miércoles, 26 de febrero de 2014

LOS ORTEGA. JOSÉ ORTEGA ESPOTTORNO.






  Cuando compré este libro, una tarde soleada de noviembre, en la Cuesta de Moyano, el librero me dijo que hacía cinco minutos que lo había puesto en el montón de los libros que se ponen enfrente de la caseta. Las coincidencias de la vida; me estaba esperando. José Ortega Spottorno, el autor, fue hijo del insigne filósofo español José Ortega y Gasset, volvió a editar la Revista de Occidente, editor de Alianza, creador de PRISA y fundador del diario El País. Al final de su vida quiso redactar estas memorias que no le dio tiempo a ver publicada. En el libro se habla de su familia, sobre todo por rama paterna, esto es, Los Ortega, aunque haya también, lógicamente, referencias a su otra rama, los Spottorno. Habla de sus abuelos, todos ellos grandes hombres de la cultura o la política. Pero claro, las páginas de mayor interés están en las que se habla de su padre. Leyéndolas uno se hace una idea cabal de cómo fue ese gran hombre. Y queda una idea de protagonista talentoso, locuaz, cultísimo, seductor de masas, desengañado al final…  pero, ¿quién era en realidad? ¿Qué postura tomó ante la tragedia de nuestra guerra fratricida? Según su hija Soledad, en el 36 hubo de refugiarse con la familia en la Residencia de Estudiantes por considerarla más segura que su propia vivienda. Acertó porque esa misma noche fueron a buscarlo. Allí se presentaron los de la Alianza para que firmara un manifiesto de los intelectuales en defensa de la República. En principio se negó: “No es eso, no es eso”, pero luego, unos dicen que obligado y otros que después de que “resumieran” dicho manifiesto, lo firmó. Se encontraba con una gran infección y más tarde, ya en el exilio, desde París, dicen, confesó que lo firmó porque lo amenazaron gravemente. Quién sabe. En aquellos años las tormentas de la locura arrasaban en todos los ámbitos de la sociedad. “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.
  En definitiva, unas memorias agradables de leer en las que me ha encantado saber que la primera colaboración en forma de artículo del joven Ortega y Gasset fue entorno a la figura de mi admirado Maurice Maeterlinck.
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