miércoles, 18 de febrero de 2026

ISRAEL EN 1957. JOSEP PLA.


 

  Pla es uno de mis escritores preferidos. Es curioso que un tipo de la generación de mi abuelo, del Ampurdán, que es decir de la Cataluña profunda, haya podido conectar con mi sensibilidad lectora, tenga ésta el mérito que tenga. Por eso es uno de los autores de los que más libros tengo: 13. El primero y fundamental su Cuaderno Gris. Así que cuando el otro día lo vi como novedad en unos grandes almacenes de libros nuevos no lo dudé y lo compré. Es además una visión de primera mano y de un observador por antonomasia como él, esta vez sí, el de la boina, el genuino.

  Este libro es fruto de su corresponsalía en el diario Destino. En el año 57 apenas lleva nueve años existiendo el estado de Israel, en contra de muchos países muchos de los cuales era vecinos árabes. Israel es un milagro humano. Convirtió el desierto que encontró en un país agrícola e industrial de primer orden.

  La esencia del libro por tanto es ésta, consignada en la página 23: “¿Cómo es posible que puedan vivir ya dos millones de hombres y mujeres en un espacio de la tierra que durante dos mil años –u más- ha sido un desierto? Esto es lo que trataremos de explicar, si podemos”. Ya lo creo que puede.

  “Palestina fue romana, hasta que fue invadida por los árabes en 636; por las Cruzadas en 1099; por los tártaros en 1244 y por los turcos en 1516. Pero todos estos sucesivos dominios se disolvieron en el tiempo… Esta persistencia de la memoria histórica en diáspora es uno de los fenómenos más extraordinarios del proceso de la vida humana”. “El judío de la diáspora es un ser humano que se ha añorado durante dieciocho siglos”. Y empezó por el hijo de Vespasiano, Tito, que entró a sangre y fuego destruyendo el templo de Salomón en el año 70.

  El otro día se hablaba de la destrucción de las lenguas y del hecho que cada vez más se hablen menos lenguas. El hebreo ha llevado un camino inverso. El hebreo fue una necesidad práctica ante el hecho de que vinieran colonos desde todas las partes del mundo. Es un idioma difícil y entonces arcaico que hubo de incorporar nuevos conceptos e ideas surgidas en un mundo nuevo. Llegaron de Hispanoamérica, de Rusia, de Polonia, de países del Este que debieron construir una nación y para ello es imprescindible un idioma común. “En el momento del Estado israelí, la situación lingüística era la siguiente: el hebreo parecía muerto. Los judíos esparcidos por todo el mundo hablaban naturalmente la lengua de su país de residencia”.

  Hace poco comimos unos amigos juntos y uno de ellos se había criado cerca de Bilbao. Salió el tema y le pregunté si sabía vasco. “No, en aquella época estaba prohibido hablarlo en la escuela y mi familia tampoco lo hablaba”. En Israel el hebreo se convirtió en el instrumento de las escuelas. “...la experiencia enseña que las personas que hablan lenguas de alcance limitado son las únicas que hablan lenguas extranjeras”.

  Tenemos pues ya dos pilares que explican el milagro judío. Otro es la religión: “Los judíos practicantes sostienen que el judío si no es religioso deja de ser judío”. Tengo un primo hermano que no lo es pero lo parece. Vive en Londres desde hace más de una década y se ha vuelto judío practicante. Era ya una muy buena persona pero sospecho que lo es ahora aún más.

  “el estado desastroso de Palestina bajo dominación turca, fue favorable a los judíos. Debido precisamente al abandono y a la desidia en que vivía el país, el Fondo Nacional, filial de la Agencia Judía, pudo ponerse a comprar tierras a precios buenos. Si no hubiera sido por esto, ¿se hubiera podido empezar siquiera la colonización de Israel?”. El principio de esas fórmulas, de ese éxito fue esta: “a cada uno según su capacidad; a cada uno según sus necesidades”. 

