miércoles, 14 de enero de 2015

EL PRECIO DEL PARAÍSO. MANU LEGUINECHE.


  El Precio del Paraíso (Descatalogado. Lo encontré a tres euros hace poco en la Cuesta de Moyano). Al estilo de los grandes reportajes periodísticos de antaño este libro trata de un maño enrolado y derrotado de la columna de Durruti durante la Guerra Civil. Sufriente de los vergonzosos campos de retención de las playas de Francia; detenido posteriormente por los nazis y enviado por éstos a un campo de concentración durante cinco años, y liberado, finalmente, por los norteamericanos. Leguineche, uno de los mejores periodistas que ha dado este país, leyó un reportaje de él en una revista y decidió buscarlo para escribir el libro. Manuel García Barón, que es como se llamaba el aragonés, desengañado de todo, de Europa, de España y hasta del género humano, decidió rehacer su vida en el lugar más apartado posible. Eligió, después de muchas dificultades, la selva boliviana en un afluente del Amazonas, a varios días del poblado más cercano. Se casó, tuvo cinco hijos con una india y estableció allí su república viviendo de la tierra, de la caza y del trueque. Y me ha pasado una cosa curiosa después de leer hace poco el fabuloso libro de Javier Cercas, El Impostor: no me creo casi nada de lo que cuenta García Barón a Leguineche. Por lo menos nada de su etapa en los campos. Me he creído a pies juntillas, en cambio, todo lo que cuenta Cercas en su libro. Así como lo que cuenta Primo Levi en su trilogía del holocausto y en muchos otros, pero... la reflexión es: para creerse una verdad hay que utilizar las herramientas de la ficción. Hay que saber seducir. Hay que saber sujetar bien las riendas de la pasión al contar. Si estuviera vivo y Cercas decidiera hacer un libro sobre él, y se descubriera a otro impostor, no me sorprendería en absoluto.
  Me ha parecido que García Barón utilizaba la técnica del abuelo cebolleta para entendernos, con exageraciones de la memoria. Pero claro, eso le puede pasar a cualquiera. El otro día tuvimos una comida familiar y salió a relucir un episodio de la infancia en la que estaba implicado mi hermano pequeño y yo. Resumen: alguien pegó a mi hermano, y yo, ejerciendo de hermano mayor, salí a la calle para defenderlo. Fui a pedirle cuentas al que ofendía y, según mi recuerdo, lo amonesté, reculó y quedé como el “ganador”. Así lo estaba yo contando cuando mi hermano ha intervenido muy seguro: “No, lo que pasó es que te equivocaste y te enfrentaste al Jesús equivocado; al pequeño y esmirriado  y no al grande y cabezón". Y después de unas risas no hemos llegado a un acuerdo en ponernos de acuerdo, quién decía la verdad; quién de los dos tenía más parte de razón que el otro. La memoria, qué se le va a hacer, es casi siempre traicionera.
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