A principios de este verano fuimos al Rastro y me compré un libro de uno de mis escritores preferidos, el viajero Patrick Leigh Fermor. Viaje a través de las Antillas. Un libro que pesa lo suyo, bien cosido, edición del año 1955, con muchas fotografías, pero con la manera de traducir de la época, o sea, mal: “…nuestra estancia en Guadalupe había tomado un buen sesgo”. “Explicónos que un buen tratamiento…”. Para ponerle una denuncia en la comisaría. Pero me temo que se murió hace años. El perpetrador se llamaba: Francisco Payarols. Ahora le ha tocado el turno, a la lectura. Sus páginas tienen un ligero oloricillo a tabaco.
Salen de vez en cuando referencias como las de Lafcadio Hearn, quien años antes recorrió aquellas islas del Caribe. Y también habla muy bien del Ladre Labat, un tipo religioso al parecer muy divertido y que dejaba escritas sus impresiones al estilo del señor Pepys.
En el libro de Leigh Fermor dije que hablaba del Padre Labat (1663-1738) y en el capítulo de Dominica se habla de que en una buena biblioteca encontró un libro de Rochefort, Historia Natural de las Antillas, en el cual hablaba de los caribes, de los caníbales, los cuales le contaron cómo era la carne de cada nacionalidad que se comían: “Los franceses era considerados deliciosos”, luego pone en el escalafón a los ingleses. Los más sosos, los holandeses, mientras que los españoles los pone de “correosos y tendinosos hasta el punto de ser incomestibles”. ¿No tendremos tantos males debido a la mala calidad de nuestra carne?
Al autor le encanta bucear en el lecho histórico de las tierras que visitaba y así en cuando encuentra una biblioteca bien abastecida se pasa allí las horas. De ese modo luego nos cuenta la destrucción de la capital martinica en el año 1902 por una horrible erupción volcánica. “Todos los habitantes fueron aniquilados, con excepción de un solo hombre llamado Syparis, un asesino condenado, que debió la vida a la resistencia que los muros macizos de su celda opusieron a la corriente de lava”.
“Eupepsia”, buena digestión. Otra cosa que hemos aprendido.
“Por fin vimos negros que a mi parecer son la raza mejor constituida del mundo”.
Curiosísima la historia del nacimiento de independencia de Haití. Época de Napoleón. Éste traiciona a Toussaint y lo encierra en las montañas del Jura. “Es interesante observar la constante villanía que Napoleón mostró con los negros”. Cuántas veces me habré preguntado por qué en Paris existen tan grandes construcciones en honor de Napoleón habiendo sido este un ejecutor de guerras sangrientas, invasiones, racismo, etc. Son cosas que de momento la Historia no explica bien.
Haití fue el primer país que proclamó su independencia de un país europeo. Y desde entonces no ha podido llevar peor carrera. Uno de los más recordados fue Christophe, el cual implantó una monarquía absolutista llena de una clase noble gigante. Duques, príncipes y princesas. “Cuando hace siglo y medio, lo franceses fueron expulsados, los haitianos tuvieron que empezarlo todo de nuevo, como Ligurco en Esparta”.
Luego dedica varias páginas a la magia negra, el vudú y la definición que diera el especialista Price Mars, que me ha servido para caracterizar a los nuevos socialistas llamados ahora sanchistas o, más actual, pedroplanistas. “Es un estado místico caracterizado por un delirio de posesión teomaníaca y de resquebrajamiento de la personalidad”, en mi versión dice “Es un estado místico caracterizado por un delirio de posesión sanchezmaníaca y de resquebrajamiento de la personalidad”.
A pesar de haberme molestado muchas veces aquella manera de traducir de entonces me ha encantado volver a leer de nuevo a Leigh Fermor. Habla, claro, también de la esclavitud. De las costumbres que emplea a veces el ser humano para evadirse de su miserable destino. Y qué sensible y certero es cuando lo explica: “Así, de modo semejante a los niños que con sus sillas y alfombras se construyen un mundo oscuro y secreto de libertad y recluida intimidad y pasan en él muchas horas felices, también los esclavos se iban refugiando y sumergiendo en la oscuridad, huyendo cada vez más lejos de la luz despiadada”.
El referido Christophe, viendo cómo era acorralado más y más mandó realizar un desfile lleno de pompa y circunstancia. Le había dado hacía poco un derrame cerebral y apenas podía moverse. Aún así se vistió con sus mejores galas y al ir a montar en su caballo cayó y solo tuvo fuerzas para coger su pistola y pegarse un tiro en el corazón. Con una bala de plata, decían. Se hizo llamar Jaime I de Haití.
Y sigue la historia de calamidades hasta llegar a un dato histórico de lo más anecdótico y hasta cómico. En una ocasión, a principios del siglo XX, mi siglo como si dijéramos, los EEUU enviaron a la isla de Gonave, poco más que un peñasco de Haití, a un suboficial. “Wirkus, de origen polaco y hombre de pocos alcances, fue destinado, como comandante de puesto, a la pequeña isla de Genove. Apoyándose en la similitud de su nombre de pila con el del emperador Soulouuque (se llamaba Faustin) los isleños, cediendo a las instigaciones de una inteligente Mambo, le persuadieron de que estaban dispuestos a considerarle como a su rey. Creo que llegaron a coronarle. Complacido por la deferencia, real o simulado, de que se veía rodeado, su mando fue mucho más suave que el rigor normal de una ocupación, y todo el mundo se sintió feliz. El rey blanco de Gonave murió hace pocos años (finales de los 40) y su hija es hoy la esposa del pintor Louverture Poisson”. Qué historia más bonita y quijotesca, más bien Sanchopancista.
En Jamaica, su penúltimo destino, vio fumar muchos porros. Ignorancia y fanatismo abundaban. Imagino que hasta que llegó Bob Marley. “En 1692 hubo grandes movimientos sísmicos. Algunos quedaron con el cuerpo entero encerrado en aquella súbita matriz, con sólo la cabeza emergiendo del suelo”.
La última escala la hacen en Cuba. Estuvieron pocos días pero aún así les dio tiempo a observar cómo por sus calles discurrían los padres o abuelos de la salsa.
“Ejecutaban movimientos alternantes de avance y retroceso propios de la auténtica danza negra de Cuba: La Conga. Venían a centenares, cada danzarín evolucionaba solo: tres pasos a la izquierda, parábanse con una especie de abrupto hipo coreográfico a medio compás, luego tres pasos a la derecha ¡pam! Y de nuevo a la izquierda cuando lo marcaba el conjunto de los bárbaros instrumentos. Con el crescendo de la música se agrandaba por segundos el volumen de los danzarines, hasta que, por delante de nosotros, parecían una invasión de gigantes”.
Qué pocos libros desgraciadamente me quedan leer de este autor tan encantador.


