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domingo, 19 de febrero de 2017

JOSEP PLA. LO QUE HEMOS COMIDO.




  Este libro es una comilona de los sentidos del comer que ya sabemos que son el paladar, lo primero, pero también la vista, el olfato y si apuramos la digestión. Y el recuerdo. Si algo recordamos es ese olor de la comida que preparaba la madre o la abuela “La memoria culinaria, personal o colectiva, es la más susceptible de pervivir”. Reunidos este puñado de artículos de la mano de Vázquez Montalván, iremos descubriendo qué pensaba el ampurdanés del aceite de oliva, del ajo, del arroz, de las carnes o de la olla de pescado, o del cocido (carn d´olla),  entre otras cosas.
  Pla era partidario de los alimentos de temporada y de los productos de calidad. También del humor. Me he reído, por ejemplo, cuando compara a algunos guisantes con perdigones.
  “Pla era un punto de vista ambulante con boina”.
  “El lujo, en el comer como en todo me deprime”.
  “¡Arroz con caldo de trucha! Está claro que en aquella edad teníamos mucho apetito, más apetito que dinero ¡Las cosas del dinero son tan aleatorias! Lo más importante para dormir es tener sueño, y para comer, tener apetito. Aquel arroz de Prats de Molló costaba poco jornal, era un arroz barato”. 

 

   En este libro se habla todo el rato de comida pero pocas veces de recetas. Sin embargo en la página 54 podemos ver una de cómo se hace el arroz en Valencia, la auténtica paella valenciana. “…hasta que los granos parezcan a punto de estallar”. Pero sin hacerlo. Eso daría lugar al desastre del arroz pastoso.
  Pla reivindica la cocina casera en detrimento de los restaurantes. Ya lo dijo Orwell en el libro de aquí arriba, nunca se comerá en un restaurante por lujoso que sea como en casa.
  Hace observaciones brillantes como describir la insatisfacción de los comedores de las chuletitas de cordero. ¿A quién no le ha pasado eso alguna vez? Pag. 101. O ¿quién no ha pensado alguna vez que el cordero “corderea”?
  “El patrioterismo del ajo es muy desagradable”.
   
  “En una ocasión, el inolvidable Montaigne, el señor Michel de Montaigne, escribió que el hombre es un animal que guisa. Es una definición, a mi juicio, más razonada que la de Aristóteles cuando dijo que el hombre es un animal racional. Si lo es, la razón le ha servido para bien poca cosa, hablando ahora en términos absolutos. El hombre es un animal sensual, un animal que guisa”.
 “…con respecto al tema que nos ocupa, me atengo al criterio antiguo: para comer hay que tener hambre, como para dormir hay que tener sueño. Todo produce molestias, que acaban resultando secundarias. Cuanto más civilizada es la vida, mayores son las molestias”.
  “Nuestros payeses no son corpulentos más que en los primeros años de vida: cuando maman. Es un grupo social sin grasa ni corpulencia, tirando a canijo. Con mal genio, pero canijo”. ¿No podríamos decir eso del resto?
  Qué certero y cuánto me suenan a veces sus reflexiones: “Después del sentimentalismo de Navidad, los parientes seguían reñidos durante todo el año, naturalmente”.
  En algún blog por ahí he leído que este libro es aburrido. Bien es verdad que ahí soy mal juez: nunca me aburro, pero es falso que este libro sea aburrido. Pla nunca aburre, tan solo sea por saborear el estilo de sus frases, el ingenio de sus ideas, su manera de ser ampurdanés, español.