martes, 17 de septiembre de 2013

DIARIO DE MOJACAR 5



  Cuando más me gusta la playa es al atardecer. La luz se vuelve más anaranjada y las fotos más resultonas. No molesta tanto el sol y va quedando cada vez más espacio. Jugamos un rato a las palas, leo algunos párrafos de mi libro mientras suenan las olillas removiendo las piedras. Cerca un grupo de amigos beben unas cervezas muy civilizadamente y sin embargo una patrulla de policías les dicen que deben guardarlo todo en la nevera y marcharse puesto que está prohibido. Viendo otros sitios algunas ordenanzas son difíciles de entender. Las niñas gritan que han avistado un pulpo. Me piden que vaya a ver si consigo atraparlo. Aún recuerdo cuando era un niño, en una playa también de Almería, cómo una prima mía de apenas seis años los agarraba con las manos y los mataba mordiéndoles los ojos. Tampoco parecía que le molestaran las piedras ardiendo en las plantas de sus piececillos. El pulpo está formando parte de un grupo de piedras del mismo tamaño y color. Llevo una red de los chinos, como un cazamariposas, porque no me atrevo tampoco a tocarlo. Después de varios intentos logro que el pulpo entre. Las niñas lanzan gritos de “!!lo tiene, lo tiene!!” que se escuchan en toda la playa. Pero al sacarlo a la superficie trepa y se lanza a su libertad, desapareciendo como en un truco de magia. Sólo quería que las niñas lo estudiaran un rato en la orilla y luego soltarlo.

  Luego fuimos a montarnos en una banana. Hablo con la mujer que lleva el negocio. Muy simpática y espabilada. Es una holandesa de unos sesenta años que habla un español con mucho acento pero lleno de encanto. Le digo que si no me podría hacer una rebaja al ser ocho personas. Diez euros cada por diez minutos de “viaje”. Me dice risueña que a ella nadie le rebaja el precio del litro de gasoil. Al final accedemos no sin antes echar cálculos: diez minutos ochenta euros, diez viajes ochocientos… ¿cuántos euros en un día? ¿no hay nadie de por aquí capaz de montar un negocio así? Nos ayuda a subir su sobrino, un joven que dice la tía pasa los meses de verano sacándose unos billetes y seduciendo a varias muchachas tanto nacionales como extranjeras. A pesar del precio no paramos de reírnos mientras caemos al agua con gran estrépito y mientras intentamos subir a bordo; tarea nada fácil. El cuerpo parece pesar el doble. Vamos a tres paradas. Todo está calculado al milímetro. La última sirve para terminar.
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