lunes, 16 de febrero de 2015

HANNAH ARENDT. EICHMANN EN JERUSALEM.




  Mucho más se lo habrían pensado si los que obedecían órdenes perversas, si los que masacraban a todo un pueblo, si lo que perseguían hasta dar caza, si lo que torturaban en celdas oscuras, hubieran vislumbrado lo que les esperaba cuando eran cazados a su vez por los servicios de inteligencia israelíes. Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, escapó a Argentina después  del hundimiento alemán y apresado después de vivir varios años tranquilos.
  Aunque a decir verdad no les esperaba nada que no merecieran. Sólo un juicio justo y en la mayoría de los casos el ahorcamiento. En este libro se narra, de manera entomológica, el juicio y las razones que llevó a uno de los pueblos más cultos de Europa a sumergirse en una nueva forma de barbarie: la aniquilación del ser humano a nivel industrial. Escrito por una de las mayores pensadoras, periodistas y escritores del siglo XX: Hannah Arendt.
    Aunque hay que reconocer también que la percepción que tenemos de los países es mucho más benévola para los que ganan las guerras. “En 1943 Goebels había dicho: pasaremos a la historia como los más grandes estadistas de todos los tiempos, o como los mayores criminales”. Y, ¿tenían todos los responsables el mismo grado de culpa si muchos lo hacían en nombre del cumplimiento estricto de la ley? “Las órdenes del Führer son el centro indiscutible del presente sistema jurídico”. Pero ¿no deberían los hombres comprender, por encima de cualquier otra consideración, dónde se halla esencialmente el mal? 

  “Esto es como una fábrica automática, como un molino conectado con una panadería. En un extremo se pone un judío que todavía posee algo, una fábrica, una tienda, o una cuenta en el banco, y va pasando por todo el edificio de mostrador en mostrador, de oficina en oficina, y sale por el otro extremo sin nada de dinero, sin ninguna clase de derechos, solo con un pasaporte que dice: usted debe abandonar el país antes de quince días. De lo contrario irá a un campo de concentración”. 

  He aquí la explicación de todo mal: identificar a un grupo humano bien definido al que se le puede despojar de sus bienes sin ningún miramiento y en época de crisis.
  A Eichmann lo juzgaron con todas las garantías procesales pero tenía una certeza en cuanto al final: “Sabía muy bien que se encontraba en la clásica situación difícil del soldado que corre peligro de ser fusilado por sentencia de un consejo de guerra, si desobedece una orden; y de ser ahorcado en cumplimiento de sentencia de un juez y un jurado, si la obedece”. Pero incluso entre personas del tribunal surgieron algunas veces dudas: Los SS no eran todos sádicos sedientos de sangre: “Las tropas de los Einsatzgruppen procedían de las SS armadas, unidad militar a la que no caben atribuir más crímenes que los cometidos por cualquier unidad del ejército alemán, y sus jefes habían sido elegidos por Heydrich entre los mejores de las SS, todos ellos con título universitario…” “...los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza”. Muchos se veían como víctimas inocentes de la brutal inercia de la historia. Ésta fue una de las declaraciones más esclarecedoras: “No soy el monstruo en que pretendéis transformarme… soy la víctima de un engaño”. Quizá sea esta la declaración más sobrecogedora y a la vez a la que más miedo hemos de sentir: nos hace pensar que en cada uno de nosotros, personas normales, habita un monstruo.
  Su final después de varios meses de apelaciones: “Pocas horas después, el mismo día –jueves- cuando faltaba poco para la medianoche, Eichmann fue ahorcado, su cuerpo incinerado y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, fuera de las aguas jurisdiccionales israelitas”.
  Sus últimos deseos fue pedir un vaso de vino, y rehusar leer la biblia ante un ministro protestante. No era cristiano. Caminó erguido hasta el patíbulo y rechazó que le pusieran la caperuza negra. No creía en la vida sobrenatural tras la muerte y sin embargo sus últimas palabras fueron: “dentro de poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré”.
  Como dice Hannah: Cliché propio de la oratoria fúnebre.
  “A pesar de los esfuerzos del fiscal. Cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un monstruo, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso”.
 

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