viernes, 23 de noviembre de 2018

EL RASTRO. RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA.




Después de escuchar las dos magníficas conferencias sobre el Rastro que impartió Andrés Trapiello hace unos años en la Fundación Juan March, en las que se hablaba mucho de este libro, lo vi en el stand de Recoletos donde se exponen los libros editados por la asociación de libreros, en el de otoño. ¿O fue en verano? No sé, el caso es que en el Paseo de Recoletos montan la ristra de casetas dos veces al año, en una hace frío, octubre, y llueve a menudo y en la otra hace mucho calor, finales de mayo o junio. Veo en las anotaciones que hago siempre a lápiz que lo adquirí en mayo. Qué mes más hermoso para ver y comprar libros. El libro es una copia de la que fue segunda edición y tiene el prólogo -quién mejor que él- de Andrés Trapiello. Por cierto que acaba de salir al mercado la obra de éste sobre lugar tan singular; será mi regalo de reyes en estupenda edición de Destino con las pintas inmejorables de su otro libro, Las armas y las letras.
Mi experiencia en el Rastro no da para mucho. Voy una vez cada dos o tres meses y casi siempre llego de vacío a casa, si acaso con algún libro de saldo, a dos, tres o cinco euros. Nunca los he visto a cuatro, curiosamente. Se nota que la gente acumuladora de libros se está muriendo. Hay verdaderas montañas y pocas son las personas que se interesan. Eso sí, las que se ponen a rebuscar lo hacen con verdadera neurosis, con estrés, con ansia. Quién sabe qué tesoro habrá escondido debajo de ese montón, en las cajas aún por desembalar. Hay otros puestos en los que se venden libros nuevos a mucho mejor precio que el de los comercios donde son tan rígidos. He visto la Vida del Dr. Samuel Johnson por treinta euros. No sé cómo pueden conseguir esos precios a no ser que sean robados.
Hace poco compré una goma de tirachinas. Tenía desde hace muchos años un machete en cuya funda va engarzado uno y hace mucho que se pudrió la goma. Me hacía ilusión tenerlo listo otra vez. ¿Lo voy a utilizar? No. Lo he guardado en su caja y seguramente cuando vuelva a abrirla estará otra vez inservible. Pero quizá sin saberlo algo se ha ordenado un poco más dentro de mí.
Este mismo domingo, nada más llegar, en El Campillo del Nuevo Mundo, en el puesto de libros más inmediato, el librero le decía a un posible cliente que acababa de irse Trapiello con su amigo Bonet así como dos o tres mujeres. Enseguida fui en su busca pero ya se sabe que en el Rastro solo se encuentra lo que no se busca.
El libro de Gómez de la Serna está escrito cuando el autor contaba 23 años. Parece mentira que se pueda escribir así con esa edad. Se puede jugar muy bien a tenis siendo casi un niño; que se lo pregunten a Nadal. Se puede tocar el piano muy bien a los cinco o seis años, que se lo pregunten a Mozart y a unos cuantos miles de niños en Japón y a unos cuantos millones en China, pero para escribir de esa manera hace falta tener una experiencia de vida, una cultura y una estética avanzada que cuesta mucho tener; es más, casi nadie consigue ese nivel en toda una vida.
Enseguida se da cuenta uno de que el texto es en realidad una lista, una lista de cosas que tienden al infinito, un infinito cambiante. Como un río, el Rastro nunca es el mismo. Puede uno ir cada domingo y encontrar a tipos distintos, cosas distintas, colores distintos, atmósferas distintas, olores distintos. El último día en una tienda vendían cuatro soldados de escayola casi a tamaño natural, soldados vestidos como los de Napoleón, en actitud cariacontecidos, firmes e imperturbables, como cuatro Cariátides salidas de las fosas de los miles soldados de terracota hallados en China.
  En el prólogo de Trapiello se advierte al lector: “Métete lector en sus páginas y no te preocupe si aquí o allá pareces aburrirte o estancarte o marearte un poco con la brillante exhibición ramoniana. Este es un árbol copioso, verde y pleno de savia”. Es verdad. A veces uno se atasca, pero se atasca como cuando va uno por la selva y tiene que ir cortando hojas enormes, filigranas de flores, lianas carnosas. Al final llegaremos a un claro hermoso y nos sentiremos como en casa.
  A veces es cruel como solo puede serlo un joven con la triste vida por delante: “La vejez innoble, descuidada, enervada, emplastada, que solo acaba viviendo de su ardor fecal, la vejez de casi todos los viejos es como la confesión del crimen, de la insensatez de su juventud, en la que no cuidaron de buscar motivos sinceros de vivir, juventud en la que no tuvo firmeza y franqueza la sensualidad, juventud de la que no asumieron los principios libérrimos, juventud que hizo casual, inmerecida, ambigua, contradictoria, su propia belleza; crímenes que no pueden prescribir con la vejez, porque bien mirado es la vejez tan inmediata a la juventud, que el momento implacable, injusto, anodino, impasible, de esa juventud no ha pasado por ningún largo trámite depurador y transformador”.
  “-Y esa máquina, ¿para qué sirve?- se les pregunta a los prenderos. Ellos no lo saben. Ellos la conservan porque esperan a ese alguien que vendrá por ella, que sabrá apreciarla en todo su valor”.
  El Rastro es un inmenso cubo de basura moderno de cosas antiguas. También a la vez un cubo de basura moderno donde podemos hallar unas mesitas de noche sin estrenar como las que encontré una vez y se llevaron mis padres para su casa de la playa.   

