viernes, 27 de abril de 2012

27 de abril de 2012


Esta mañana he tenido una idea buenísima, brillante, una sentencia redonda de la que he estado orgulloso un buen rato. Luego, a lo largo del día, se me han ido perdiendo los detalles que la sustentaban. Conservo no obstante el núcleo pero he perdido lo más importante: los adornos. Hay autores que recomiendan llevar siempre una libreta para apuntar tales deslumbramientos. Estoy de acuerdo, pero luego se me olvida cogerla.

  Leyendo Pasados los setenta IV. Radiaciones VI. Es decir, el tomo siete de los diarios de Ernst Jünger. No cabe duda que se siguen encontrando verdaderas perlas en entradas algo pesadas en torno a correspondencia, sueños, discursos y cazas sutiles en varias partes del mundo. Sí, también era un afamado entomólogo. Hay que reconocer que la vida burguesa -aunque aventurera- de un hombre de noventa años es menos emocionante que la de un joven anotando peripecias de las dos guerras mundiales vividas.
  Una perla: “La primera hojeada de un libro tiene para mí un significado mántico, igual que una llamada. Tal vez la puerta permanezca cerrada: que se abra con frecuencia se deduce de que un autor, que merece tal nombre, se encuentra prácticamente en todas las páginas una frase que incita a reflexionar o incluso a meditar como aquí en la página 82: Aquí o allá, o más allá sólo el SER fue nuestra patria”.

  De un amigo: “El otro día salí a correr un poco tarde y apenas quedaba claridad.  Suelo pasar por zonas urbanas poco transitadas cerca de mi casa. Vi un coche aparcado al fondo de una cuesta. Cuando llegué a su altura vi enseguida que había una pareja en su interior. Ella estaba sentada en el asiento del copiloto a horcajadas encima de él. Debían de ser las últimas sacudidas porque el mundo exterior había desaparecido para ellos. Ella brincaba con verdadero ahínco mientras el rostro de él se hundía entre sus pechos. Me pregunté cuánto hace que uno no tiene un momento de desenfreno inesperado. Un momento de improvisación, de urgencia. En el matrimonio todo el asunto de la cama está domesticado; higiénicamente domesticado. Como decía Sabina: calor de pesebre. Aunque tiene la ventaja, esa manida ventaja, de poder decir, después de todo, que puedes estar en silencio a su lado. Para qué pronunciarse si todo está ya gastado”.
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