jueves, 30 de enero de 2020

OPEN. ANDRE AGASSI.



  Hasta las últimas páginas de estas interesantísimas memorias no se sabe que las ha escrito al alimón con un profesional, un escritor llamado J.R. Moehringer y que fue elegido porque Agassi leyó The Tender Bar y tanto le fascinó que lo llamó, hablaron durante infinidad de horas, lo grabaron y de todo ese material salió este libro. Ni que decir tiene que ya lo tengo en la cesta de deseos de Amazon para cuando le llegue el turno.
  A pesar de que en alguna ocasión confiese el tenista que leía y que le gustaba escribir las cosas que le pasaban, no cuadra que escribiera tan bien.
  Uno puede sentir lo duro que es ser un tenista profesional. Yo soy un gran aficionado al ciclismo pero por nada del mundo hubiera deseado ser un profesional: los viajes, el sacrificio de las comidas (creo que sería de lo peor), los entrenamientos brutales, etc. Para Agassi eso no fue un problema porque desde su más tierna infancia todos esos “problemas” se los resolvió su padre: sencillamente no podía decir que no. Describe los antecedentes de su familia paterna, originaria de Irán. Un padre tirano que intentó lo mismo con sus tres hijos pero que sólo con Agassi encontró esa mezcla de sumisión y rebeldía que lo convertiría en un número uno.
  El estilo es directo y aunque se podría decir que mantiene el orden cronológico sí que tiene trucos narrativos para hacer retroceder al lector desde el suelo de una habitación justo antes de un partido importante, por sus dolores de espalda, hasta la sucesión de grandes campeonatos.
  Muy interesante la determinante obsesión de su padre para tener una pista en casa creando a su vez una máquina expulso de pelotas (el dragón) para que su hijo, desde apenas los tres años se acostumbrara a los raquetazos, miles de raquetazos al día.
  Sus primeros campeonatos en la ciudad de las Vegas, los primeros fuera de su ámbito, la escuela de internado donde tantos campeones han tenido que sufrir; los viajes interminables.
  Y por qué no, sus historias de amor. Poco después de hacer El Lago Azul Brooke Shields, bueno, diecisiete años después, pero qué guapa estaba, se casaron aunque era un matrimonio abocado al fracaso: ella vivía en Los Ángeles y él en las Vegas y encima estaban viajando cada uno por su lado.
Se casó con la ex tenista Steffi Craf.
  El tenista, después de una vida atormentada de tenis “detesto el tenis, lo odio con toda mi alma, y sin embargo sigo jugando” logra alcanzar su meta: abrir una escuela para niños medio desamparados dándoles una oportunidad y una educación que él mismo echaría tanto de menos en su época adulta. Vivir con su mujer y sus hijos. El mayor es ya un joven mezcla perfecta de sus progenitores y que juega en la liga universitaria de de beisbol.
  Desde que se publicó en España, hace seis años, siempre he leído entusiastas reseñas en diferentes periódicos. Esta es una reedición en pasta dura a un precio más que interesante: 12.90 euros. Me gusta de vez en cuando leer libros sobre deportistas. Cómo olvidarme del libro de David Millar y su carrera de ciclista dopado. Y éste está muy bien escrito también. Espero que el de Moehringer, su coautor, me guste tanto. Bien es verdad que, según cuenta Agassi, no quiso aparecer en las portadas porque, como le confesó, esa era una vida por escrito y era su vida.

domingo, 26 de enero de 2020

LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE. CAMILO JOSE CELA.



Mi hija me pidió que se lo comprara porque se lo habían exigido en el curso: último del bachillerato. Casi nunca estoy de acuerdo con los libros que les obligan a leer en el colegio. Diecisiete años no es la mejor edad para leer el Quijote, el Poema del Mío Cid, El Emilio de Rousseau, que le acabo de comprar también hace unos días, aunque lo vaya a leer también yo cuando le toque. Ya se sabe, esas buenas discusiones sobre que el hombre nace bueno y la sociedad lo malea o nace malo y la educación lo hace bueno. En fin que yo creo que con este de Cela sí que han acertado porque es un libro corto y tremendo, de hecho con esta novela se inauguró, poco después de la Guerra Civil el tremendismo que tantos seguidores creó. Yo lo he leído en dos días y me ha gustado. Si no fuera por estas cosas del colegio nadie o casi nadie leería ya a Don Camilo.
  La historia, propia de la España profunda, se desarrolla en un pueblo de Extremadura y dentro de una familia llena de seres primitivos, amargados, ignorantes, atrasados, en algunos casos bestiales.
  Pascual narra su vida mientras pena en una cárcel a la espera de su ejecución. Su padre muere alcoholizado, a su madre la mata, a la que va a ser su mujer la viola en el entierro de su hermano, deficiente mental que ha fallecido ahogado en una tinaja de aceite y, después de una bronca de bar, mata a un convecino por quítame allá esos cuernos.
  “Yo señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”. Así, con estas palabras de confidencia dolorida comienza esta novela. Y es que, ¿cómo sería cualquier ser humano si tuviera que vivir rodeado de ese atraso, ese deambular por una tierra pobre, esa suciedad de almas, de unos parientes que no van a ser capaces de mostrar el más mínimo sentido del amor?
  Yo creo que cuando me tocó hacerlo, también debí leer esta novela en el colegio cuando tuve su edad, la de mi hija. Claro que no recordaba casi nada. Si acaso el tufillo de tremendismo, como he dicho, que destila la novela. Así que ahora, el leerla por el simple deseo y gusto por leerla, hace que uno la disfrute más.  
 

lunes, 20 de enero de 2020

MARRANADAS. MARIE DARRIEUSSECQ.



  Este libro lo compré en El Rastro, cómo no. Cada vez compro más allí, ya sea nuevo, la menor de las veces, o de segunda mano, como es el caso. Todo un Anagrama a dos euros, en buen estado, había que darle una oportunidad. A la autora, una joven francesa cuando lo publicó, no la conocía. No me extraña. En la contraportada, como es normal en esta editorial, después de la reseña, las críticas de varios medios de comunicación, siempre elogiosas claro está. “Una fábula radical y feroz sobre nuestra parte animal”, “Es atroz, innoble, sangrienta, pero de un humor negro envolvente…”. Y sí, hay que leer también estas cosas para darse cuenta del camino que hemos recorrido. Antes, o justo cuando comenzaba la era de las redes sociales. Aquí se puede columbrar cómo funcionaba el mundo editorial con el periodístico y con el de los críticos a sueldo. Algo parecido pasó aquí en España con un tal Rodrigo Avia, hijo de, que presentó una novela infumable y a la que dedicaron unas críticas sangrantes por lo buenas y desmerecidas.
  Esta novela podría haber aparecido en un instituto de parte de una adolescente un poco trastornada como trabajo de redacción en un fin de semana de invierno aburrido a más no poder. Y digo una porque es una chica. Hubiera dicho uno si se hubiera tratado de un chico.
  La novela no hay por dónde cogerla. Es mala de atar. Bochornosa. A uno le entran ganas de llamar a la editorial y preguntar cómo pudieron hacer una cosa así. Claro, el bombazo en otros países, derechos, venta asegurada… y luego la crítica más demoledora: la del boca oreja, que estoy seguro que no fue tan benevolente. Es mala, de lo peor que he leído en décadas. Pero es que dice que se han vendido 120.000 copias!!! ¿No será como aquella vez en la que alguien con dinero compra unos cuantos cientos para encumbrarlo en la lista de los más vendidos? No puedo entenderlo.
  En resumen, es una mala copia de la Metamorfosis de Kafka pero lavado en legía. Es decir, sin color, sin olor, sin gracia, aburrida. Una chica mona que trabaja en una perfumería de alto nivel que va cogiendo michelines y se va convirtiendo en una cerda, una marrana, de ahí el título. En la contraportada sigue: “fábula a un tiempo cándida y violenta”. Es un claro eufemismo para decir que es una chorrada con el apellido de violento para atrapar a más incautos como yo. Menos mal que han sido solo dos euros. Más le he dado al guitarrista del metro que hacía unos solos de Dire Street dignos del mismo Knophler. “Alegoría apenas futurista de la vida en cualquier ciudad europea”. Madre mía, qué chorradas tiene que leer uno.
  En fin, poco gasto y mucho aprendido: no comprar nada que no esté avalado por la experiencia, que ya va siendo añosa.

viernes, 17 de enero de 2020

Julio Llamazares. Tras-os-Montes.