viernes, 16 de noviembre de 2018

LA MANIA. Andrés Trapiello.



  Octavo tomo del Salón de los Pasos Perdidos que leo. Su antiguo propietario, Emilio Carrasco, no subrayaba nada, lo ha cuidado bien; tan solo, muy de vez en cuando, cruza con lápiz una errata, o planta un tímido signo de interrogación. Apenas diez o doce en 815 páginas. La lectura de estos libros, como el mar, como el fuego, es para mí como un ensimismamiento. El lector, al menos éste, no siente el paso de las páginas, tan liviano como el paso de los años. Creo que ya conté que la recomendación que me dio el autor, en la feria del libro de la primavera del 18, es que leyera el último y luego empezara por el primero y fuera avanzando. No le hice caso: leí el último, Mundo es, luego El Gato encerrado, el primero, y a partir de ahí fui comprando y leyendo hacia atrás en el tiempo. Son cada vez un año más jóvenes, Andrés y su mujer; más niños sus hijos. Permanecen inalterables en cambio sus conferencias, quitando el que los contrincantes son distintos, sus pesados viajes promocionales, los pocos premios, las Viñas, el Rastro, los paseos, el paso de las estaciones, la naturaleza, los gatos, los perros y los pájaros. Por cierto que estos días ha aparecido su libro sobre el gran mercado madrileño y hace un par de días he comenzado a leer el libro sobre el mismo tema de Ramón Gómez de la Serna. Parece mentira que eso lo haya escrito un muchacho de 23 años, claro que para el autor madrileño esa era ya una edad madura teniendo en cuenta que con diecisiete ya empezó a publicar.
Ya tengo ubicado el siguiente en una librería de Salamanca, La Cosa en sí, otras setecientas y pico páginas de gozo correspondientes al año 2000 y por solo 18 euros. ¿Será del mismo dueño? Dice que tiene el sello del antiguo dueño. Estaría bien saber las andanzas, las aventuras y el porvenir de los libros.
Si tuviera que resumir este tomo podría utilizar prácticamente los mismos temas y palabras que los anteriores. Una visita a León para reunirse con su familia. Las Viñas y los problemas con sus hijos porque quieren pasar fuera la noche vieja, siendo tan jóvenes entonces. Las librerías de viejo, donde casi siempre se va de vacío como me ocurre también a mí. El 99 por ciento de lo que hay es la repetición de saldos de quisco mil veces manoseadas. Pocas cosas de interés, y cuando se encuentran, ya las tiene uno, como dice él.
Ayer tarde, 15 de noviembre, comí con unos compañeros en el centro de Madrid. Casa de Asturias. Comida buena y en abundancia, lleno de comensales. A las cinco de la tarde rehusé ir con algunos a seguir bebiendo. Ya tenía grabadas, por previsibles, las conversaciones. Recuerdos de los viejos tiempos, historietas mil veces escuchadas. Preferí marchar caminando hasta una librería de viejo que me recomendó Jesús, otro amigo al que le gustan estas cosas. Estaba a más de dos kilómetros. Librería Dodó, cerca del metro de Quevedo. Nada si es con la temperatura más que agradable para un mes avanzado de noviembre. Hay humedad y huele a hojas pudriéndose en el suelo. Paso por calles que hacía tiempo que no pisaba. La plaza del Dos de mayo. La librería está bien abastecida y ordenada. El dueño tiene un acento extraño aunque es, me dice, de Veracruz, estado de Méjico. Algunas veces me dice que si necesito algo se lo pida. Tiene libros buenos pero la mayoría son corrientes, mil veces vistos. Por llevarme algo y hacer gasto me llevo por cinco euros aquella primera novela que tanto éxito tuvo hará una década: Bilbao-New York-Bilbao, de Kirmen Uribe.
  El libro, como se ha dicho, de más de ochocientas páginas, lo he leído en un par de semanas. He comprobado que cuando estoy disfrutando de la lectura, estoy más contento. Y también que no me importa tardar más o menos. Cuando es desagradable o aburrida me impaciento, quiero acabar pronto pero a la vez no abandonar.
  He subrayado poco porque es querer fijar un río o una ola del mar. Todo fluye a través del año sin que uno se dé cuenta. “Claro que a Cervantes, salvada la indecorosa proximidad, le ocurrieron también incontables aventuras y al final de lo que escribió fue de cosas que pasaron la mayor parte entre Puerto Lápice e Illescas”. Trapiello es, comparando, como un gaditano de esos al que le salen genialidades casi sin pensar, gracioso, donde una palabra, un adjetivo, es capaz de causar hilaridad. “El libro –habla de un libro que lee en ese momento- está escrito haciendo uso del cesáreo presente histórico y del pretérito tacitano, lo que da como resultado algo parecido a lo que en gastronomía pudieran ser bombones al ajillo”.
  A veces el autor hace alabanzas de la literatura realista. A mí me gusta. “Lo único que no aburre ni cansa nunca es la vida, quizá porque no tiene argumento”. Y es que estos libros, mal que les pese a algunos, están llenos de vida. De aquí a nada saldrá el siguiente. Lo poco que compre hasta el final de año será de Trapiello: Su Rastro, el nuvo de los Pasos perdidos, La cosa en sí.

