sábado, 2 de mayo de 2026

PATRICK LEIGH FERMOR. SECUESTRAR A UN GENERAL.


  Quedé con un amigo con el que suelo quedar tres o cuatro veces al año. Quedamos en el centro, al lado del Quijote y el Sancho Panza del parque de la Plaza de España, y sin rumbo fijo intentamos perdernos por plazas y calles desconocidas, caminando despacio, charlando, como se dice, poniéndonos al día. Enfilamos hacia el barrio de Malasaña. Bares con estilo, con sabor madrileño, con modernos bocadillos de calamares. Nos gusta hablar de libros y de la vida en general. Salió el libro que llevaba en la mochila, el del secuestro (extracción) del general nazi (anti Hitler pero condecorado por la campaña rusa) Heinrich Kreipe por parte de un comando capitaneado por el luego exitoso escritor de viajes Patrick Leigh Fermor. Le conté la famosa escena en la que ya en las montañas nevadas de Creta, huyendo de sus perseguidores, en espera de que los recogieran en la costa dirección Egipto, el general declama los primeros versos de una oda de Horacio: Recuerda Fermor: “Estábamos tumbados, fumando, cuando el general declamó muy despacio, musitando casi: -Vides ut alta stet nive candidum Soracte. –El verso inicial y parte del siguiente de una de las pocas odas de Horacio que yo me sabía de memoria. Estaba de suerte”.

“-Nec iam sustineant onus –continué yo- silvae laborantes geluque/ Flunina constiterint acuto”.

  El general se quedó patidifuso “Caramba comandante”.  Muchos años después, en 1972, en la televisión griega se provocó el encuentro entre los dos. Se llevaron siempre bien hasta el final. Dos grandes tipos unidos por la guerra. ¿Qué posibilidades había de que la guerra juntara a dos tipos que supieran a medias una oda de Horacio?

“¿No ves cómo resplandece de nieve la alta cima del Socarte

Y los bosques, agobiados por la escarcha

Apenas resisten su peso y los ríos detienen su curso

Encadenados por el hielo penetrante?”

 

  Todo esto me recordó una anécdota mía personal. Estaba en la mili y fuimos de maniobras a Córdoba. Allí coincidimos con otras unidades. Se sabe que el tiempo en el ejército se compone en su mayor parte de espera: en las estaciones de tren, dentro de un camión, tiempo de colas para comer, espera para avanzar, para descansar. En un momento determinado, para soportar el aburrimiento, me puse a silbar el Benedictus del Réquiem de Mozart, raruno que es uno, y un sargento me hizo callar para preguntar: “¿Estás silbando el Réquiem de Mozart?”, “¿lo ha conocido?” Dije yo algo mosca pero orgulloso. “Claro, cómo no voy a conocerlo!”. Y así nos pusimos a hablar del músico y de qué partes eran las que más nos gustaban. De todo eso han pasado ya más de cuarenta años. ¿Qué posibilidades había de que dos tipos desconocidos se pusieran a hablar en un campo de maniobras de Mozart?

 

  En esencia el libro es un recuerdo estirado hasta alcanzar casi las 300 páginas. Se completa con algunas de fotografías y algunos informes que realiza el autor para el SOE. Prescindibles. Pero por no se puede pedir más por cinco euros.

lunes, 27 de abril de 2026

MARIANELA. BENITO PÉREZ GALDÓS. Y VISITA A ARÉVALO


  La novela de Galdós, recién acabada, pertenece a una colección que compró mi padre hace veinticinco años. Tenía un defecto grande: no sabía decir que no, y a pesar de que nunca le gustó leer, sí compró colecciones a pobres vendedores de puerta en puerta que se iban tan contentos con su pedido. En una de ellas leí de joven Moby Dick. Jamás ni él ni nadie de la casa los abrió. Ahora me los voy llevando poco a poco con permiso encantado de mi madre. Es difícil que compre novelas ya. Creo que es un homenaje a su recuerdo. Quizá los compró pensando en mí.

  Siendo una obra menor, como dijo Vargas Llosa, apenas un cuento largo, es una de las novelas que más me está gustando del gran Galdós. Teodoro Golfín médico oftalmólogo, llega a una cuenca minera donde vive su hermano, el ingeniero, rodeado de diferentes personajes. Uno de los más interesantes, Pablo, un muchacho ciego pero lleno de bondad e inteligencia, y Marianela, la Nela, una adolescente que representa el mundo salvaje, primitivo. Y ya la tenemos felizmente liada.

  Pasamos el sábado en Arévalo, pueblo abulense y castellano donde pasó su adolescencia la reina católica Isabel. Nos dio la guía uno del pueblo que durante más de dos horas nos contó sus cuitas, las de la ciudad, porque más que pueblo tiene reconocida la calidad de ciudad. Entre otras cosas nos contó una historia de ahora, contemporánea.

  Ha expuesto un artista coreano, Young-ho-hoo una obra que consiste en lo siguiente: Ha recreado a tamaño original una estatua de la Libertad. Del mismo material pero nuevo, limpio, pulido, brillante como un sol. El original está verdoso, contaminado. Argüía el artista oriental que el original no está ni en el estado que debería ni en el emplazamiento geográfico adecuado. Por eso el artista ha troceado su obra en 365 pedazos y los ha repartido por el mundo. A Arévalo le tocó una de las puntas de la corona. Me pareció una gran obra a pesar de no haberla visto. La que sí vimos fue la obra de un artista hace poco fallecido que consiste en la elaboración de un tronco de árbol de cinco millones de años, tratado como si fuera una joya. Debe tener un metro de ancho y cuatro metros de largo. Está mineralizado y debe de pesar varias toneladas. Está colgado sujeto con delicados alambres. Está expuesto en una antigua iglesia desacralizada. “Hay que darle otras utilidades a estos edificios. En un sitio tan pequeño tenemos seis iglesias”. Sirve entre otras cosas para que alguien se ponga en un extremo y otro acompañante te haga la foto.

 


 

viernes, 24 de abril de 2026

LA ANTARTICA EMPIEZA AQUÍ. BENJAMIN LABATUT.

  Después de leer la autobiografía de Moreno Villa acabo en dos días el libro de relatos de Labatut, el de Un verdor terrible. En realidad es su primer libro publicado, La Antártica empieza aquí, reeditado ahora de nuevo a la estela de sus éxitos anteriores. Me gusta todo lo que escribe aunque de momento haya sido poco.

  Los relatos de Labatut tiene algo de inquietante. La angustia de una pesadilla. Lo terrible del ser. Hace decir a un personaje: “Toda vida, todo tipo de vida, requiere de un grado constante de violencia para permanecer en el mundo”.

  Pesadillas, obsesiones, homosexualidad insana, travestismo, deseos insatisfechos.

  “Prácticamente no dormía para poder leer y era incapaz de salir de casa sin llevar varios libros en la mochila”. Aquí me he sentido identificado. Mi madre siempre me lo recuerda: cómo puedes ir así con ese peso en la mochila.

  “Todo me parecía una pérdida de tiempo frente a la necesidad de leer y preparar lo que estaba escribiendo”.

  Espero ansioso su próximo libro.


 

miércoles, 22 de abril de 2026

VIDA EN CLARO. JOSÉ MORENO VILLA.


 

En la colección de historias y de vidas que se cuentan en el libro Las Armas y Las letras de Trapiello dice de Moreno Villa que “Pese al exilio, conoció los últimos años de su vida, al casarse, una vaga y serena felicidad. El desencanto que tras la guerra le produjeron cosas y personas jamás pasó al umbral de dos de sus libros más elegantes, ambos memoralísticos, y alguno de sus poemas más hermosos sobre el destierro”. Lo de la “serena felicidad” viene porque según cuenta él mismo en el libro, se casó con la viuda joven de un amigo en México.