  En la Cuesta de Moyano lo veo enseguida. Está forrado en plástico transparente. Cuando salió, allá por el 98, me dije que alguna vez lo leería. Pero ya se sabe que poco es lo que duran las novedades en los estantes de las librerías. Cinco euros, editorial Alfaguara. El libro, de viajes, se lee muy bien. A uno enseguida le entran ganas de echarse a la carretera y recorrer los mismos caminos, visitar a las mismas ciudades y pueblos, recorrer los mismos parajes, comer en los mismos restaurantes.
  Llamazares ha elegido emplear la tercera persona. A mí no me gusta, porque prefiero el estilo directo de la experiencia cercana que da la primera persona del singular. El se refiere constantemente al “viajero”. Es lo único que me ha molestado. La región está en el norte de Portugal y cercana casi siempre a la raya con España. “Es posible que esta vieja región histórica sea la más atrasada de la Europa civilizada, junto con las zonas más remotas e islas de Grecia y el interior de Cerdeña, Sicilia, Yugoslavia”. Así lo recuerda de algún autor, del que se habla de vez en cuando: Torga, Saramago… ¿Por qué en casi nunca vienen en los libros de autores españoles un índice de nombres al final? Ahora me ahorraría buscar alguno más del que no recuerdo el nombre.
  BraganÇa, Tuela, Vinhais, rebordelo, Aquae Flaviae, Chaves, Támega, Vidago (con la descripción de ese hotel tan encantador), Mirandela, Cavaleiros, Sendim… Pueblos que a partir de ahora no me sonarán a gallego sino a tierra pobre portuguesa pero humana, cercana.
  El viaje se hace en coche en  agosto del año 95. Hay, cómo no, muchos incendios. ¿Hasta cuándo aguantarán los bosques estas temperaturas, estos infiernos de todos los años.
  En fin que me ha gustado mucho y que Julio Llamazares es uno de los mejores prosistas de los vivos y que no se muera nunca. Ha publicado no hace mucho uno sobre catedrales. A ver si lo sacan en bolsillo y lo compro.

lunes, 6 de enero de 2020

Cuento (triste) de Cabalgatas.



 Enfrente de nosotros, en el vagón del metro, hay sentada una pareja con un niño. Ella tendrá unos cuarenta años; él un poco más. El niño unos siete u ocho. Es la hora en la que se han disuelto las cabalgatas y donde los niños se van a casa a cenar y a intentar dormir pronto. El niño solo habla con el padre. Ella está como ausente. Está un poco pasada de kilos y lleva una ropa casi de andar por casa. El pelo deslucido, unas zapatillas baratas y demasiado gastadas. Lleva una mochilita con el eslogan de una empresa que ya no existe. Él va mejor. Buenos zapatos de ante, un pantalón de pinzas, un buen abrigo, el pelo bien cortado. El niño está nervioso y parece feliz. Lleva un globo transparente que es a la vez una pelota porque se puede botar. El padre le ordena: “¡deja ya la pelota!” El niño obedece cohibido. En la parada de un barrio obrero el padre le dice a su hijo: “dale un beso a tu madre”. El niño la abraza sin ningún entusiasmo. Ella igual, apenas le aprieta un hombro con su mano regordeta; parece un abrazo de compromiso. El padre coge la mano de su hijo y enfilan a la puerta de salida sin mirarla ni una sola vez. Espero que ella se levante y vaya con ellos pero se queda sentada. Salen, las puertas se cierran, caminan por la estación y el niño mira hacia donde está su madre mientras el convoy arranca. La madre no se vuelve. Ni siquiera toquetea un móvil como casi todas las personas que tenemos alrededor. Sólo en una milésima de segundo su mirada se cruza con la mía. Luego vuelve a bajar los ojos. A la parada siguiente la mujer sale y mi mujer y yo nos miramos. Acabamos de presenciar una de las escenas más tristes de todas las navidades. Especulamos: yo creo que ella va a trabajar a una empresa de esas que entras por la noche. Mi mujer no lo cree. Va quizá a dormir a una casa sola. No, a casa de sus padres ancianos porque no debe tener dinero para mantenerse.
  Mi mujer me comenta que los psicólogos de los niños cuyos padres se están separando o se han separado, aconsejan a éstos que vayan juntos a la cabalgata para que el niño no sufra la ausencia de alguno. Creo que no es bueno eso tampoco. El niño, entre los pajes, los patos, los camellos, los caramelos, los Reyes y las carrozas vislumbrará quizá demasiado pronto, observando la cara triste de sus padres, que la vida no es como a él le parecía.