domingo, 7 de junio de 2015

DON JUAN. LORD BYRON.




  Este es uno de los últimos ejemplares que me quedaban sin leer de la estupenda colección que sacó El Mundo hace unos años. ¡Qué pocos libros se ven ahora en los kioscos! Ésta es una edición del año 1999. Siempre me dio pereza emprender su lectura. Una historia contada en cantos, en forma de versos… no me atraía nada, pero siempre, si uno lee lo suficiente, se encontrará a algún autor recomendando algo fervientemente y eso me ocurrió con algún libro leído de Leigh Fermor. Hablaba en alguna parte que la historia recreada por Lord Byron era curiosa, distinta, divertida y asombrosa. Así que me dije: “le daré una oportunidad”.
  Y la verdad es que, después de acostumbrarme a su forma, a esas mayúsculas siempre a principio de cada frase, de cada verso; cuando empecé a entrar en su historia, me empezó a gustar más y más, porque contaba cosas tremendas.
  Es un Don Juan distinto a otros. Como dice Espedi Freire en su prólogo: “A diferencia de otros no es deudor de una herencia católica que culpabilice el deseo, y se olvida sin remordimientos del concepto de pecado de su época y de su religión”.
  Los comienzos de las peripecias de Don Juan se desarrollan, claro, en Sevilla. Primer verso del primer canto: “Busco un héroe, búsqueda poco frecuente Cuando cada año y cada mes se inventa uno Hasta que, tras saturar las revistas con su palique La gente descubre que no era auténtico. No voy a molestarme a ensalzar uno de éstos. Por el contrario, prefiero a Don Juan, nuestro viejo amigo. Todos lo conocemos en la pantomima enviado Al infierno un poco antes de tiempo”.
  Nuestro héroe se va haciendo un mozalbete de mano de su madre Inés; dama ilustrada en ciencias y en letras y enseguida viuda. Don Juan, ya en edad de merecer coquetea con Julia, una jovencita casada con un cincuentón, ay!, “Llevaba años casada con un cincuentón. Hay demasiados maridos así, pero Yo creo que mejor que uno sería Tener dos de veinticinco y, sobre todo, En lugares tan próximos al sol. Y ahora que caigo, mi bien in mente Que hasta las damas de castidad más acrisolada Prefieren un esposo que no llegue a los treinta”. Simpático el muchacho.
  El caso es que comienzan los amoríos, el marido se entera y tiene que irse por piernas para no perder algo más que la vida. Y se embarca y naufraga y está a punto de morir de hambre y de sed y tienen que comer de todo lo que había y se comen al perrito que era de su padre y luego han de hacer cosas aún más horribles y al final llega medio muerto a una isla pequeña de Grecia y es rescatado por una bella del lugar y la historia sigue y sigue. A veces el relato poético deja de lado a los protagonistas y se pierde en disquisiciones casi siempre interesantes. “Es algo lamentable, precaria señal De fragilidad humana, estulticia y hasta maldad, Que el amor y el matrimonio coincidan rara vez Aunque ambos hayan nacido en idénticos parajes. El matrimonio por amor, como el vinagre del vino, Triste, agrio y modesto brebaje, desciende A veces de su eminente sabor celestial Al gusto más rastrero de la casa hogareña”.
  A veces también he estado deseando acabar la lectura (quinientas y pico de páginas) pero no será que el autor no avisa al lector: “Yo no puedo obligarte, lector, a que sigas leyendo: Ésa es tu decisión, no la mía. Un espíritu cabal No ha de adular a la negligencia ni temer sufrirla”.
  En los grandes libros siempre hay que perseverar. Siempre se encuentran al final buenas referencias e imágenes. Cerca del final Byron habla de Cervantes y de su Quijote. “De todas las narraciones es ésta la más triste Porque nos hace sonreír…”. Éste, el Don Juan de Lord Byron,  también. ¿Qué mejor motivo para emprender su lectura aunque sea tarde?
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