Los libros de Erika
Fatland los había tenido muchas veces entre las manos en las librerías. Este en
concreto, más. Siempre me ha interesado el mundo de las ascensiones a las
cumbres del mundo pero ojeándolo no había visto que se tratara de eso. El libro
es el de un viaje al Hilalaya, ni más ni menos. La han comparado con
Kapuscinski. Fatland es, después de
viajera, una estupenda antropóloga social que sabe siete u ocho idiomas.
Mezcla, como hacía el polaco, vivencias propias con historia y anécdotas
interesantes del modo de vivir de pueblos aislados entre las montañas más altas
de la tierra. Viaja casi siempre sola:
“Aquella vez,
la primera, viajé con un novio, pero desde entonces casi siempre he viajado
sola. Si se viaja con otras personas, aunque sea solo con una, enseguida se
acaba en una burbuja, en un pequeño mundo privado. Cuando viajas sola estás a
merced del entorno, expuesta, desnuda”.
Lo confirmo.
Después de hacer el Camino de Santiago con 12 amigos más en bici, hace 17 años,
quise hacerlo yo solo caminando. Nada que ver. Todo es distinto. El paisaje, el
olor, la posibilidad de comunicarte con los otros, el pensamiento, el
cansancio. Nada que ver.
El libro es
largo, como la cordillera que describe. He tardado veinte días exactos en
leerlo aunque también es verdad que en medio he estado de viaje y en los viajes
turísticos se tiene menos tiempo. Como los buenos libros de viaje entre párrafo
y párrafo de vivencia personal nos habla de historias grandes e historias
pequeñas, casi todas trágicas.
Muchas de las
jornadas suceden en China, el país, el mega país de moda. Estamos impregnados
de China por todas partes. Y saben cómo protegerse. Esto cuenta la narradora
Fatland: “En general me suelo cubrir la cabeza tal y como corresponde cuando
visito mezquitas, pero en Sinkiang está prohibido hacerlo. También lo están las
barbas largas y la vestimenta musulmana. Dar señales de que se es musulmán
fuera del hogar –he ahí la gran diferencia- es como hacer una solicitud para
ser reeducado”. Aquí, en el afán de buscar la libertad a toda costa nos
rodeamos de imposiciones externas.
Qué curioso es
el ser humano. En Japón existían monjes que ayunaban durante meses para consumir
su grasa y auto momificarse. “Cuando la muerte se aproxima, son trasladados a
tumbas subterráneas donde recitan mantras y hacen sonar una campanilla. Cuando
el resto de los monjes dejan de escucharla saben que el lama ha muerto”.
Aún hay
cumbres, al parecer, que nunca han sido pisadas por el hombre. El Gangkhar
Puensum, en Bután se eleva a 7570 m. Las autoridades prohíben escalar montañas
de más de 6000 m para no molestar a los dioses.
Teoría de que
la identidad se construye precisamente en la frontera, en el encuentro con el
otro grupo. Del antropólogo Fredrik Barth. Pg. 489.
El libro
comienza por Chia y acaba por China. En Lhasa: “ahora hay ocho chinos por cada
tibetano. Los atraen aquí con promesas de hipotecas gratuitas y atención
médica. En la enseñanza, el chino es la lengua principal ahora. Los chinos son
los dueños de todo. Nos hemos convertido en una minoría en nuestro propio país”.
¿Acabaremos igual en Europa?
Para acabar
conversaciones con su traductora del chino. “¿Cómo crees que funcionan aquí las
cosas? Vivimos en un país comunista”. “El sistema dictatorial se infiltra en
las mentes de la gente. Las ocupa y se atrinchera en contra de los
cuestionamientos. El día a día es más fácil así”.
Por supuesto
seguiré comprando sus libros. Próxima estación: Soviestán.