sábado, 28 de septiembre de 2013

DIARIO DE MOJACAR 6




  Esta mañana, la primera de verdadero otoño, he salido a correr poco antes de comer. Hacía un poco de viento que hacía que se arrastraran las primeras hojas. Caían gotas de lluvia y en el aire flotaba un aroma delicioso a tierra mojada. Qué contraste con el calor de Mojacar. Uno de los últimos días decidimos ir a cenar todos al pueblo, situado en lo alto de una montaña. El autobús nos deja en mitad de una cuesta pero enseguida llegamos a un mirador desde el que se divisa una vista de pájaro. Hay mucha gente, turistas japoneses que nos observan curiosos tal como los observaríamos a ellos de estar nosotros allí. Después de las fotos nos dirigimos hacia la parte alta del pueblo. Tienen encanto las plazas y las calles. Me fijo en un extranjero de unos sesenta años sentado a la puerta de una taberna. Se toma una cerveza fresca y se fuma un cigarrillo mientras lee un libro de espías. Estoy de acuerdo con él en que así se puede llegar a ser feliz. Los niños empiezan a tener hambre y J. y yo vamos de avanzadilla a ver si encontramos un sitio decente. Cerca del lector hay un restaurante italiano. Pasamos dentro y llegamos a una gran terraza que cuelga de un acantilado como un gigante nido de águilas. Reservamos mesa y vamos a buscar al resto. Cuando nos sentamos descubrimos que no estamos solos. Hay unas cuantas mesas ocupadas por parejas o familias de adultos. Siento que se les ha acabado la tranquilidad. Nuestros niños no son capaces de estar sentados más de cinco minutos. A dos se les caen los refrescos al suelo. Pienso que necesito un viaje de adultos en los que estén prohibidos expresamente. No obstante las pizzas resultan deliciosas, las cervezas, unas alhambra de botella verde, frías y las camareras guapas y simpáticas. La temperatura exquisita y el cielo lleno de estrellas. ¿Qué más se puede pedir? Ya sé, los niños…, pero era imposible.

No hay comentarios: