martes, 4 de octubre de 2011

El crimen


Dos amigas, un negro, y el novio de una de ellas, un italiano blanco. Todos guapos y jóvenes. Una fiesta en una casa apartada de una colina de Perugia. En la fiesta, sexo y drogas. Hasta ahí todo normal -¡Dios mío qué de cosas me he perdido en mi juventud!- pero ¿A qué venían esas cuchilladas? ¿Qué clases de drogas eran esas? ¿Qué clase de mentes son capaces de fabricar el ser humano? ¿Por qué con esas pruebas –al parecer- son absueltos de un asesinato?

jueves, 15 de septiembre de 2011

HORACIO QUIROGA


Algo anestésico como de carne acorchada debía habitar en el entorno afectivo y genético de Horacio Quiroga para que sus pasos por este mundo estuviesen sembrados de tragedias y suicidios.
Parece ser que era enamoradizo de mujercitas apenas púberes. Siempre tuvo tendencia por los amores adolescentes y luchó contra todo para conseguirlos. Su biografía podría parecerse a la de Humbert de Lolita –se enamoró y casó con una alumna suya a pesar de la negativa de sus padres-. Se suicidó su padre de un disparo de escopeta –pudo ser un accidente-, su padrastro, a quien estimaba mucho; su mujer, sus amigos Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, dos de sus hijos. Para colmo de males, mató a su mejor amigo de un disparo accidental. En fin.

Un cuento suyo que me conmovió fue "El hombre muerto", sobre las percepciones agónicas de un hombre accidentado de manera absurda en una plantación de bananas. O "El Hijo", un cuento que describe de manera magistral el sentimiento universal de zozobra que sienten los padres por todos sus hijos.
Sus cuentos están influenciados por Allan Poe; ambientados en la frontera de la selva, con entornos asfixiantes y reflejos de su atormentada existencia.
Su suicidio es la culminación de sus últimas desgracias: le detectan un cáncer de próstata, le abandonan su mujer y sus hijos, los negocios le van fatal…
El 19 de febrero de 1937 se suicida ingiriendo cianuro. Tenía 59 años

viernes, 2 de septiembre de 2011

Radiaciones


En el buen sentido, sabe tocarme las teclas el bueno de J.A. Montano. Toca la tecla en el instante justo. Gracias a él volví a leer a Jünger después de que su novela “Sobre los Acantilados de Mármol” me dejara exhausto de aburrimiento; más que nada y seguramente por mi falta de entendederas. No más Jünger, pensé.

En la entrada de hoy, uno de septiembre, habla de su relectura de Radiaciones I, los diarios que como dice él, es “el mejor libro posible”. Y ahí aparece un vínculo a otra entrada suya del tres de febrero de este mismo año. En esta entrada habla de la anotación que hace Jünger el veinticuatro de abril de 1941, la cual reseña también Sánchez Pascual en su prólogo. Me he molestado en bajar las escaleras para buscar mi ejemplar y lo he abierto por dicha fecha –y eso que estoy medio cojo por un tirón muscular- (estos libros los tengo en la librería del salón; en el sitio más honorable pero más expuesto a las visitas). Yo también había subrayado ese mismo párrafo a pesar de que no lo he hecho en muchas ocasiones, teniendo la oportunidad durante varias miles de páginas.

Pero éste, sí.

Y sé la razón. Habla de que el suicidio no es la salida hacia la libertad.

“Las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, pero no la marcha del destino. Desertemos a donde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él. Es preciso que nos elevemos, que nos elevemos también a través del sufrimiento; entonces se vuelve más comprensible el mundo”.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Sándor Márai



Nació Márai en 1900 en un país que dejó de existir, una ciudad (Kassa) convertida en una “balsa de piedra” separada de Hungría. Luego perteneció a un país que fue invadido por los nazis y luego por los rusos.
Para un autoproclamado burgués eso fue demasiado. (Encantadoras sus memorias; imprescindibles). No podía respirar sin renunciar a sus ideales ni en la izquierda, obvio, ni en la derecha fascista: “Tendré que quedarme solo, completamente solo con mi trabajo, que ya únicamente significa algo para unos pocos, con todas las consecuencias sociales y existenciales de esta situación”.
Después de vivir en diferentes países recaló en EEUU donde en 1989, sólo y enfermo se pega un tiro.
Imre Kertész cuenta a través de sus últimos diarios cómo fue su época final en San Diego. “...habla de la soledad definitiva, de la muerte de su esposa y de su hijo, de algunas lecturas, de la compra de una pistola y finalmente de los preparativos para el suicidio”.
Otra anotación: “No cogeré el auricular. Hay cierta falta de tacto en el hecho de vivir más tiempo de lo debido.”
El año de su muerte intentan llevarlo de vuelta del exilio –durante cuarenta años no se pronunció su nombre en Hungría- pero rechaza la invitación y ya no encuentra refugio en nada; tampoco en la religión.
Su última anotación el 15 de enero: “Ha llegado el momento”. Y cumple con uno de los preceptos de lo que es su sabiduría: “No se debe precipitar, pero tampoco demorar la buena muerte”

