Más de mil cien páginas. He llegado como un náufrago a la orilla
después de estar toda la noche luchando. Más de quince días de intensa lectura.
Este hombre, magnífico periodista y escritor, magnífico especialista en la
Revolución Francesa y tantas otras cosas, parece haber estado allí, husmeando
entre todos los protagonistas de la Convención entre jacobinos, girondinos,
saint-culottes, etc. Vi en video de Pedro J. en el cual enseñaba una vitrina
con la primera edición de la Enciclopedia.
Se habla de una infinidad de personajes pero
nunca da la sensación de estar leyendo una novela, que no lo es. Es como un
ensayo histórico o como un gran reportaje de periodismo si al director no le
importara perder al mejor durante cinco años.
Por ejemplo, se habla de un personaje curioso: el español José
Marchena: pequeñajo, feo, contrahecho, sucio, pero con una gran cultura y
determinación, que fue a Francia a maquinar contra España para llevar allí, a
España, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Siempre me he preguntado de
qué lado hubiera estado yo: no, no soy religioso así que no habría estado con
la iglesia, pero no me gusta que un país extranjero nos toque esos mismo
cataplines. Al fin y al cabo el rey francés era pariente del nuestro. Y si con
el absolutismo ya había crímenes y arbitrariedad no te quiero contar qué se lio
con los tejemanejes revolucionarios. Aquello se parecía a la peli de Los
Inmortales, todo el mundo cortándole la cabeza al de al lado.
Los hijos de la Revolución enseguida comienzan
a autofagocitarse en una locura de muerte y destrucción. Unos pretendían desmembrar a la patria, otros
centralizarla, otros marcar cada precio por ley, otros mandar con más
componentes, otros con menos. El pecado de federalismo se podía pagar con la
guillotina.
“para que la fuerza se apoye en la ley, es
preciso que la ley pueda primero apoyarse en la fuerza”.
También habla de un personaje curioso. Una
joven nacida en Carabanchel, “hija del fundador del Banco de San Carlos, el
industrial y financiero natural de Bayona Francisco Cabarrús, Teresa”. La mandó
a Francia a casarse con un poderoso parlamentario. Ella tenía catorce años.
“Danton, al anunciar a Europa que intenta
recuperar la herencia de Carlomagno, crea tal vez a Napoleón”. Esta frase
estaría bien traída por ver qué personaje va a crear Donald Trump.
“Cuando se comienza una revolución es preciso
estar listos para subir al patíbulo”. Por eso como recordaba Trapiello en un
libro suyo, los más beneficiados de las revoluciones son siempre los rezagados.
Hablaba, “se comportaba como un volcán
cubierto de nieve”.
Especialmente me han gustado las páginas
dedicadas técnicamente al funcionamiento de la guillotina. Se preguntaban
muchos ciudadanos, cirujanos, carniceros, si la cabeza seguí produciendo
pensamientos. “Pienso, pero no existo”.
También
existían los bulos. En un periódico se publicó que un inglés, admirador de la
Revolución, se suicidó al comprobar el triunfo “de la imbecilidad y de la
inhumanidad sobre el talento y la virtud”. En realidad se había herido con un
cuchillo y estab vivo y coleando.
También se describe con detalle el eterno
problema que han tenido todas las revoluciones en cuanto al reparto de las
tierras para que se produzca más justamente, y cómo compatibilizarlo con las
reclutas de los soldados que tienen que ir a proteger las fronteras. Aquí en
nuestra guerra también nos dimos cuenta del problemón.
El libro está editado a capricho. Nievo creo
que costaba cerca de cuarenta euros pero a mí me costó quince en la feria del
libro de Recoletos. Precioso, como si Pedro J. hubiera tenido toda la
influencia del mundo en la mejor editorial del Planeta.