Termino las memorias de Alfonso Guerra. Dejando atrás los vientos. Publicado hace veinte años, que no es nada. Lo último que escribe: Una vez que dimite de sus responsabilidades en el ejecutivo, en 1991, dice: “Volví al despacho en Madrid para recoger mis objetos personales, entregar a Patrimonio los reglaos recibidos durante mi etapa de vicepresidente y recibir la última visita en mi condición de gobernante”.
Qué diferencia de comportamientos entre los socialistas de antes, los fachas de ahora, y los socialistas de ahora, sanchistas de siempre, que dicen tener poco y estar dispuestos a dar mucho.
También cuenta que en uno de los primeros veranos a Felipe González, al principio del libro, se le ocurrió hacer unas jornadas a bordo de la embarcación Azor. La que fuera durante años la plataforma desde la que el Generalísimo hacía sus pescas. Guerra se lo desaconsejó. Efectivamente fue muy criticado. Al final se subastó y estuvo como parte del decorado de un restaurante en el borde de un lago. Luego un artista lo compró e hizo una escultura que depositó en un museo, en Cáceres.
De Guerra tengo un recuerdo de ser un político sobre todo ameno, entretenido. Sus apariciones en la prensa o en el Congreso se dejaban ver. Había siempre un punto de algo inesperado. Quiero decir que no era previsible como los políticos de ahora. De algo le servía venir del mundo del teatro. Era como un actor pero bueno.
Dice en la página 75 que cuando llegaron al gobierno casi nada funcionaba. Lo que sí: La Guardia Civil.
Y un consejo que le dio Olof Palme, ir despacio. Sin prisa pero sin pausa: “Hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. Porque tenemos tanta prisa, porque sabemos que hay tantas cosas que hacer para cambiar el mundo, la sociedad… Pero si tenemos demasiada prisa, lo perdemos todo”.
Las rajadas de diferentes ministros. No le gustaba Semprún. Un intelectual poco trabajador y pendiente del tema de las televisiones privadas, entonces solo existente en los proyectos: Solchaga, un economista liberal. Y Boyer: “Mi reflexión personal es que Boyer hubiese sido un excelente presidente de un gobierno conservador”.
El tema de ETA por el que pasa sin mancharse excesivamente de polvo: “El gobierno entablaría conversaciones con ETA sobre la firmeza de no introducir ningún asunto político en ellas: fin de la violencia a cambio de un tratamiento menos riguroso de los presos, aunque siempre dentro de la legalidad”. Qué cedió en su día ZP? Me lo puedo imaginar viendo cómo hoy se nos presenta el panorama. Sí, no hay atentados pero quizá ellos vieron cumplidas todas sus exigencias.
En fin, una lectura muy interesante de un político que sabía leer y sabía escribir. Qué menos.

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