 “Para Israel esta parte del país (se refiere a la frontera con la franja de Gaza) fue siempre peligrosa, porque a través de sus soledades se infiltraron, por ella, muchos terroristas de la zona de Gaza. Estas infiltraciones –me dice el doctor Gungenheim- son imposibles de prevenir en los espacios despoblados y solitarios. En estos espacios se puede robar, matar, saquear impunemente. Es facilísimo colocar minas en el suelo de los caminos y de las carreteras primitivas. Las incursiones en tierras colonizadas son ya mucho más fáciles de prevenir por la misma densidad humana que las habita. En el pavimento de una carretera asfaltada es imposible colocar una mina. El hoyo se descubre a simple vista”. De aquellos polvos, polvos de odio, estos lodos.

  Las muertes que como la economía crecen: “Los papeles de la ONU demuestran, en efecto, que por cada dos muertos que se producen del lado israelí en la frontera los fedayines tienen seis muertos”. En la reciente guerra producto del mayor atentado terrorista de su historia el número ha aumentado en proporción más de lo deseable.

  Y qué verdad tan incómoda: “Los árabes de Israel son los únicos que existen en el mundo que gozan de auténticas libertades políticas”.

  En alguna parte leí que no hay nada más infalible para derrotar un ejército que darle cincuenta años de paz. En Israel siempre habrá tensión. Una situación que “hubiera sido capaz de romper los nervios al elefante más conspicuo”. Porque de ello depende su supervivencia como pueblo, como nación, como estructura humana. Es una cuestión de vida o muerte. Y han demostrado que poseen sobre todo una cualidad: la inteligencia.

  Después de setenta años, desde que se escribieron estos reportajes hasta ahora, el problema subsiste. “El primer ministro de Irak, Pachá al-Said, deán apocalíptico, declaró al principio de la guerra árabe-israelí: Arrasaremos el país con nuestros fusiles y destruiremos todos los lugares donde los judíos busquen refugio. Los árabes deben mantener a sus mujeres y a sus hijos al abrigo mientras dure el combate”. Y ahí seguimos.

  En cuanto a su éxito económico una pincelada: “La planificación obedece a la utilidad. Y esto es un aspecto curioso de la economía de Isrel: la convicción de que las instituciones socialistas solo pueden ser eficaces y útiles si son dirigidas, con el criterio de la economía individual”. Allá son listos.

viernes, 13 de febrero de 2026

EL FUEGO. HENRI BARBUSSE.

    La lectura de El Fuego, de Barbusse. A lo largo de los años me he ido encontrando a autores que han hecho referencia a este libro testimonial sobre lo que fue la guerra de trincheras en la I Guerra Mundial. Recuerdo a Baroja, a Stefan Zweig, Azaña, Sénder, Orwell, etc. Algunas veces intentaba dar con él en las librerías pero con nulo resultado. El caso es que estas pasadas navidades lo pedí como deseo. Y aquí lo tengo: Editorial Montesinos, 309 páginas del año 2009. El libro fue escrito con los campos aún sembrados de cadáveres y heridos: 1915.

  El libro, la novela, es ciertamente el ejemplo de texto antibélico. No hay nada heroico, nada destacable a no ser la de una carnicería insoportable. Dos países en guerra es más un suicidio que una lucha.

  El equilibrio entre varios millones de soldados entre uno y otro bando trajo consigo la parálisis de los frentes y la construcción de trincheras de varios miles de kilómetros. Y eso consume muchos cuerpos humanos, muchas vidas, muchas historias. Soldados y civiles sacados de sus vidas para alimentar la máquina. “Sería un crimen mostrar el lado hermoso de la guerra”.

 

  En una escena pasan hacia las trincheras después de un descanso en el miserable pueblo y por los carretilleros que trajinan con los cadáveres. Y hace una descripción de algunos: todos con sus muecas y desfiguraciones distintas. También se ven cartas que han caído de las ropas, enganchadas al viento por el barro. “Querido Henri, ¡qué buen tiempo hace el día de tu santo! El hombre está tumbado boca abajo; tiene la espalda rota hasta las nalgas por un profundo surco; su cabeza está medio vuelta hacia atrás; se ve su ojo reventado y, en la sien, la mejilla y el cuello, ha crecido una especie de musgo verde”.

