viernes, 26 de diciembre de 2025

EUGENIO NOEL. DIARIO INTIMO.

 

  Comienzo la lectura del ¿penúltimo? tocho del año: El Diario íntimo de Eugenio Noel. En Los nietos del Cid Trapiello lo nombra mucho. Es más un género confesional que diario. Como un pasar a limpio notas en hojas de letra abigarrada entremezcladas con fotografías del día. Lo tituló La novela de la vida de un hombre. Fue muy buen escritor pero sin suerte y sin recompensa. Murió en Barcelona en el año 1936 sin un lugar donde caerse muerto.

 

  “La figura de mi padre es la de un hombre de odiosa pasividad, pero a quien las circunstancias de la vida atemorizaban mucho. No sabía nada más que su oficio, y aunque, a mi entender, poseía gran discernimiento, no dudó en sacrificar a su mujer e hijos, y no le dio importancia a una labor diaria sin provecho. Trabajaba, pero sin una iniciativa. La menor dificultad con que tropezaba le ponía furioso”.

 

  Fueron muchos los que hubieron de socorrerle: Valle Inclán, Azorín, Unamuno… “Fue como si no le importara partirse el pecho por defender esa sola verdad compacta y sin fisuras”. Se dedicó entre otras cosas a caer de un burro el mundo taurino y el del flamenquismo. Es la España de principios de siglo era eso mismo, un partirse el pecho.

 

  Dice Trapiello en Los nietos del Cid que Noel “es un caso prodigioso de una vocación literaria de fortísima contumacia. Ni el desaliento ni la penuria, que jamás la abandonó, ni los ataques que menudearon ni las palizas de los fanáticos del flamenquismo, de las que conoció algunas, le llevaron jamás a abandonar una carrera literaria que ejercía como un verdadero apostolado”.

 

  Estuvo en la guerra de Melilla del año 1909 y de ahí surgió el libro Notas de un voluntario. Ese libro le habría de llevar a la cárcel ya que no dejaba en buen lugar las formas del ejército colonial español.

 

  Noel tendía a la gordura. Tenía una gran cabeza y melenas a menudo criticadas. Bebía en exceso cerveza y cuando le daban cancha sus alivios de dinero comía como los perros cuando tienen pitanza: sin control ninguno.

  Continúa Trapiello diciendo que “puede decirse que son incluso sus libros sin otro argumento que ese común de la regeneración de España y el estudio de la raza”. “Era un escritor dramático, exagerado, barroco, que no se paraba en barras”. Y sigue describiendo el prólogo en su primer libro publicado, dedicado a su madre, que vivió siempre esclavizada por el trabajo y la penuria.

  “En los últimos años de su vida, Noel, que ya la tenía difícil para sí, arrastró de pensión en pensión a su mujer y a su hijo, sumando en la comitiva en ocasiones a su suegra, cuando no las dejaba en Madrid a la espera de unas pesetas que no acababan nunca de girarles desde las más remotas provincias”.

  Giménez Caballero vio a Noel como un sólido cóctel de Baroja, Unamuno, Valla-Inclán, Julio Antonio, Bagaria, Zuloaga, Azorín y Maeztu. Pensaba que si se proyectara de todo eso una sombra, la sombra sería Noel”.

  El Diario está incompleto anotando el editor que quizá algún día se encuentren los restos de notas y se pueda concluir semejante monumento a la memoria. Aunque he de decir que en ocasiones se hace un poco monótono, como si en realidad hubiese tomado esas notas para sí mismo: Me queda tanto dinero, he cobrado tanto otro, etc.

  Murió en el año 36 en Barcelona y su cuerpo fue trasladado en ferrocarril perdiéndose por el camino debido a unos malos entendidos burocráticos. Desde Madrid tuvieron que deshacer el camino para ver dónde habían quedado sus restos.

  Interesantes los personajes de su época. Como este hay muchos más.

  “Baroja va a publicar Vidas sombrías, pero entonces no es más que un futuro médico fracasado, y el panadero que todos conocieron. Solía estar en la panadería haciendo números entre grandes pilas de pan, manchada la ropa de harina, descuidada la brava, mohíno y sucio, con una boina en la cabeza que parecía un solideo”.

 

  La parte que más me ha gustado es la que describe después de contar su infancia humildísima es la de la guerra en África. “La colonización es una exuberancia. ¿Estamos nosotros dispuestos a prodigar aquí la sangre, a sembrarla, a fundar un emporio de grandeza? Yo creo que no. La emigración no se encauzará nunca por este lado. El florecimiento de las colonias francesas nos restará siempre fuerza”.

  Este verano pasado fuimos a pasar el día a El Escorial. Había allí una feria del libro antiguo. Cerca del Monasterio había efectivamente algunas casetas pero en un primer vistazo comprobé que no había nada interesante para mí. En la última, antes de marcharnos, pregunté a un librero por este libro. Me sacó ante mi sorpresa una edición preciosa en dos tomos. Le dije que sería carísima ante lo que él me contestó que para nada. Setenta y cinco euros. Una ganga. Sin embargo J. me disuadió. Me alegré. Esta edición que he leído es la de Berenice, 2013 y 23 euros. Más que suficiente.

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