Si alguna vez dentro de unos años alguien lee este blog podría creer que me interesa demasiado, sospechosamente, el fascismo o la falange o el franquismo a tenor de los libros que aquí he reseñado últimamente. Asimismo también lo pensaría si echara un vistazo a mi biblioteca. El caso es que tengo libros en la misma balda totalmente contrarios en ideología: La forja de un rebelde, precisamente de Barea, con el Franco de Preston. El 1923 de la dictadura de Primo con la Revolución del 34. En fin que lo que me gusta es leer sobre historia. Lo que sea, pero que esté bien escrito. Lugo podré estar más o menos de acuerdo pero el disfrute de lector lo tendré asegurado.
En esta ocasión vi este libro en la sección de saldos de BookCenter. Esta librería la suelo visitar dos o tres veces al mes en busca de estas sorpresas. He comprado verdaderas “joyas” luego inencontrables. Libros descatalogados y de poco éxito que a mí me han encantado. Me acuerdo ahora de esos que compré de biografías escritas por buenos escritores. La de Buñuel, la de Azaña, etc.
Este libro es un panfleto político como el mismo Barea confiesa en el prólogo. Fueron unos escritos en defensa de una República muerta y enterrada. Lo escribió en la esperanza de que la derrota de Hitler y Mussolini dejarían a Franco sin cobertura ideológica ni material. Ahora, noventa años después podemos decir qué craso error. “Hay algo estremecedor en este testimonio de un hombre que a pesar de la derrota en la Guerra Civil y la desolación del destierro supo mantener intacta la esperanza de un porvenir democrático para España”.
Hay de los errores. Leo ahora las memorias políticas de Guerra y me ha llamado la atención un consejo que les dio el gran Olof Palme al gobierno del PSOE en el 82: no hacer cambios demasiado profundos ni demasiado rápidos. Esa es para mí el principal error de la República.
Hablando de Franco me ha sorprendido esta reflexión suya: “Personalmente, tengo la impresión de que ha sido un hombre honrado toda su vida: honrado en el sentido de su corrección e incorruptibilidad en el plano financiero y económico”.
Las prisas: “Durante la gran huelga de trabajadores agrícolas de 1933, mataron el ganado y quemaron las cosechas de su odiado jefe: ninguno de ellos vio otra opción de acción política y social colectiva después de que las esperanzas iniciales de la nueva República se hubieran echado a perder con la subida al poder de hombres como su patrono. Por aquello se los castigó con crueles penas de prisión y hambre”.
Importante reflexión del capítulo V: El mito –decía Malinowski- está íntimamente asociado con los más profundos deseos del hombre, con sus pasiones y sus sentimientos, pues valida el orden social, justifica el esquema social existente y abarca desde expresiones puramente artísticas hasta el legalismo”.
Y, claro, hay pasajes en los que no solo no estoy de acuerdo, es que de haberlo tenido delante le habría calificado de ignorante o malintencionado. “Cuando se instauró la República española en 1931, lo hizo en forma de una república democrática moderna en la que todos los matices de opinión debían tener cabida. Las masas lo esperaban todo del nuevo régimen y, llevadas de una generación optimista desbordada, no rompieron ni un solo plato en venganza por años o, mejor, siglos de opresión. El pueblo era consciente de que tendría que luchar en defensa de la República, pero hizo gala de una conmovedora fe en sí mismo y en otros. Dice un refrán español que el que la hace la paga. Algunos de nosotros ante aquella llegada pacífica de la República dijimos: A lo peor, tendremos que pagar por lo que no hayamos hecho”. Sólo decir que al margen he escrito: Mare de deu.
Aquí Barea ha cogido la pértiga y ha saltado olímpicamente sobre la quema de iglesias, los asesinatos políticos, la traición de Cataluña, la Revolución de Asturias, y el desastre generalizado debido a la inconsistencia política. No, el camino de la República no fue de rosas. Fue de espinas. Por culpa de unos y de otros. Lo dicho, un panfleto.

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