domingo, 23 de agosto de 2015

JOHN HERSEY. HIROSHIMA.




Muchos fueron los periodistas que utilizaron la frase: “A las ocho y quince minutos de la mañana del día seis de agosto de 1945 estalló sobre Hiroshima la bomba atómica” y no estuvieron allí, pero pocos como Hersey fueron sobre el terreno a contar historias humanas acerca de aquel ataque. En un instante murieron cerca de cien mil personas. Muchos quedaron heridos y mutilados, horriblemente desfigurados; quemados, ciegos, con dolores insoportables. Y este periodista norteamericano, que se encontraba por la zona cubriendo noticias para el New Yorker, quiso entrevistar a seres humanos y cómo cambiaron sus vidas. Fue editado en una revista en el año 46, ampliada sucesivamente en 1973 y 1985. Cuando murió, en 1993, en Key West (quizá me crucé con él por esas calles tan de estilo colonial en mi viaje que hice allá en el año 92), dijeron de este reportaje: “el más famoso artículo de revista jamás publicado”.
  El estilo del periodista no pierde el tiempo en sentimentalismos o en tremendismos. No se duele de los sufrientes: los observa y lo relata, asépticamente. Posee una de las características que más admiro en un escritor: la contención. Sólo así uno puede apreciar lo más horrible.
  Aparte de todo eso el libro tiene una teoría: la bomba no fue estrictamente necesaria. Japón estaba militarmente destrozado y ya se habían enviado cables negociando una rendición. Pero EEUU lanzaba la bomba sobre Japón para avisar a la Rusia. Mi teoría durante años es que Japón era un imperio duro de pelar. Los soldados eran los más disciplinados y estaban listos para morir por su patria. El desgaste de los aliados era ya tan tremendo que la opción de la bomba era un atajo tan atractivo que fue difícil de rechazar.
  En el artículo el autor eligió unos cuantos personajes, unas cuantas personas: un médico, una bibliotecaria, una niña, etc. Y les hace un seguimiento hasta el final de sus días. Sus sufrimientos, sus triunfos, sus avances en la enfermedad. Y pone de manifiesto una realidad terriblemente aumentada: la guerra moderna de entonces no solo aniquilaba a contemporáneos, también lo hacía con las generaciones venideras. Millones de japoneses sufrieron los efectos de la bomba años después.
  Magnífico el prólogo de Juan Gabriel Vásquez, y magnífica la traducción. Si alguien quiere enterarse de qué va este libro sin leerlo, cómo se gestó y la historia que vino después (pero como dice la publicidad, todo el mundo debería leerlo) le bastaría con leerlo. “El lector de Hiroshima es una especie de Marlowe contaminado; el libro es una de las tantas versiones de Kurtz, ese gran contaminador”. Como destaca acertadamente “El horror, el horror…”, es una palabra que aparece solo en dos ocasiones. “Sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas, y el fluidos de los ojos derretidos resbalando por las mejillas”.
  Importantísima esta lectura de este libro en el setenta aniversario de lo que nunca debió ocurrir.
  Mi madre cumplía aquel día 4 años.
 
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