miércoles, 23 de octubre de 2013

EL BELLO SUICIDIO DE EVELYN McHALE.




 
El otro día recibí un nuevo correo con diversas fotografías: normalmente son de mujeres desnudas imposibles, accidentes horribles, felaciones fantásticas, paisajes deslumbrantes, casas descomunales, yates inmensos, etc., pero en esta ocasión era una colección de fotografías históricas, icónicas. Normalmente, por falta de tiempo o de interés las paso muy rápido utilizando el botón de abajo a la izquierda. No hago caso ni a músicas ni a nada por muy pintoresco que sea. Voy a decenas de fotogramas por segundo.

  Sin embargo hubo una fotografía en la que se me quedó parado el ratón. Era una fotografía preciosa dentro de la tragedia que enseñaba; un hecho del que no tenía idea: el suicidio en 1947 de Evelyn McHale. Discutió con su novio, dejó una nota de despedida: “No quiero que nadie, familiar o no, vea ninguna parte de mí. ¿Se podría destruir mi cuerpo por incineración? Se lo ruego a mi familia y a todo el mundo. Y que no se celebre ningún acto ni ceremonia en mi memoria. Mi novio me pidió que nos casáramos en junio. No creo que pueda ser una buena esposa para nadie. Estará mejor sin mí. Decidle a mi padre que tengo demasiadas inclinaciones como las de mi madre”. De acuerdo con su última voluntad fue incinerada.

   Según el novio de Evelyn, un ex militar llamado Barry Rodhes, la noche anterior no mostró ningún síntoma de que estuviera agitada o depresiva, estaba feliz como pudiera estar una muchacha a punto de casarse. El día uno de mayo Evelyn se levantó a las siete de la mañana, tomó un tren, al llegar a Nueva York se dirigió a un hotel llamado Govenor Clinton donde redactó la nota de suicidio, luego compró una entrada para subir al mirador del rascacielos, dejó bien doblado el abrigo y saltó desde el piso ochenta y seis.

  Un trabajador del hotel vio un fular blanco descender suave desde las alturas y luego oyó un golpe tremendo. El cuerpo se estrelló sobre una limusina de color negro brillante, amoldándose el techo a su cuerpo formando un enmarque perfecto. Su mano izquierda, como si fuera en una pose elegante, acariciaba su collar mientras sus piernas permanecían cruzadas como si estuviera reposando después de una caminata. Nada, contemplando la fotografía, podía demostrar que tenía el cuerpo reventado.

  Robert C. Wiles, estudiante de fotografía estaba por allí y tomó varias instantáneas. La fotografía está tomada en una especie de perspectiva de Cristo daliniano, o hubiera podido servir perfectamente para un cuadro de Tamara de Lempicka o de Alfonso Ponce de León. 

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