Aficionado como soy a la literatura de viajes era raro
que no hubiera leído nada del viajero por antonomasia, a no ser en referencias
de William G. Clark, Brenan y tantos otros: la del erudito inglés del siglo XIX
Richard Ford. El libro de Turner Cosas de España lo vi a principios del verano
en una librería de segunda mano llamada Juanito, en pleno Rastro madrileño. En
realidad en la puerta, donde un tipo de mediana edad vende en una mesa
pastelera pocos pero doctos libros. El caso es que lo estoy disfrutando mucho.
Es ameno y erudito a la vez, y nos pone a caldo pero con gran amor y
admiración. El viajero por España Richard Ford pertenecía a una familia
pudiente donde su madre era una reputada artista y su padre un altísimo cargo
de una compañía dedicada al comercio con las Indias orientales. Cuando acabó
sus estudios hizo lo que hacían la mayoría de aquellos suertudos hijos de papá:
pegarse un año sabático viajando en peregrinaje cultural por Italia, Francia,
Suiza o luego España, como nuestro Ricardo. España, la España del romanticismo,
se empezó a poner de moda con él. Una España, como casi siempre, en ruinas y
devastada por guerras, sequía y abandono. Sus libros se vendían mucho en su
época. Aparte de todo lo que he dicho de él era también un hombre lleno de
humor. Un sabio. Fijémonos en lo que decía en mitad del siglo XIX:
“La frontera
pirenaica es la más vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia,
siempre ha procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las
insurrecciones y pronunciamientos en Cataluña, porque la enfermedad de España
es la ocasión de ellos y, sin embargo, el resto de Europa suele creer a España
fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los Pirineos”.
Es verdad que
nos ve indolentes si nadie nos ataca y unidos en la rabia si desde fuera lo
hacen. Hablando del río Tajo: “…lo declararon abundante en pesca, aunque a los
actuales españoles tanto se les da de los peces como si fueran cocodrilos.
Ciertamente se suelen encontrar granos de oro en el río (aunque apenas lo
suficiente para mantener a un poeta) por unos pobres medios anfibios, llamados
artesilleros, a causa de las cestas que usan y en las cuales recogen la arena,
que luego pasan por un cedazo”.
Recuerda que
uno de los periodos de mayor calma en España, en la península de las casas
vacías, era la época romana una vez dominados sus pueblos. Sin embargo “en las
sangrientas páginas de Historia sólo se encuentran grandes calamidades, plagas,
pestes, guerras, batallas o fenómenos de la Naturaleza, ante los cuales los
ángeles lloran”. Menos mal que el tiempo de su vida le ha ahorrado vivir las
del gobierno sanchista llena de calamidades desde bien el principio.
Habla mucho de
los bípedos y de los cuadrúpedos. De las ventas y las posadas. De la comida, el
agua. El caballo, el burro y el vino. Del Jerez. De historia y del paisaje.
Muchas referencias al Quijote, que lleva como el agua o la comida, en las
alforjas. Un verdadero tratado en el capítulo X sobre el criado, o lacayo, su
Sancho. “Un buen Sancho Panza será, en fin de cuentas, para un caballero
andante, de más utilidad que la misma Dulcinea”. “Ha de servir no sólo de
cocinero, sino de intérprete y compañero de su amo; por lo tanto, es de suma
importancia procurarse un hombre con que se pueda intimar en estos agrestes
parajes”. La fidelidad canina.
Está llenos de
refranes más o menos conocidos. Éste podría ser aplicado al actual gobierno de
la flojedad: “quien se hace miel le comen las moscas”.
“Aquel que
tiene carne y dinero siempre encuentra quien le preste un puchero”. Eso lo
saben bien los bancos.
¿Qué
posibilidades había de que en un mismo día tuviera referencias sobre el
“pajarete”? Antes de ayer por la noche repusieron en la 2 las visitas
gastronómicas de una guapa reportera belga, Adrianne Chaballe, que presenta De
tapas por España. En uno de los bares de Málaga le ofrecen a probar varios
vinos. Uno de ellos el pajarete. Dicen que lo llamaron así porque los pájaros
picoteaban las uvas más dulces. La chica es un encanto y el programa también.
Por la tarde seguía leyendo Las cosas de España del “encumbrado” Richard Ford y
me encuentro con esto en el capítulo sobre los vinos de España: “…de esta uva
se hace el exquisito y meloso vino dulce llamado “pajarete”, nombre que muchos
derivan equivocadamente de pájaros, porque éstos acostumbran picar las uvas más
maduras; pero, en realidad, tiene su origen en haberse hecho antiguamente solo
en Pajarete, pequeño lugar cerca de Jerez”. ¡Qué casualidad! Nunca me cansaré
de esta colección de saberes inútiles.
