Toda canción tiene valles y crestas. Todo poema, toda novela, toda obra de arte. Este libro de Cansinos no. Cuando uno empieza a escribir en la página en blanco comienza bien. Con cuidado, esmeradamente, con esfuerzo, apretando la lengua entre los labios y apretando demasiado el lápiz. Las primeras líneas eran perfectas, rectas, luego se iban cayendo hacia abaho y parecían juncos vencidos por el viento. En este libro de Cansinos no. Todo es florido y en las alturas.
Mientras lo leía, saturado de alturas infinitas, se me han ocurrido estas palabras: vanidad, gloria, esfuerzo, lírica, belleza, estilo, dolor de creación… así es, un Divino fracaso que no decae un instante.
El divino fracaso, libro inclasificable de Cansinos Assens que tan buena impresión causó a Jorge Luis Borges. Habla de la meta literatura y de las dificultades del artista creador. “Hay que copiar la vida tal cual es. –Hay que magnificar la vida, hacerla estética, aunque para ello sea menester desfigurarla; espejos que copian, ¿no tienen también el engaño de la lejanía? –Hay que tomar de la vida la representación plástica para un símbolo que ha de manifestarse”.
Eso sí, hay que leer muy concentradamente porque es como el elixir de lo que fue su inmenso y rico pensamiento.
Después de haber escrito esto leo en el libro de Bioy Casares sobre Borges que “Qué insensibilidad la de España: Cansinos no es un gran escritor. Son grandes escritores Miró, Azorín, Ortega. Cansinos escribió cosas malas, como todo el mundo, pero escribió cosas lindísimas. Tenía una gran sensibilidad”. Ya lo creo. Este libro está escrito con alma, como le dijo un joven crítico.
Prefiero al Cansinos de la Novela de un literato o los diarios que escribió en la triste y pobre posguerra en Madrid. Dice la contraportada que este libro es para quienes quieren experimentar intensas y asombrosas emociones estéticas. Creo que este libro cumple esa función, claro que sí, pero saturando. Es como no poder dejar de oler una profunda y exquisita fragancia. Al final no olemos nada. Sí, es prosa lírica, poesía en prosa, pero que cansa.
“Buscamos, oh amigos ya maduros en la creación estética, la fórmula del arte. ¿Cómo habría que hacer una obra perenne, definitiva, de absoluta e indiscutible belleza? Junto a mí sobre los divanes de este claro café, ante la realidad tentadora como un cortejo de bayaderas gesticulantes a la entrada de nuestro yermo arte austero, oigo a los amigos exponer sus teorías con voces tonantes que parecen avivar las luces inmóviles. –Hay que copiar la vida tal cual es. –Hay que magnificar la vida, hacerla estética, aunque para ello sea menester desfigurarla; espejos que copian, ¿no tienen también el engaño de la lejanía? –Hay que tomar de la vida la representación plástica para un símbolo que ha de manifestarse”.
Y una oda encantadora al amor por los libros, ya al final de la obra: “¡Oh libros, libros por todas partes en la casa despojada de todo ornamento!”… “Cuán antiguo este amor y cuán profundo! Los ojos se nos nublan, cuando queremos evocar su origen… Y la Hermana, mirando tanto libro en la casa vacía, tanto libro traído por mí, me dice con aire soñador: -Cuando eras pequeñito, cuando aún no sabías leer, y venías al mismo colegio que nosotras, ya tenías ese mismo amor por los libros”.
Ya esperando los diarios de los años 1945-1946.



