sábado, 9 de julio de 2011

La muerte. De Montaigne.


Jorge Edwards cuenta en “La muerte de Montaigne” que Azorín citaba muchas veces al señor de la Montaña. Sobre la muerte. Azorín decía que paisanos suyos, campesinos dedicados toda la vida a las labores del campo vivían sin pensar jamás en la muerte y que cuando les venía morían con más naturalidad y elegancia que Aristóteles.

La novela de Edwards reconstruye a base de lecturas lo que pudo ser la vida del ensayista al final de su vida. Y la agonía. Está en la cama con la garganta hinchada con un tumor. Tiene fiebre y apenas puede hablar. Su mujer le ofrece un vaso de agua.

“-Tráeme –dijo él, porque ya deseaba quitársela de encima, estar un rato solo. Si no puedo estar solo en la muerte, pensaba, cuándo lo voy a estar. La soledad había sido vida, pensamiento, respiración, placer tranquilo, y lo normal, le parecía, era que ese transcurso, esa marcha, desembocara en la muerte sin mayores faramallas. Había pensado muchas veces que la muerte era la finalidad de la vida, que se vivía para morir. Pero más tarde, en años maduros, se había dicho que lo mejor era no pensar tanto: vivr, poner atención en cada minuto, en cada rama de árbol, en cada pájaro que volaba por encima de su cabeza, en cada rebuzno lejano, en cada pantorrilla hermosa, y después, en un momento cualquiera, sin darle mayor jerarquía que a otro momento cualquiera, morir”.

En eso estamos.

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