En un capítulo
sobre los bandidos expone una reflexión que da que pensar. “El viajero tiene
que llevar algún reloj; uno con una brillante cadena dorada y colgantes es lo
más indicado, y no llevarlo le expone a más indignidades que la bolsa vacía,
porque el dinero puede haberlo gastado, pero la ausencia del reloj supone la
intención premeditada de que no se lo roben, y esto es para el ladrón la más
injustificable tentativa para defraudarle de sus derechos”. No me extrañaría
que acá se legislara en favor del ladrón. “El ciudadano debe llevar siempre
suelto por si le tienen que robar: todos tenemos derecho a comer (o a beber o a
endrogarnos)”.
Mientras leo
este libro de Richard Ford se desarrollan los sucesos de Ceuta: la invasión, la
crónica de un desastre anunciado. Y esta mañana me he acordado de la lectura de
un libro para mí fundamental: La vida de las hormigas, de Maurice Maeterlinck.
Un hombre no es una hormiga. Un hormiguero no es una ciudad. Pero no dejan de
ser dos entidades compuestas por individuos con cierto orden y equilibrio.
Cuando estudiamos la historia de las civilizaciones casi la primera lección es
la de Grecia y Roma. Y se dotaban de mano de obra esclava: “Se ha comprobado,
con sentimiento, que las especies más inteligentes y más civilizadas son las
que tienen menos honradez”, nos dice el sabio belga.
En su capítulo
sobre las guerras (hormigueras) nos describe los distintos tipos y los motivos.
En general dice que todas las especies son pacíficas. Rara vez incursionan para
saquear, destruir y apropiar. Pero a veces una colonia fuerte, por lo que sea,
decide atacar. “Después de enviar exploraciones a reconocer el hormiguero de la
especie que se trata de saquear, una mañanita se dirigen en pequeños grupos al
nido codiciado y le cercan poco a poco. Alarmadas las sitiadas, acuden a las
puertas, enloquecidas, y construyen barricadas, lo mejor que pueden, con
granitos de arena, que para ellas representan piedras grandes. A una señal, que
no se sabe de dónde ha salido (pues las órdenes nacen de un modo más misterioso
aún que en la colmena o en el termitero), las asaltantes avanzan en masa. Las
defensoras intentan resistir, pero desbordadas, empujadas, atropelladas,
desesperadas, regresan al nido para volver a salir de él con sus ninfas, a las
cuales quieren salvar a toda costa, tan numerosas, que cambian en un momento el
color de la refriega, que de leonado que era, empavesado de porvenir, se vuelve
blanco. Pero las agresoras les arrebatan su tesoro, le almacenan
provisionalmente cerca de las salidas; dejan pasar a las madres fecundas y a
las obreras sin equipaje, y como aduaneros inflexibles obligan a cuantas llevan
larvas o ninfas a dejar su carga. A las que no resisten ni se defienden con el
veneno, no les hacen daño alguno”. Sigue aclarando que hay pocas víctimas.
Sencillamente las que habitaban su hormiguero son expulsadas.
Un ser humano
no es una hormiga. Pero el ser humano vive en sociedades distintas, desiguales,
que tienden a “igualarse”. Y, ¡ay! ¡Hay que elegir!
“Una de las peores cosas que los franceses dejaron en
España fue la desconfianza por el individuo que lleva lápiz y cuaderno. Antes
de su invasión enviaron agentes y espías que, despojándose de la piel de
cordero, guiaron a los lobos al saqueo y la destrucción”. ¿No se parece esto a
la escena encantadora de Maeterlinck? ¿A lo que acontece en Ceuta? Cuenta que no era extraño que las autoridades
detuvieran a cualquiera que vieran con lápiz y papel tomando apuntes. Para
ellas, las autoridades, eran todos espías. Un siglo después le pasó lo mismo al
gran dibujante neerlandés Escher.
Especialmente
divertido el capítulo sobre los toros. Es un espectáculo en el que hay que
estar educado desde la cuna si no quieres salir con vomitona. Sólo una vez fui
de niño y juré no volver a pisar un ruedo. A multitud de turistas les pasa lo
mismo. No le ocurre lo mismo a nuestro Ford que dice aborrecerlos y
despreciarlos pero que dice haber presenciado “centenares de toros pero ninguna
de toreros”. Para no gustarte una cosa… Pero me encanta cómo dice las cosas.
Seguro que fue un hombre además de erudito bastante gracioso. Pepe Hillo, que
había sufrido treinta y ocho cogidas, murió, como Nelson, una muerte heroica”.
En fin, me ha
gustado tanto que estoy por comprarme todos los volúmenes de Ford que trataban
de las cosas de España. En todo caso, quitando este que ya ocupa lo más selecto
de las estanterías a libros de viaje, compraré todo lo que vea de él.
Editorial Turner.
Año 1974.