeras decepciones, la primera borrachera.





  En el descansillo están las puertas muy juntas y uno puede intuir a los demás espiando dentro de sus pisos, preguntándose quiénes vendrán a vivir como vecinos. Mientras bajamos por el ascensor cajas de cosas inservibles para tirarlas a la basura una niña baja a pasear a su perro. Quizá sea la hija o la nieta de algún amigo mío del colegio, quién sabe. Había un escritor clásico que decía que no es verdad que sea la vida tan corta como dice la gente, no lo sé pero lo que sí es verdad es que el tiempo ocurre más deprisa según avanzamos por los últimos tramos. Y uno se da cuenta sobre todo a través de la vida de sus propios hijos. Ahora mismo se acaban de ir las dos juntas a comprar y van conduciendo mi coche. Y, cómo olvidarlo, puedo verme a mí mismo conduciendo por estas mismas carreteras con la satisfacción más intensa que un muchacho pueda sentir.

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