Quedé con un amigo con el que suelo quedar tres o cuatro veces al año. Quedamos en el centro, al lado del Quijote y el Sancho Panza del parque de la Plaza de España, y sin rumbo fijo intentamos perdernos por plazas y calles desconocidas, caminando despacio, charlando, como se dice, poniéndonos al día. Enfilamos hacia el barrio de Malasaña. Bares con estilo, con sabor madrileño, con modernos bocadillos de calamares. Nos gusta hablar de libros y de la vida en general. Salió el libro que llevaba en la mochila, el del secuestro (extracción) del general nazi (anti Hitler pero condecorado por la campaña rusa) Heinrich Kreipe por parte de un comando capitaneado por el luego exitoso escritor de viajes Patrick Leigh Fermor. Le conté la famosa escena en la que ya en las montañas nevadas de Creta, huyendo de sus perseguidores, en espera de que los recogieran en la costa dirección Egipto, el general declama los primeros versos de una oda de Horacio: Recuerda Fermor: “Estábamos tumbados, fumando, cuando el general declamó muy despacio, musitando casi: -Vides ut alta stet nive candidum Soracte. –El verso inicial y parte del siguiente de una de las pocas odas de Horacio que yo me sabía de memoria. Estaba de suerte”.
“-Nec iam sustineant onus –continué yo- silvae laborantes geluque/ Flunina constiterint acuto”.
El general se quedó patidifuso “Caramba comandante”. Muchos años después, en 1972, en la televisión griega se provocó el encuentro entre los dos. Se llevaron siempre bien hasta el final. Dos grandes tipos unidos por la guerra. ¿Qué posibilidades había de que la guerra juntara a dos tipos que supieran a medias una oda de Horacio?
“¿No ves cómo resplandece de nieve la alta cima del Socarte
Y los bosques, agobiados por la escarcha
Apenas resisten su peso y los ríos detienen su curso
Encadenados por el hielo penetrante?”
Todo esto me recordó una anécdota mía personal. Estaba en la mili y fuimos de maniobras a Córdoba. Allí coincidimos con otras unidades. Se sabe que el tiempo en el ejército se compone en su mayor parte de espera: en las estaciones de tren, dentro de un camión, tiempo de colas para comer, espera para avanzar, para descansar. En un momento determinado, para soportar el aburrimiento, me puse a silbar el Benedictus del Réquiem de Mozart, raruno que es uno, y un sargento me hizo callar para preguntar: “¿Estás silbando el Réquiem de Mozart?”, “¿lo ha conocido?” Dije yo algo mosca pero orgulloso. “Claro, cómo no voy a conocerlo!”. Y así nos pusimos a hablar del músico y de qué partes eran las que más nos gustaban. De todo eso han pasado ya más de cuarenta años. ¿Qué posibilidades había de que dos tipos desconocidos se pusieran a hablar en un campo de maniobras de Mozart?
En esencia el libro es un recuerdo estirado hasta alcanzar casi las 300 páginas. Se completa con algunas de fotografías y algunos informes que realiza el autor para el SOE. Prescindibles. Pero por no se puede pedir más por cinco euros.
