En muchas ocasiones Rojas echa mano de Petrarca. Es como si hubiera cogido de aquí y de allá para armar con férreas columnas una obra que se sigue editando y leyendo más de quinientos años después.
El planteamiento es sencillo: Calisto llega a unos jardines, ve a Melibea y cae rendido ante su hermosura. Ella pasa. Ahí entra en juego uno de sus criados, de Calisto y hace negocietes con Celestina, una ¡anciana! De cincuenta años. Debido a sus manejos la visión de Melibea va modificándose de manera que también cae hechizada por el amor. Y vienen los intereses, las envidias, las dádivas, y viene un crimen y de ahí más desgracias hasta el resultado final: la tragedia.
Aunque ya tenía una edición decidí comprar esta de quiosco en Cátedra. Bien prologada y comentada por Dorothy S. Severin. Ya sabemos aquello que repite a menudo Trapiello: una misma obra dice cosas distintas en ediciones distintas.
Frases escogidas que me han gustado: “Así que, aunque la mocedad sea alegre, el verdadero viejo no la desea, porque el que de razón y seso carece, casi otra cosa no ama sino lo que perdió”.
“…que la sangre nueva poco calor ha menester para hervir”.
Celestina: “La mayor gloria que al secreto oficio de la abeja se da, a la cual los discretos deben imitar, es que todas las cosas por ellas tocadas convierte en mejor de lo que son”.
“Dicen que ofrecer mucho al que poco pide es especie de negar”.
“Que los sabio dicen que vale más una migaja de pan con paz que toda la casa llena de viandas con rencilla”.
Descripción impagable de lo que es el enamorarse para la Celestina. Se lo explica a Melibea que no sabe bien qué es lo que le está pasando: “Es un hueco escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte”.
Pues eso. Qué suerte la mía que aún disfruto de los clásicos.
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