  Pasó más de veinte años de interinidad en la Residencia de Estudiantes. Trabajando. Coincidió con Lorca, Dalí, Buñuel, Ortega… Le venía bien a su carácter, tímido, reservado, de diarios trámites y rutinas. “Era difícil de explicar todo lo que tenía de maravilloso aquel refugio para un carácter como el mío, ansioso de tarea y harto de esas complicaciones materiales que entorpecen tanto en las casas: luchar con la servidumbre, pagar rentas, contribuciones, luz, teléfonos, buscar lavanderas, plomeros que arreglan los baños, albañiles que quiten las goteras, oír constantemente que sube el precio de los alimentos y qué sé yo cuántas cosas más”.

  A poco no lo asesinan en el Madrid de la guerra por no tener la documentación adecuada. “Los asesinos y fanáticos en un periodo revolucionario son más terribles que los aviones y los bombardeos.  Los rayos, los terremotos y derrumbamientos no me hacen temblar tanto como una sirvienta o sirviente obtuso, bruto y lleno de vagas nociones primitivas”.

  Habla también de un encuentro con Baroja en París. 1937. “Hablamos poco, pero me dijo algo muy significativo: “Moreno, ¡qué mal hemos quedado los del 98! ¿verdad?”. Yo me contenté con abrir ligeramente los brazos, cerrar los párpados y mover la cabeza afirmativamente. Lo veía tan apocado que no quise decirle: “Acuérdese de cómo juzgaba usted a los de la Institución, cuando ocupaban puestos de gobierno. Nadie valía, para usted, y, sin embargo, actuar es mucho más difícil que sostener con la conducta lo que se sostuvo con la pluma”.

 

Sobre Lorca: “Tan vivo era este poder suyo que bastaba nombrarle para sentirse invadido de alegría musical: ¡Federico sale de Granada, mañana lo tenemos aquí!”. “Tener alma musical es ser un Don Juan del mundo, un conquistador involuntario”.

  En cuanto al arte moderno: “Lo que para Ortega fue Deshumanización, para mí fue Liberación de lo más oprimido del hombre”.

  “Benjamín Palencia se preocupaba mucho de las tierras. Se salía por los alrededores de Madrid a buscarlas como quien busca minas de oro y me las enseñaba con un entusiasmo rebosante”.

 

  “En Málaga estaban en pugna mortal las dos grandes organizaciones obreras y cada día caía un obrero de uno de los bandos. La cosa no era, pues, tan simple como se decía; no era la lucha del pueblo contra tales o cuales poderes tradicionales, sino del pueblo con el pueblo además. Es decir, que la clase baja estaba tan dividida como la burguesa, y como la militar y como la eclesiástica. Estábamos pues, en guerra civil”.

  Primero la inquietud y luego el viaje hacia Valencia donde coincidió con Machado y con su madre.  Allí se hospedan en la casa de unos marqueses y se produjo este diálogo:

  -¿De quién era esta casa?

-De unos marqueses.

-¿Eran madrileños?

-No, de Bilbao.

-Venían aquí por temporadas nada más ¿verdad?

-Sí.

-Y ahora ¿dónde están?

-Tranquilos.

-¿Pues…?

-Los matemos.

 Con ese “matemos” se puede explicar muy bien de qué estaba hecho el odio de la guerra.

 “Recuerdo aquel discurso de Indalecio Prieto asegurando que la victoria sería del Gobierno porque éste tenía el dinero. Más tarde pudo aprender que no le valía de nada, porque nadie quería venderle armas al poder legítimo”.

 

  Y qué poco sabemos de lo que seríamos, de lo que llegaríamos a hacer o no hacer de estar metido en la película de una época nefasta. “Un joven que se había pasado la vida en frivolidades se revelaba como gran militar, enérgico, sufridor y lleno de iniciativas. Otro, que al principio parecía que iba a tragarse el mundo y se agitaba como gran organizador, caía en el desprecio de las gentes y vagaba derrotado”.

  Mucho más tarde coincide en México con la que fue su amante americana. “La vi muy partidaria del comunismo: cosa que no me extrañó. Porque en los Estados Unidos pensaban así, por moda, muchos que tenían grandes cuentas corrientes en los bancos”.

  Interesantes las memorias de otro exiliado valioso.