El comienzo del problema. Fuimos a pasar unos días a la casa que tiene mi madre en la costa alicantina. Mi madre y nosotros dos. Acompañados de mi hija con el novio, junto con la perra y la gata, que llegaron un día más tarde. Como es mi costumbre habitual me fui a caminar a media mañana hacia el sur, donde enseguida se llega a la costa murciana, separadas ambas autonomías por El Mojón, la frontera. La segunda vez que salí, el sábado del bombardeo sobre Irán, al volver desde las Salinas de San Pedro, noté que al acelerar el ritmo (suelo caminar muy rápido puesto que correr es ya a mi edad algo más violento y perjudicial) al acelerar el ritmo como digo, noté que el corazón no iba bien. Sentí una especie de burbujeo. Un plop plop desagradable que alguna vez había sentido pero de una manera breve y anecdótica. Ahora se alargaba y no remitía hasta que no aflojaba la velocidad de las zancadas. Me empecé a preocupar y mi mente comenzó a trabajar hacia el pesimismo y el desánimo. Más cuando al día siguiente se repitió la historia. Lo achaqué al estar a la altura del mar y esperé a llegar a Madrid el lunes pasado, día dos de marzo.
Al día siguiente todo se repitió. Salía a caminar y el corazón entraba en un colapso de borboteo insoportable. Tanto que por las noches, al acostarme, pensaba que el corazón, ya repartido por toda mi cabeza (física por los latidos) y mi mente (psíquica por la obsesión) parecía que iba a estallar. Estuve así toda la semana hasta el sábado 7. El sábado era ya un despojo interior aunque nadie a mi alrededor se había dado cuenta. Dejé de mirar las características de mi futuro coche. Dejé de interesarme por la actualidad. Total, ¿para qué si iba a estar muerto pronto? El sábado por la tarde salí a dar un paseo y comencé a hablar con mi mujer de las declaraciones de la renta. Dónde estaban los archivos, dónde los documentos. “Oye, que aún queda tiempo, ya la haremos”, sin darse cuenta que yo en mi interior sabía que, estaba seguro, no llegaría vivo al mes de mayo. Algo debió barruntar porque me preguntó qué me estaba pasando y entonces declaré, como declaran los criminales con un peso de culpabilidad grande, que deben soltarlo todo para quedarse ligeros, aunque eso les suponga la pena de muerte, que me estaba muriendo por tener el corazón roto. “Partío” le dije, para rebajar y embromar la inmensa pena que sentía.
Rápidamente me hizo dar media vuelta para enfilar hacia casa y preparar todo para ir a las urgencias de nuestro hospital de referencia. Todo esto os lo cuento porque lo que en verdad quería era contaros eran las historias que viví durante las cuarenta horas que estuve amarrado en la cama con cables eléctricos enfrente del mostrador del control médico. Durante esas horas, aparte de escuchar y ver historias de drama y amargura, me dio tiempo a seguir leyendo el libro de Carrère, Koljós. Qué bueno es y cuánta compañía me ha hecho. Admiro profundamente que sea capaz de hablarnos con ese desparpajo y falta de pudor hacia su intimidad, de sus familiares más directos, con esa hondura y sinceridad aparente. Pero también sin parar de avisarnos de que él está escribiendo su historia desde su punto de vista, es decir, él relata su verdad y por lo tanto está contándonos algo en el ámbito de la pura ficción. Y ya, cuando le de otra vuelta comenzaré a contaros brevemente esas historias de angustia que viví a dos metros de mi cama.
EL LEGIONARIO.
Cuando me cosieron a la cama a base de cables él ya estaba allí. Ya habían pasado la cena así que debían ser las nueve de la noche. Lo habían atado a la cama esta vez a base de cintas y se encontraba en un box cerrado a unos diez metros de mí. Enseguida entendí que no le ocurría nada físico porque la energía que demostraba su voz era inacabable. Apenas se concedía un descanso. A veces daba gritos soltando insultos tremendos: “¡hijas de puta! ¡zorras!”. Otras veces cantaba: “¡Soy el novio de la muerteee!” o el himno nacional comenzando por “Franco, Franco lo lo lo lo lo”. De ahí que enseguida le asociara yo con un legionario. Incluso una vez cantó con la potencia de un estadio lleno el himno del Atlético de Madrid.