 Me llamó la atención que empleara el término “cierzo” para referirse a un viento crudo, frío, propio más de Aragón, del valle del Ebro que a una región determinada de Francia. Pregunté a Geminis y me contestó que había sido una licencia del traductor para no tener que meter en español una expresión francesa que se hubiera entendido peor para un lector en español como yo. Por cierto que el traductor se llama Carles Llorach.

  “Muchos hombres que se abandonan al pasado al pasado y lo primero que hacen es ponerse a hablar de lo que comían”.

 

 “-Yo soy alcalde en mi pueblo –cuenta uno de los que están sentados- pero cuando vuelva nadie me reconocerá, de tanto tiempo que he estado triste”.

  Creo recordar que es Otto Dix quien tiene un dibujo donde se ven varios soldados embutidos debajo de tierra en huecos prácticamente del tamaño de sus cuerpos. Apuntan con sus fusiles a las paredes de barro. Más abajo esqueletos descansan portando sus armas y sus cascos. “En esos desolados agujeros en el suelo, los hombres inclinados con respeto ante esas bagatelas insignificantes, sin valor, tan pequeñas que la mano callosa las sostiene con torpeza y que fácilmente deja caer, parecen aún más salvajes, más primitivos y más humanos que en cualquier otro momento”.

 

  Como entretenimiento a veces pasaban el tiempo viendo deambular el vuelo de los aviones. Aviones de madera, hierro y tela que milagrosamente que no caían. Nada premonitoria pues el siguiente diálogo.

  “-Esas máquinas, nunca serán prácticas, nunca.

-¿Cómo puedes decir eso? Se han hecho tantos progresos y tan deprisa…

-Sí, pero el progreso se parará aquí. Nunca se conseguirá ya nada mejor nunca”.

  Se habla como nota a pie de página de las “madrinas”, mujeres que adoptaban a un soldado y mantenían correspondencia con él e incluso quedaban para verse en los permisos por ser de gran valor de aumento de la moral. Tener un incentivo para seguir viviendo. “Y nosotros vivimos frente a estos muertos, allí amontonados como leña viviente Para una hoguera”.

  A veces tiene un lenguaje terroríficamente poético. Se cuenta cosas de horror de manera bonita.

  Y las ratas inevitables en las guerras. Cuando el hombre entra en miseria aparecen las ratas en masa. Cuanto más hombres más ratas. “Siempre verás ratas muertas, quizá envenenadas, cerca o encima de cada cadáver. Mira, este pobre compañero nos va a enseñar las suyas. Con el pie levanta el cadáver aplastado y, en efecto, hay dos ratas muertas allí enterradas”.

  Y el agua que tanta actualidad despierta estos días, fuente de vida que se convierte a veces en sufrimiento. “Durante una época había creído que lo más infernal de la guerra eran las llamas de los obuses. Luego, durante mucho tiempo pensé que era asfixiarse en los sótanos que sin parar se derrumbaban sobre los soldados. Pero no, el infierno es el agua”.

  “Olvidé también mis sufrimientos de la guerra. Somos máquinas de olvidar. Los hombres son seres que piensan un poco y que, por encima de todo, olvidan. Eso es lo que somos”.

 

  “En los libros se aprenden las cosas pequeñas, no las importantes”.

domingo, 8 de febrero de 2026

EL MÉDICO RURAL. FELIPE TRIGO. Y EL BOINISMO.


  De Felipe Trigo no me entusiasmó la lectura de su obra más difundida, Jarapellejos, pero esta me ha gustado mucho, El médico rural. Le seguí el rastro durante años. No sé por qué me gusta la obra que escriben los médicos sobre su experiencia. Este mismo, Trigo, cuya labor médica se desarrolla en Extremadura y posteriormente en Filipinas como médico militar. Miguel Torga, lo mismo pero en el campo de Portugal. Escenas de la vida de un médico de Fernando Namora, libro al que le sigo la pista también desde hace un tiempo. Las experiencias del neurocirujano Henry Marsh, Ante todo no hagas daño, divertidísimas e… inquietantes, Chejov, Conan Doyle, y cómo no, El árbol de la ciencia del médico triste: Pío Baroja. 

