martes, 26 de noviembre de 2013

lunes 25 de noviembre de 2013.






  Hoy tenía el día libre y lo he pasado en El Prado. Aparte de volver a visitar a los imprescindibles me interesaba ver una exposición sobre cuadernos de viaje y dibujos de aprendizaje de alumnos aventajados de la Academia de San Fernando de Madrid. Me interesaba porque hace años que siempre que viajo lo hago con un cuadernito de esos de publicidad que utilizan una goma para cerrarlos. Ahí anoto las cosas para que no se pierdan en la memoria, igual que esto. En 1758 se envió a un grupo de ocho estudiantes a Italia como parte de su formación. De entre todos el que más me ha gustado ha sido José del Castillo, de un dibujo casi perfecto. En los cuadernos, aparte del dibujo, también lo utilizaban para anotar observaciones, decorados de entre la infinidad de motivos que pueden encontrarse en Roma, edificios, etc. Más tarde se convirtió en un afamado artista de tapices y realizó los grabados para el Quijote. La exposición empieza con un dibujo majestuoso al agua fuerte de una panorámica de la ciudad de Roma de Giuseppe Vasi. Algo parecido ha hecho Antonio López con una panorámica de Madrid.

  Luego he estado en la temporal del pintor cántabro Rogelio de Egusquiza, admirador rendido de Wagner. Le hizo diferentes dibujos y desde que le conoció se entregó a la tarea de realizar motivos de las óperas del genio alemán. Donó gran parte de su obra al museo.

  Y luego perderme en el laberinto de la colección permanente. Casi sin mirar el plano, sin mirar el reloj, embotado de tanta belleza, cómodo (en Las Meninas había solo tres personas contemplándolo), dejándome sorprender por cosas en las que nunca había reparado. En el claustro de los Jerónimos, las esculturas magistrales de Leone Leoni y su hijo Pompeo. Apenas hay nadie; mis pasos resuenan con eco en la amplia estancia. Toda la vida trabajando juntos. Escultura en mármol y bronce. Y consulto la fecha de la muerte del padre: 1590, y la del hijo: 1608 e imagino el duelo. Y me sorprendo de ver en otra sala la espectacular escultura de Isabel II con velo, por Camillo Torreggiani. Un alarde técnico que hace que el que observa gire en torno a la figura esperando encontrar el truco. Y me paro un buen rato a ver a la hija del general Serrano de Eduardo Rosales. Un rostro de una joven hermoso y moderno.

  Y también me entretengo en uno de mis favoritos: Mariano Fortuny. Su jardín de la Casa de Fortuny. Su cuñado, Raimundo de Madrazo, uno de los geniales hermanos, lo terminó añadiéndole el perro y a su hermana Cecilia, la viuda.

  Y un compañero suyo de sala: Martín Rico cuya Torre de las Damas de la Alhambra me deja deslumbrado por un buen rato.

  Se han pasado varias horas sin darme cuenta. Tengo hambre. Me sellan el ticket de entrada y salgo a buscar algo de comer. Subo por el barrio de las letras a buen paso. Sé dónde ir: Plaza de Santa Ana, enfrente del Teatro Español. Tienen buenos menús y el cocinero es bueno. Mi mesa da justo a la plaza. Pasa la gente, algunos están sentados en una terraza al fondo, en un trozo de sol, cerca del teatro. Pido una ensalada campera más que correcta y un wok de ternera muy conseguido. Con el postre, equivocación: un yogur de maracuyá en forma de bomba calórica: riquísimo pero excesivo. Cuando salgo de nuevo el sol ya está dejando de calentar. Enfilo rápido hacia el museo de nuevo. Antes, en una fachada hay una salamandra gigante hecha con cds y le hago una foto. Subo directo a las plantas de arriba. Ver una vez más a Caravaggio, a Rembrandt, a Ribera, Poussin…

  Salgo de nuevo para dar un vistazo a la Cuesta de Moyano. Están todos los kioscos cerrados menos uno. Voy a ver. Lo de siempre, libros a un euro trillados y previsibles. En un hueco veo un libro por el que mostré interés cuando lo editaron en 2003, al poco de morir su autor: José Ortega Spottorno. Los Ortega. Me dice el librero cuando voy a pagarlo que hacía dos minutos que lo había puesto en la mesa.

  De camino a casa sigo leyendo el librito al que solo le hinco el diente estos días cuando voy por ahí en transporte público. Un tiempo para callar, de Leigh Fermor. Y subrayo una imagen que deslumbra por sí sola: “…mientras miraba colina abajo por entre las copas de los árboles podía ver los edificios de la abadía apiñados como una ciudad en el fondo de un tapiz”.
Publicar un comentario