Tenía la voz con tan inusitada potencia que a veces también me recordaba a los más insignes protagonistas del rock más duro, el metal. Smok on de wáter de los Deep Purple o Leed Zepelin en su versión más salvaje. A veces mentaba a la madre (para mal) o el nombre de algún amigo, o enemigo, diría más bien. Lo curioso del tema, lo que me preocupó al principio, es que nadie parecía reaccionar. Los pacientes nos quedábamos sobrecogidos y en silencio, cada uno con su movida interior. Y las enfermeras seguían con sus tareas como si nada. Otras veces gritaba exigiendo cosas: “¡quiero comer, joder!” o gritaba “¡quiero follar!” “¡me estoy cagando!” y comenzaba a golpear lo que sea que fuere con gran violencia. Una de las pocas veces que entró una enfermera él comenzó a insultarla: “¡me tienes hasta la polla!” y la pobre mujer (todas jóvenes como mis hijas) respondía: “pues fíjate cómo nos tienes tú a nosotras”. Pero con mucha calma y paciencia.
A todo esto ya de noche llegaron dos cardiólogos. Jóvenes, vestidos con uniformes naranjas como los de los butaneros antiguos. Me hicieron preguntas. Me indicaron cómo colocarme para el scanner. Comenzaron la exploración. Cuchicheaban entre ellos. “Ahí me descubrirán la gran lesión que presenta mi corazón” pensaba. Estaba asustado. “¿Qué se estarán diciendo?” El caso es que al rato guardaron sus cosas y me dijeron que se veía lo que ya habían leído en mi historia, esa pequeña insuficiencia en la válvula aórtica, pero que no tenía nada que ver con mi nueva dolencia. La exploración había salido normal. Normal. Nada que resaltar. Y las constantes que daban los numeritos de la máquina también eran normales. La tensión, la frecuencia (pitaba a menudo porque bajaba de la normal), la saturación en sangre. Al oir eso me emocioné. Era una muy buena señal. Pero el caso es que yo seguía sintiendo una opresión en el pecho. El legionario siguió gritando toda la noche del sábado, todo el domingo y hasta el lunes cuando me fui sin lograr verle físicamente.
Mientras tanto bajo la luz macilenta de la sala continuaba leyendo despacio el libro de Carrère:
“Françoise Sagan, como una filósofa política dijo una vez que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que la derecha dice: “Hay injusticia, y es inevitable”, y la izquierda: “Hay injusticia, y es insoportable”. Y sigue el autor: “No encuentro una definición mejor”. Añadiría yo o resaltaría más bien que queda una constante inamovible que cada uno aprovecha como mejor puede: hay injusticia.
LA JOVEN QUE SOLO QUERÍA DORMIR.
Las vi pasar por el control. La madre, muy delgada, pelo con canas, gafas. La hija, la enferma, más bajita, de unos 22 años y el pelo muy negro, alborotado, gafas de pasta de color rojo. Tenía una cara triste. Una tristeza gastada de mucho tiempo. Salieron del baño y fueron hacia la cama donde la cosieron también como a mí. Al poco llegó una doctora y le preguntó qué había pasado. Ella se quería ir. Oí que en casa se había tomado todas las pastillas que usaba la madre para dormir. Diazepan, lorezepan…, orfidales… todo lo que encontró. Le habían practicado un lavado de estómago y al observar a la madre y al padre vi que aquello no lo habían vivido por primera vez. Eran el padre y la madre seres indolentes, como a vueltas de una vida de sufrimiento con la hija. Ella empezó a llorar desconsoladamente. “Quiero irme a casa”. Tenemos que esperar a que venga el psiquiatra, decía la madre muy tranquila. “¡¡Pero yo lo que quiero es estar en mi cuarto, y lavarme. Estoy sucia y quiero estar sola, aquí no hago nada. Llevamos un montón de horas y no aguanto más!!”. Lo deberías haber pensado antes de tomarte todas las pastillas, añadía la madre impasible. La joven debió hacer el gesto de arrancarse algo porque enseguida vi pasar a la madre en busca del padre. Solo permitían un acompañante por enfermo. ”¡¡Siempre has sido una madre egoísta, estoy harta de ti, sí, vete!!”.
