lunes, 10 de marzo de 2014

CUADERNOS DE RUSIA. DIONISIO RIDRUEJO.




  En la primera página de estos diarios D.R. ya desgrana lo que para él es la principal justificación de la intervención en la gran guerra: “No ya como una hazaña anticomunista sino sobre todo como intervención mínima y posible de España en la guerra. Por solidaridad para con un esfuerzo o un dolor del mundo. Por adhesión a  una esperanza de mejor orden universal”. Los soldados que se alistaron en masa a la División Azul lo hicieron con un completo convencimiento: Iban a salvar el cristianismo y los valores occidentales frente a las huestes comunistas de Rusia. Los rusos, en vista de los resultados, también debían tener un convencimiento…, convincente. Y así se llegó a lo que sería con los años el juego del pañuelo en el centro de Berlín.
  Me han gustado estos diarios. Me gusta leer diarios. Apreciar a un buen observador desgranar lo cotidiano, lo que siente, lo que come, lo que lee, lo que sufre, los paisajes que describe. En muchos casos se aprecia la candidez del que lo cuenta y gusta contemplar el todo desde la altura que da el futuro, la altura del lector que ya todo lo sabe porque ha pasado el tiempo.
  Muchos de los expedicionarios eran ya gente mayor para esto de la guerra. D. R. tenía ya 29 años y había tenido cargos de responsabilidad en la organización falangista. Quizá por eso tuvo la suerte de hacer los mil y pico kilómetros motorizado. La mayoría de sus compañeros lo hicieron a pie. Fue uno de los coautores del Cara al Sol. Y encima era un poco torpe con la instrucción: “No es infrecuente que yo vuelva a la izquierda cuando debería hacerlo a la derecha, perturbando el movimiento general… Voluntariamente me he adherido al pelotón de los torpes”.
  Y uno de los apuntes con los que más me he identificado con él es saber de su aversión a tener que estar todo el tiempo acompañado. Es de las cosas más penosas de llevar en campaña: no tener un minuto de intimidad, un minuto para estar con uno mismo. “La inevitable repugnancia por una compañía casi absolutamente constante –no hay otra excepción que las horas de guardia o centinela y algún vago paseo- se deja sentir, pero creo que todos nos esforzamos por hacerla llevadera”.
  Otra lección que no hay que olvidar es que hay que intentar hacerlo todo con alegría. Es, sobre todas las cosas, lo más sano. “Entre mis compañeros prefiero a los que viven esto con alegría y desenfado y detesto a los que se lamentan continuamente”.
  La cuestión judía: Confiesa D.R. que apenas sabía nada sobre los métodos nazis contra los judíos. Yo no lo creo. Era imposible, recorriendo Europa hacia el Este, no saber de los millones de atropellos constantes: “Da pena –aparte consideraciones humanas- pensar lo que podría ser la vuelta de esta ciénaga de odio y de dolor si un revés la arrojase otra vez sobre Alemania”. Es decir, era consciente de lo que se podía venía encima perdiendo la guerra.
  Una de las cosas que más me han gustado son las descripciones del frío, de los paisajes de la llanura esteparia. A mediados de octubre aparece el frío como uno de los elementos más crueles. Los cadáveres que se encuentran parecen troncos, objetos inanimados abandonados de cualquier manera. En las lumbres “si un trozo de nuestro cuerpo se tuesta hasta la quemazón, el resto se hiela hasta el entumecimiento”. “La oscuridad dura ya no menos de catorce horas. El termómetro ha descendido a los 15 grados bajo cero. Hay un cielo de nevada inminente: gris frío, oscurísimo en su centro”.
Las carencias de la logística: De todos es sabido de la absoluta facultad organizativa del pueblo alemán. Si tantas cosas se saben es porque estaban absolutamente detalladas. No ocurría lo mismo en el lado español. “Se dice de una unidad que ha suplido su falta de camuflaje para la nieve vistiendo las prendas interiores –amplias camisetas y largos calzoncillos- del equipo alemán. Así la acción ha tenido un aire jocoso y divertido. Sobre todo sí tenían mucha inventiva.
  En primavera D.R. acabó en un hospital de la retaguardia. Estaba literalmente agotado. Decía que pesaba 39 kg. Luego tras la repatriación estuvo retenido en una prisión en Ronda (le había enviado una carta feroz a Franco contra el régimen de Franco; con un par): allí escribió la mayoría de estas páginas. Como dice Jordi Gracia en el prólogo, obra cumbre de la literatura memoralística sobre la División Azul.

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