viernes, 22 de noviembre de 2013

Jueves 21 de noviembre de 2013




 

Exposición y conferencia en la fundación Juan March.

   A veces, en realidad muchas, en la historia de la humanidad, una vida e incluso un hecho luctuoso pueden dar lugar al nacimiento de una realidad grandiosa. Gracias al apoyo, entre otros, de Juan March en la guerra del 36 fue posible el triunfo de los nacionales. Y gracias a aquello, entre otras cosas, tenemos en Madrid este milagro de la cultura: la fundación Juan March. Una exposición: surrealistas antes del surrealismo. Una conferencia coloquio, biografía intelectual de Félix de Azúa con Eduardo Arroyo.

   La exposición. Llego con tiempo suficiente para recrearme en la serie de dibujos, libros y carteles en torno al tema. Sección 1 es El ojo interior “El ojo existe en estado salvaje” André Bretón. El ojo ve también lo invisible, fruto de la embriaguez, el sueño o la alucinación. Y se ven ojos grandes, ojos que son globos aerostáticos, ojos que son como universos enteros. 2 son los espacios mágicos donde la obra cumbre es un dibujo de Piranesi. 3, es perspectivas cambiantes sobre las ilusiones ópticas: aquí he echado de menos algo de M.C. Escher. 4 es sobre figuras compuestas donde el máximo exponente es Arcimboldo. 5 sobre el ser humano construido, figuras humanas articuladas. 6 el desorden de las cosas, o el encuentro fortuito de objetos desparejos que permiten collage poéticos. 7 El capriccio o las estampas de Goya, un género sin reglas fijas. 8. La metamorfosis de la naturaleza, o nada es lo que parece. 9. Fantasmagorías y la representación de seres extraños o sobrenaturales. 10. Las sombras de las sombras o la muerte y la locura, gran fascinación de los surrealistas. 11. Sueños diurnos, pensamientos nocturnos. El sueño de la razón produce monstruos. Salgo de estas exposiciones, medio mareado y fascinado por el talento y la imaginación de tantos seres humanos.

   Me siento con cinco minutos de margen en la butaca a la espera que salgan los dos para hablarnos. La sala está llena, unas trescientas personas con una edad media que supera ampliamente el medio siglo. Hace la presentación Lucía Franco ¿Tendrá algo que ver o también forma parte de la paranoia? Y enseguida toma la palabra Arroyo. Tiene un papel escrito a mano con las preguntas. Hace la primera y Azúa resume en unos minutos su vida: vienen de un valle de Vitoria pero su familia viajó a América en una de las primeras expediciones de Colón. En el siglo XVIII volvieron y se establecieron y diferentes sitios de España, luego recalaron en Barcelona que es donde nació. En realidad su respuesta refleja que nuestras vidas no tienen importancia. Nunca hemos tenido una conciencia de finitud como ahora. No les pasa lo mismo, como estado, a los musulmanes. Pertenece, cuenta, al movimiento del sesenta y ocho, paladín de lo rebelde y contrario a todo lo establecido pero ya en la más que madurez ha formado una familia y tiene una niña pequeña con la que está feliz. Ahora dice que el traje de burgués le sienta estupendamente.

   Le pregunta Arroyo sobre un artículo de los años ochenta titulado El Titánic sobre la deriva de Cataluña y de Barcelona en particular. Él sabía, al igual que Andrómaca, ver el futuro de lo que estaba por venir. Y por lo que se ve no se equivocaba. Lo admirable es que los palos se los llevó de, aparte de los previsibles, los nacionalistas, también de la izquierda.

   En la siguiente pregunta sobre el arte Azúa aboga por la belleza como resplandor de la verdad. Desde el romanticismo, sin embargo, el arte se ocupa solo de lo interesante. El arte actual, de las actualidades, exclusivamente.

   Sobre la ética y la estética responde que no se puede utilizar la ética en la obra; sólo en el artista. Y pone el ejemplo de la India: uno puede ver tres cadáveres y tres a punto de ello y ver pasar una vaca cerca. No harán nada por comérsela. Decía un personaje de Balzac que el porvenir estaba de todas formas, fuese cual fuese el camino, vía al hospital.

   Cuando le pregunta sobre sus libros no responde de manera directa. No somos las mismas personas ahora que cuando se escribieron. No le gusta mirar atrás. ¿Qué tiene que ver su familia de cuando él tenía siete años a ahora mismo? Se consideraba un imbécil, y lo corrobora con el título de su primera novela “Historia de un idiota contada por él mismo”.

   Pregunta Arroyo: ¿Qué es un artista? Y contesta con un libro que leyó sobre el Holocausto (es un gran lector de libros sobre el tema pero no recuerda el título). En el libro se cuenta que en un vagón donde llevaban a los presos peor que al ganado, hacinados, muertos de frío, hambrientos…, varios hombres eligieron a uno para que, alzándolo, pudiera llegar a un huequecito en la parte de arriba para que así éste pudiera contarles qué se veía. La mayor parte de las veces tan solo les podía decir que solo se veía niebla y nieve pero a veces llegaban a una estación y podía contar a los demás dónde estaban. Ésa es la función del artista: Por dónde va la vida cuando los demás solo tienen tiempo para pensar en sobrevivir.

   Hablan sobre Baudelaire, uno de sus amores. Cuenta que a pesar de ser un poeta clásico se dio cuenta de que todo iba a cambiar, de que estaba cambiando a una velocidad inmensa. Cuando nació se tardaba un mes en comunicar con América. Cuando era mayor, hacia 1867 que fue cuando murió, se podía hacer en seis minutos. Y compara un poco lo que sucede en nuestros tiempos. Hace quince años no había apenas móviles. No existía internet y ahora parece que es algo eterno. Cuando le preguntan hacia dónde se dirige nuestra sociedad dice que nadie tiene la menor idea. El avance es exponencial. Se agota el tiempo y pregunta si alguien quiere decir o preguntar algo. Una señora tiene añoranza de la televisión de calidad de hace unos años y nombra el programa La Clave de José Luis Balbín. Y sorpresivamente contesta que la televisión ahora es infinitamente mejor que antes. Ahora tiene fundamentalmente su función: entretener, y hace una defensa apasionada de Belén Esteban. Todo dicho con cierta guasa y risas del respetable.

   Ha sido una tarde estupenda en la que no he gastado ni un euro. Como he viajado en trasporte público he elegido de entre los pendientes un librito de Leigh Fermor: Un tiempo para callar. Delicioso librito en torno a su experiencia en diferentes Abadías y Monasterios. Pero de eso ya hablaré en otra ocasión.
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