El padre tampoco mostraba mayor desconcierto o preocupación. Se lo tomaban como una rutina decenas de veces repetida. Al rato llegó un psiquiatra y los oí. Ella estaba al tanto de las características de todas las pastillas, de su composición, de lo que equivalían unas respecto a otras. Él le preguntó si pertenecía a un centro llamado X. Y ella le contó que no, que pertenecía a otro. A las pocas horas el médico hizo el informe y vi que se iban. Ella con la misma cara tristísima que tenía cuando la vi por primera vez. Dos camas más allá de la mía ingresaron a una señora de ochenta y tantos. Le hicieron una Eco como a mí. Tenía las válvulas del corazón en las últimas. Decía la pobre mujer que no tenía fuerzas ni para lavarse el pelo. Luego la escuché contándoselo a su hijo muerta de pena. Y pensé en la diferencia de vidas. Una mujer al final de su vida con el cuerpo gastado y las ganas de vivir. Otra, una joven con la vida por delante y con único anhelo: dormir para siempre.
“A todos los regímenes totalitarios les ronda (como solía decir mi madre) de controlar no solo el presente, sino también el pasado”.
LA FAMILIA CICLISTA.
El domingo a mediodía llegó una mujer sola en camilla. Estaba muy dolorida y me preguntaba si habría tenido un accidente de tráfico. Tendría cerca de cuarenta años. Le preguntaron si había venido sola. “No, mi marido ha ido a llevar a mi hijo y viene enseguida”. Y continuó llorando y quejándose de dolores. Pronto llegó el marido. Vino otra doctora y le preguntó qué le había pasado. Ahí me enteré bien porque la instalaron a mi lado a medio metro de distancia separados solo por una cortina blanca medio transparente. Todo transcurrió en una luminosa mañana de domingo. El papá, la mamá y el niño. Todos en un feliz paseo en bicicleta. Iban por sitios urbanos porque en un puente de madera, de esos que sirven para salvar un estanque, alguien frenó, y la mamá, al frenar también, no pudo controlar la bici y cayó desde arriba, a casi a un metro del suelo. Creía que se había tronchado una vértebra o la pelvis. En cualquier caso la trajeron en una ambulancia inmovilizada.
Lloraba y lloraba sin parar. El marido intentaba consolarla. Pronto llegó un celador para llevarla a hacerse una radiografía. Pero ella dijo que de ninguna manera. Escuché que le decía a una doctora, cuando vino a interesarse por la negativa, que desde el lunes no le venía la regla. Aquello se estaba convirtiendo en un drama en vivo y en directo. ¡Embarazada! A los diez minutos llegó la doctora con el resultado: efectivamente estaba embarazada. Más llantos. El marido también la felicitó. “Enhorabuena, cariño”. Pero ella no quería saber nada de placas ni resonancias. “No voy a hacer nada que perjudique a mi hijo, es el último que voy a tener y me da igual, es innegociable”. Intentaron que entrara en razón. Se tapaba los ojos con el antebrazo. “No, me da igual si me quedo paralítica”. Al poco se la llevaron a ginecología para que le explicaran otras opciones. Pero estaba claro que para saber si tenía algo roto lo mejor era que le hicieran una resonancia, o lo que fuera.
Cuando bajaron saqué la conclusión de que la habían convencido. Aquello tenía mala pinta. Esperaban los resultados. En otro momento llegó una neurocirujana. Una doctora muy joven y muy negra. Atractiva y seria. No la vi sonreír ni una vez. Mientras el legionario seguía gritando desde su box yo era testigo de toda clase de tragedias. Me sentí un poco impostor porque al fin y al cabo yo tampoco me sentía tan mal.
Al final llegó una doctora nueva. Les dijo que había buenas noticias. Los resultados habían mostrado un pequeño desplazamiento pero sólo iba a requerir reposo. Lloró un poco más. Esta vez de alegría y de emoción. Hasta yo me emocioné.
Al rato la ayudaron a levantarse, caminó despacio hasta el baño y recogieron todo para irse a casa. Pasaron por mi lado y los despedí deseándoles suerte. Ellos se despidieron igual. Creo que pensarían que yo había sido víctima de un infarto viéndome allí con todos los cables y sin poder moverme. En todas esas horas una madre con su hija no paraban de visitar el baño. Era exactas con la lógica diferencia de edad. Altas y atractivas. La chica, de unos veinte años, con un claro problema de anorexia nerviosa. La madre entraba con ella seguramente para evitar que vomitara. La noche del domingo al lunes fue el peor momento. Hasta las dos de la mañana no bajó la fiebre de gritos, pitidos, carreras, etc.