lunes, 29 de octubre de 2018

Bloody Miami. Tom Wolfe.



Todavía puedo recordar perfectamente cuándo leí La Hoguera de las Vanidades, el año que la editaron en español, 1987. Estaba a punto de independizarme y estábamos buscando el piso donde vivir. El libro lo llevaba de un sitio para otro, pero tengo la imagen de estar concentrado en casa de mi tía, en una habitación donde entraba la luz del sol y donde no había nadie, en contra de lo que pasaba en mi propia casa, que me molestara. La historia es la del hundimiento de un amo del universo debido al atropello de un afroamericano. Era como ver una película a máxima resolución, una película con un guión único, redondo, interesante. Podías ver el brillo de las joyas, de los relojes, del carmín de las mujeres atractivas, el perfume de los personajes privilegiados. Jóvenes a los que una orden dada en la bolsa de Nueva York hacía ganar cientos de millones de dólares. Me gustó mucho. Pero nunca volví a leer un libro de Wolfe.
  El tema de esta novela del año 2012, un policía de origen cubano, la ciudad de Miami, los neones de los edificios art decó, las fiestas, un psiquiatra experto en enfermos de porno, o en los que se dejan la pilila desollada de tanto masturbarse, mafiosos rusos, amantes, locales de fiesta; todo eso que tanto me gusta, hizo que la leyera, pero la decepción ha sido tan grande que no creo que vuelva a leer nada suyo. Una decepción como cuando vuelves al lugar que recordabas de niño y ves más pequeño y feo de lo que recordabas. Un porrón de páginas de páginas apretadas que se me caían de las manos, una torrentera de palabras y palabras para describir una escena anodina, una pérdida de tiempo en definitiva.
  Es como una de las tantas series de televisión que resultan descoloridas, faltas de ritmo narrativo, en las que el espectador se pierde y no sabe por dónde van los tiros. Personajes predecibles, llenos de rasgos en caricatura, lugares comunes, una trama con una absoluta falta de interés.
  Por eso he necesitado enseguida, para curarme de un leguaje tan descolorido, echarme algo con poder narrativo, expresiones llenas de sabiduría lingüística, un español como de los que quedan pocos, un clásico en vida, mi querido Trapiello y su octavo diario que leo, me hacía falta.  

martes, 16 de octubre de 2018

La democracia en América I y II. ALEXIS DE TOCQUEVILLE.