  En una mañana de noviembre pasado, después de una exposición, encontré una librería de viejo en la zona de Antón Martín y, claro, entré. Pregunté si lo tenían y lo tenían: edición de Taurus del año 1978. Siete euros.

  Y qué pena da leerlo. Sé que la carrera de estudiante en Madrid estuvo salpicada de borracheras, juergas con amigos, pensiones de mala muerte, amores prohibidos y hasta un traslado a Sevilla por ver si se regeneraba. Luego mal número para elegir plaza teniendo que aceptar una en un pueblo pequeño ya con mujer joven y una hija. La novela es autobiográfica. Una España atrasada de finales de siglo XIX y principios del XX, donde la ignorancia y el atraso mandan. Enseguida le llegan los primeros casos y las primeras frustraciones. No saber qué hacer, el síndrome del impostor. Tener que tratar con el barbero, ignorante pero sabiondo y charlatán. Ver la impotencia de no poder curar a la señora que se muere ante sus ojos afectada de una parálisis, sin métodos para el diagnóstico, el de un niño afectado de “escrófula”, me acabo de enterar, afectación de los ganglios linfáticos pero con otras acepciones negativas de carácter. Con el ojo infectado y con glaucoma si poder enviarlo a un especialista porque entonces no había cómo. Qué atraso. Otro de los motivos que encontró Brenan en su Laberinto español para intentar explicarse los motivos de la Guerra Civil.

 

  “aquel recelo sincerísimo tenía por fundamento la escasa fe de Esteban en sí propio, en su aptitud para ejercer la profesión”.

“Triste, muy triste, Esteban íbase acercando al pueblo, especie de infierno en cuya árida fealdad se contenían toda la suciedad y toda la ignorancia”.

  Las quejas de su marido que debió padecer su mujer, jovencísima esposa allí metida entre las paredes de establo de un pueblo pequeño. “-¡Mora, Jacinta, no sé nada! ¡Nada!- acababa por confesarla, en una explosión de llanto-¡Se muere esa mujer, y no puedo ni saber de qué se muere!”.

  Todo esto y su posterior experiencia en Filipinas de donde casi pierde la vida seguro que ayudó a terminar con su vida en Madrid con poco más de cincuenta años. Demasiado para un alma sensible.

  Y qué párrafo más precursor: “”Miro los libros, los inútiles libros que yacían en el estante como otro sarcasmo bien feroz, y vio cerca de ellos la escopeta; le recorrió un espasmo: ¡su única resolución de dignidad, tal vez sería matarse!”.

  A veces relata escenas médicas que sólo podría haber escrito alguien con experiencia médica como cuando cuenta un parto complicado. Es angustioso solo de leerlo.

  Ahora a buscar (sin prisas) sus libros sobre su formación en Madrid y sobre la vida crápula en la capital.

    Siguen los ríos de tinta en el caso Uclés. El boinismo como movimiento literario. Mi poema explicativo, que no artístico.

David Uclés es un escritor de Jaén, para más señas ubetense

que ha vendido a miles, Casas Vacías, Penínsulas y Ciudades muertas,

bocas y chanclas  pero no le da para comprar en el Retiro, en Sol o en Malasaña,

un apartamento, una chabola, un loft, un palacio o un chalé.

Y lo dice él, la presidienta, Pérez Reverte y hasta el médico forense.

Defiende que la guerra no la perdimos todos

Pero sí que los dos bandos la perdieron, y así, ¡hala! se fue de la ponencia.

Que la ganó de mala manera un dictador, la guerra

Que duró hasta su muerte y aún más allá, hasta la primera huelga general.

Y lo dice él, que a Reverte, el ponente, no le guarda rencor.

Ahora ataca de nuevo con la novela del Nadal

Inspirada en la Barcelona del apagón y ¿del procés?

Sacando Barcelona completa, a Marsé, a Laforet, a Casals,

¿a Labordeta?, a los olímpicos Mercury, el del arco de fuego y la Caballé

Y lo dice él, su boina con la cuerda guita, un contrapeso popular de Juan del Val.