Por la mañana me esperaban otras pruebas. Estaba agotado. A las diez me llevaron a hacerme un tac coronario. Pero eso lo dejo para otro rato porque me tengo que ir.
Los últimos capítulos los dedica a hablar de Putin y de la guerra. Es curioso cómo se modifica las visiones a uno y otro lado. Los regímenes totalitarios modifican el presente pero también el pasado. Por ejemplo incluso para cambiar el título de cuadros. Las bailarinas rusas de Degás han pasado a llamarse las Bailarinas ucranianas.
“Occidente quiere a Rusia muerta, pero Rusia ganará como siempre ha ganado porque es la Tercera Roma y su vida es miserable pero su alma es fuerte, mientras que la vida en Occidente es agradable pero su alma es débil, degenerada, minada por los LGTBTQ, los woke, los ecologistas, los nazis y los pedófilos”.
Esto le machacan a los rusos 24 horas al día.
Al final del capítulo habla del blog de un historiador ruso que “la Rusia que quería ser la Tercera Roma, se ha convertido en el Cuarto Reich”.
LAS PRUEBAS.
La mañana del lunes me llevaron en silla de ruedas a la segunda planta. Tenían que hacerme un tac coronario. Consiste en que te meten por la vía un contraste para que la máquina, un imán gigante que te orbita por el pecho mientras la camilla acelera adelante y hacia atrás para producir una inercia, descubra si hay alguna arteria o tubería atascada. Me lo habían avisado pero cuando entra el líquido sientes un calor que va traspasando de brazo a brazo pasando por el corazón para irse después hacia abajo, hacia los genitales. Fue así tal cual. Cuando llegué de nuevo a las urgencias ya me esperaba el cardiólogo para decirme que la prueba había sido negativa, es decir positiva, es decir, normal. No se veía nada destacable. Así que nos dijo que esperáramos a que hiciera el informe para darnos el alta con las consideraciones pertinentes. Antes quiso que hiciera la prueba de esfuerzo. Quise negarme porque llevaba, le informé, más de cuarenta horas acostado. No hubo más excusas porque todos conspiraron contra mí. Mi mujer, también. Así que me volvieron a subir a la segunda planta para la prueba. Allí una enfermera me dijo que ya lo habían vuelto a hacer. “¿Por qué me suben a los pacientes con bata?” Toda la bata me la anudó en la cintura y así como un Tarzán urbanita me dispuse a hacer la prueba. Consistía en una cinta de caminar. Al principio a cámara lenta. Cada vez más rápida. Más empinada. Esperaba que me dieran esos vuelcos que tanto me habían asustado durante la semana pero todo transcurrió dentro de la normalidad y me llevó al 80 % de mi capacidad sin que nada raro pasara. Al volver a la planta el doctor ya tenía preparado todo: había salido bien pero me puso una buena cantidad de pastillas. Muchas había ayudado a prepararlas a mi madre para el tratamiento de mi padre. Como dice Carrère en su libro: se sabe el estado de un conocido por el número de pastillas que toma. De momento, espero yo, de manera temporal. Me dijo el cardiólogo que siguiera mi vida normal pero algo me dice que debo tocar el freno. En mayo prosigo más pruebas diagnósticas. Sí, me dicen que puede ser algo emocional, algo que no logro controlar por padecer algún tipo de ansiedad. No lo sé pero el caso es que mi corazón no va redondo, como se decía de los motores con las bujías mal puestas.
Acabada la lectura del libro de Carrère. Muy emocionante el final, cuando llevan a su madre a morir a un centro de cuidados paliativos. Y cómo deben decírselo a su padre después de más de setenta años juntos. “Buffón dejó escrito que las tres cuartas partes de los hombres mueren de pena”. No lo sé pero llevando en el mundo los años que llevo creo tener el conocimiento de que casi todas las vidas son la historia de un hundimiento, de un derrumbe. Volveré a Carrère. Siempre Carrère.