  Democracia en América, de Tocqueville. Uno debe tenerlo todo hecho llamándose así. Leí un párrafo a mi hija. Dijo que cómo puedo leer algo tan aburrido, “arenoso” ha dicho. Nada más alejado de la realidad. Es un texto apasionante. Y más cuando vamos llegando al final, cuando habla de las razas que han habitado y habitan –unos más que otros- en el continente, blancos, indios y negros.
  Tengo dos razones por las que me dio por leer este clásico de la política y la literatura: encontré en la basura  de mi casa, junto con un montón de libros más, la segunda parte, así que debía tener la primera, y la segunda razón es porque hace unos meses, no, hace 3 AÑOS!! escuché una deliciosa conferencia en la Juan March sobre este autor francés y su maravilloso viaje. Eduardo Nolla era el ponente y uno no podía dejar de admirar el poder de este profesor para poner los dientes largos a los escuchantes. Imaginemos un par de jóvenes que en la flor de la edad, veintitantos tanto Tocqueville como Beaumont, se marchan desde Francia a Norteamérica en 1831 sin pegas de dinero –nada más terminar el viaje heredaría de su madre un castillo de la familia y grandes extensiones de tierra- y con todo el tiempo del mundo para estudiar el sistema penitenciario. Dos años tardaron. Viajaron por muchos estados y estudiaron no sólo esto sino también la forma en la que se organizaba políticamente y socialmente la joven nación.
  Es verdad que en ocasiones, pocas, el texto resulta un poco de más técnico, hablando en jerga jurídica y legal, pero la mayoría de las veces es ameno y contiene impagables observaciones.
  “A medida que se ensanchan los límites de los derechos electorales, se siente la necesidad de ampliarlos aún más, ya que cada nueva concesión aumentan las fuerzas de la democracia y sus exigencias crecen con el nuevo poder”.
  “Los legisladores americanos no muestran gran confianza en la honradez humana, pero siempre suponen inteligente al hombre. Por lo tanto, para la ejecución de las leyes suelen apoyarse en el interés personal”.
  “En Europa, el criminal es un desgraciado que lucha por ocultarse de los agentes del poder; la población presencia esta lucha, como si dijéramos. En América es un enemigo del género humano y tiene en su contra a la humanidad entera”.
  “Los ingleses, después de haber cortado la cabeza a uno de sus reyes y expulsado a otro del trono, aún se ponían de rodillas para hablar con sucesores de estos príncipes”.
  “Los gobiernos, en general, sólo tienen dos medios de vencer la resistencia que les oponen los gobernados: la fuerza material que encuentran en sí mismos, y la fuerza moral que les prestan las sentencias de los tribunales”.
  “El gran objeto de la justicia es el de sustituir la idea de la violencia por la idea del derecho, colocar intermediarios entre el gobierno y el empleo de la fuerza material”.
  “… es una esencia de que el único medio de neutralizar los efectos de los periódicos es multiplicar su número. Parece mentira que una verdad tan evidente no se haya divulgado aún entre nosotros”.
  “Cuando un Estado está amenazado por grandes peligros, se ve a menudo al pueblo elegir con acierto a los ciudadanos más idóneos para salvarlo”.
  “La verdadera ventaja de la democracia no es, como se ha dicho, la de favorecer la prosperidad de todos, sino únicamente la de servir al bienestar de la mayoría”.
  “… en América no hay proletarios. Dado que cada uno tiene un bien particular que defender, todos reconocen en principio el derecho de propiedad”.
  En los Estados Unidos casi no hay cuestión política que no se convierta, tarde o temprano, en cuestión judicial”.
“… cuando la religión pretende apoyarse en los intereses de este mundo, se vuelve casi tan frágil como todos los poderes de la tierra. Sola, puede esperar la inmortalidad; aliada con poderes efímeros, se une a su destino y con frecuencia cae junto con las fugaces pasiones que los sostienen”.
  Me ha gustado especialmente, hacia el final de la primera parte, cuando se habla de las tres razas. Los colonos llevaban al ejército delante, arrastrando a los indios hacia el oeste mientras ellos establecían las plantaciones o las explotaciones mineras. Describe una escena en la que un grupo de familias indígenas, con hombres mujeres y niños, cansados, derrotados, se disponen a cruzar el río Misisipi. Llevaban rifles, sacos con sus cosas, perros. Nadie llora, nadie se queja, todos saben que no volverán a la tierra que los vio nacer.
  En la segunda parte se habla de manera más genérica de la igualdad que otorga la democracia en contraposición a la aristocracia. Era consciente que el mundo estaba cambiando. “Desde hace cincuenta años Europa ha sufrido muchas revoluciones y contrarrevoluciones que la han conmovido en sentidos contrarios, Pero todos esos movimientos se parecen en un punto: todos han quebrantado o destruido los poderes secundarios. Privilegios locales que la nación francesa no había abolido en los países ocupados por ella, acabaron por sucumbir a los esfuerzos de los príncipes que la han vencido”.
  Acaba con un deseo o una premonición. A uno le entra el vértigo al saber lo que le esperaba al mundo; el último párrafo: Las naciones de nuestros días no pueden impedir la igualdad de condiciones en su seno; pero de ellas depende que la igualdad las lleve a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”.