Vinieron mis hijas con sus novios a ver el eclipse. Subimos la calle hasta arriba, desde la que se ve la sierra, hacia el ocaso, el poniente, el oeste. Un par de gafas para los seis. Suficiente. Mientras, jugamos con la perra con un frisbee. Ella ni se enteró. El momentazo del cierre casi total fue emocionante. Y me preguntaba si alguna vez será posible disponer de una esfera a la distancia adecuada para impedir que acabemos fritos en un futuro no muy lejano. Se notó perfectamente el descenso de la temperatura. Ale, ya pasó. Ahora las réplicas inevitables en la tele y a otra cosa. Ni soy de los que pasan de todo ni de los que lloran. Hoy lo hablaba con mi madre. No entiendo a la gente que se pone a llorar porque pierde tu equipo o porque ves un eclipse. Tampoco me lo quería perder.
Y antes de ayer fuimos a ver la de Odisea. También lo seis. Mi hija nos invitó a las butacas Premium. Puedes subir las piernas y están pensadas para tipos grandes. Tanto como el jugador del Atleti, Shorlöt, que estaba con dos jovencitas a continuación de nosotros. Pasó a mi lado y le sonreí y le saludé. Él correspondió con un hola, y pensé: un tipo que mide casi dos metros, guapo, con pasta: lo vi llegar en el parquin y llevaba un Mercedes tope de gama… ¿De qué color verá la vida? Seguro que tiene preocupaciones como todo el mundo.
La película: Cuando acabó todos estaban emocionados. Les encantó. Todo. La historia, los actores y las actuaciones. Los efectos especiales… Cuando me preguntaron no quise quedar mal y les dije: Bueno, se deja ver. Se descojonaron. Lo que más me emocionó es la escenita del perrito, esa lealtad hasta el final. Lo que menos: la banda sonora, buscando el efecto barato, sensiblón, el abuso del volumen. En silencio esa película perdería casi todo. Creo que si la hubiera visto haciendo zaping en la tele hubiera cambiado de canal. Floja. Pero me abstuve de ser sincero: los vi demasiado felices. Luego nos fuimos a tomar unas raciones a un parque cercano. Noche redonda. Lo más valioso: ver a los tuyos contentos.
Acabada la lectura de Guerra Total, la continuación según el editor, de A sangre y Fuego, de Chaves Nogales. Los cuentos “inéditos” se leen en un rato. El resto del libro es el relato de Abelardo Linares para justificar la edición. Porque en realidad estaban publicados en diferentes periódicos bajo seudónimo. No me ha gustado. Encima se me ha quedado una impronta negativa de uno de mis escritores preferidos. Hizo un artículo, el sevillano, escandalizado, contando que las tropas rebeldes habían secuestrado al hijo de Largo Caballero para intercambiarlo por JA Primo de Rivera. Y que lo iban a matar porque el gobierno republicano no iba a modificar la decisión de ejecutar al falangista. La realidad es que el hijo estuvo preso hasta mediados de los 40, luego fue liberado y se marchó al exilio con el resto de su familia. Como todo el mundo sabe JA Primo de Rivera fue ejecutado en el penal de Alicante a los 33 años. Los episodios no le llegan ni a la suela de los zapatos en la calidad de los de A Sangre y fuego. Tenía eso que no me ha gustado de la película de Nolan: una vocación de querer sobrecoger a cualquier costa.
Del epílogo: “De modo abstracto se puede argumentar que Chaves Nogales nunca fue un equidistante. En mi opinión, lo que más aproxima a la realidad de su carácter y de su actitud ante la vida es decir que en realidad, en ciertas cuestiones lo que nunca quiso ser es un ´incondicional´”. Actualmente esa incondicionalidad, quizá siempre, se ablanda con dinero.





