A pesar de haberse escrito en el año 1962 de tan confuso recuerdo para mí (nací en él) desde que tengo uso de razón lector he visto este libro en las estanterías de las librerías dedicadas a la historia de la I Guerra Mundial. Es un referente. Tuchman descendía de familias judías e influyentes afincadas en Nueva York. En los años cuarenta y cincuenta se dedicó a criar a sus hijas pero siempre tuvo un gran interés por la historia y por escribir libros de historia: La Biblia y la espada por ejemplo.
El libro abarca el mes de agosto de 1914 y los primeros de septiembre cuando ya se adivinaba una guerra de una agonía que habría de durar cuatro años, con una movilización de hombres y recursos como nunca antes en la historia. Millones de hombres avanzando decididos hacia la eliminación mutua.
A cada protagonista de esta inmensa historia le da unas pinceladas sobre la vida y el carácter. A veces, sin tener nada que ver me he acordado del libro de Krakauer, Mal de altura, sobre el desastre de una ascensión desastrosa al Everest, en donde el periodista estadounidense es capaz de crear claridad donde todo es confusión blanca. En las dimensiones bíblicas de una guerra con millones de soldados, millones de acciones y desastres, Tuchman aporta claridad. “Durante las guerras y las crisis, no hay nada que quede claro o sea cierto hasta que no ha pasado algún tiempo”.
En la historia siempre se encuentra una justificación para ir a la guerra. Alemania utilizó la suya. “El Estado Mayor manifestó de que la invasión de Bélgica estaba justificada, puesto que se trataba de una guerra en que estaba en juego la defensa de la existencia de Alemania. Fue mantenido en vigor el Plan Schieffen, y Moltke se consoló con el pensamiento, tal como dijo en el año 1913, “De que hemos de dejar a un lado todas las acusaciones contra el agresor…, solo el éxito justifica la guerra”. Otra cosa es saber si se va a producir o no.
La I Guerra Mundial supuso el adiós de las tácticas en las guerras napoleónicas y el saludo a las nuevas formas de matarse. La muerte se democratizó: “adoptó el sistema de Theodore Roosevelt de ordenar a todos los generales que dirigieran las maniobras montados a caballo. Cuando esto determinó protestas de determinados generales que a causa de la edad habían de licenciarse del Ejército, Mossemy replicó que este era precisamente el objetivo que él perseguía”. Aun así se tardó en despedir al emperador de Francia: el Ejército francés no quiso renunciar al pantalón rojo, a pesar de que era un gran inconveniente por ser objeto de un tiro al blanco más fácil para el pardo y verdoso uniforme alemán. A pesar de eso los alemanes al principio “Avanzaban casi en fila, casi hombro con hombro, y caían muertos unos encima de otros, formando una terrible barricada de la muerte. Tan alta era esta montaña que no sabíamos si disparar a través de la misma o hacer una incursión para, con nuestras propias manos, abrir boquetes entre los muertos y heridos”.
En situaciones así había que emplear la mano dura. Joffre lo tenía claro: ser duro con sus propios generales. “En la batalla de las Ardenas un general de división del V Cuerpo se suicidó”. Muchas veces se decía en el fragor de la batalla: “He perdido el control de los nervios”.
A veces da referencias sobre libros-testimonios tan interesantes que los iría a comprar si estuvieran publicados en español. “De todo lo que se ha escrito, el relato de Verhaeren es el testimonio más impresionante de lo que la guerra y la invasión afectaron al espíritu de su época”.
Se cuenta una cosa que me ha sorprendido mucho de algo que escribió Tomas Mann en 1917: “La guerra ha de ser una purificación, una liberación, una enorme esperanza. La victoria de Alemania será la victoria del alma sobre el número. El alma alemana es opuesta al ideal pacifista de la civilización, ya que, ¿Acaso la paz no es un elemento de corrupción civil?”. A continuación otros desgranan otras opiniones del tipo: “La guerra se debe a un inconsciente aburrimiento a causa de la paz”. Bendito aburrimiento pensaba mientras lo leía.
Un párrafo que me ha hecho gracia, justo en esta semana en el que el tema “Ferrocarril” está tan de moda. “Se decía que los mejores cerebros que salían de la Academia Militar eran destinados a la sección de ferrocarriles, y que terminaban en un sanatorio mental”. Me ha hecho gracia comprándolo con la actualidad y con eso de “los mejores cerebros”. Quizá la diferencia esté en ahora podrían acabar en Soto del Real.
Para que luego digan que la letra escrita no cambia la vida de las personas: “Messimy le entregó la orden en medio de un silencio sepulcral. “Consciente de las gigantescas e infinitas consecuencias que podían derivar de aquella hoja de papel, los cuatro notamos como se encogían nuestros corazones”.
Y el olor, cuánta importancia hay que dar siempre cuando se cuenta cualquier tipo de historia. “Un extraño olor lo invadía todo, un olor que nunca antes había oído mencionar en ningún libro sobre la guerra, el olor de medio millón de hombres que no se habían bañado se cernía sobre todas aquellas ciudades por las que pasaban los alemanes. Y con ese olor se confundía también el de la sangre y las medicinas, los excrementos de los caballos y el hedor de los cadáveres”.
No es solo la eliminación física de toda una generación de jóvenes, también la eliminación de parte de la cultura. La destrucción de la biblioteca de la universidad de Lovaina, fundada en 1426, con 230.000 volúmenes o una colección única de 650 manuscritos medievales o incunables de inmenso valor, o la destrucción de la catedral de Reims.
No hay duda: somos animales rabiosos, peligrosos, donde a veces nos convertimos en masas inmensas, actuando bajo un mismo impulso: “Las tropas alemanas, a través de Bélgica, al igual que las hormigas voraces que periódicamente emergen de las junglas sudamericanas para trazar un sendero de desolación a través del país, se abrían camino por ente los campos, las carreteras, los pueblos y las ciudades, lo mismo que las hormigas, sin detenerse ni ante los ríos ni ante ningún obstáculo, cualquiera que fuera”.
Magnífica lectura en este principio del año 2026, noventa aniversario de nuestra guerra civil y, a lo que parece, sin que tengamos aún la capacidad de hablar de ello. Se acaban de suspender por amenazas intolerables por parte de la extrema izquierda hacia los ponentes: Pérez Reverte o Julián Casanova entre otros, y cómo no, mi querido Andrés Trapiello. Creo que el joven escritor Uclés se ha desmarcado porque posiblemente habría hecho el ridículo.

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