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los puntos de luz

¿Y si fuésemos una molécula alojada en la lágrima de un perro abandonado?

“Lo que resulta de todo esto –todo esto es la historia de las teorías de la creación del universo que llevo leyendo desde hace unos días- es que vivimos en un universo cuya edad no podemos calcular del todo, rodeados de estrellas cuya distancia de nosotros y entre ellas no podemos conocer, lleno de materia que no somos capaces de identificar, que opera según leyes físicas cuyas propiedades no entendemos en realidad.

Y con este comentario bastante inquietante, regresemos al planeta Tierra y consideremos algo que sí entendemos…, aunque tal vez a estas alturas no te sorprenda saber que no lo comprendemos del todo y que, lo que entendemos, hemos estado mucho tiempo sin entenderlo”.

Una breve historia de casi todo. Bill Bryson.



lunes, 8 de agosto de 2011

MARIA EMILIA CORNEJO


Bueno, creo que esta es la última de las valiosas colabroaciones de Juan Carlos Bondy. He aquí tal como fue escrita en su día:

Solo quien haya leído o revisado antologías de poesía peruana reciente conoce a María Emilia Cornejo. En el Perú es ya bastante famoso el poema "La muchacha mala de la historia", que tuvo para mí el mismo efecto que un balazo en el corazón cuando le eché el ojo por primera vez:
Soy
La muchacha mala de la historia
La que fornicó con tres hombres
Y le sacó cuernos a su marido.
Soy la mujer
Que lo engaño cotidianamente
Por un miserable plato de lentejas,
La que le quitó lentamente su ropaje de bondad
Hasta convertirlo en una piedra
Negra y esteril
Soy la mujer que lo castró
Con infinitos gestos de ternura
Y gemidos falsos en la cama
Soy
La muchacha mala de la historia.
María Emilia nació en 1949 y estudió en Letras en la Universidad de San Marcos. Publicó sus trabajos en revistas especializadas y casi nadie, ni siquiera sus amigos, sabían que era poeta. Escribió un puñado de poemas, pero eso le bastó para transformar de cabo a rabo la poesía femenina en el Perú.
María Emilia se suicidó en Lima en 1972, a los 23 años. Cuando llegué a la facultad de Letras de San Marcos, casi 20 años después, su nombre era una verdadera leyenda.

jueves, 28 de julio de 2011

unos días de julio


He pasado unos días en la playa. Es un pueblo pequeño y nada turístico llamado La Torre de la Horadada. Se llama así porque tiene una torre vigía del año 1591. Actualmente está destinada para uso privado. He intentado hacer una vida rutinaria dentro de lo placentero que es estar de vacaciones. Por las mañanas, bien temprano, antes de que el calor apriete, una carrera por la playa hasta El Mojón, cerca de la marisma. Asustando a las aves que corretean por la orilla. Allí, flexiones, reflexiones y estiramientos, y luego vuelta. Más tarde una ducha con agua fría y bajar al bar de la plaza, toda en sombra, y sentarme a desayunar: media de tomate, tres churritos, café con leche y zumo de naranja. Leyendo La Mancha Humana de Philip Roth. Los camareros son muy amables y serviciales, en especial S., una extranjera rumana, alta, rubia, guapa y escultural, con acento, más que rumano, murciano; espabilada como ella sola, solícita, llamando a todos “cariño”, siendo la persona a quien todos se dirigen y preguntan, que sabe diferentes idiomas. La admiro y estoy seguro que podría atender, dirigir, cualquier negocio.

La novela de Roth es de las más potentes que he leído de él, que son muchas. Me encanta enfrascarme durante más de una hora en la historia que me cuenta; la historia que le cuenta el rector Coleman a Zuckerman, su alter ego. En la novela se habla de muchas cosas pero sobre todo de la estupidez humana, del grado de estupidez al que ha llegado la sociedad americana actual. Estupenda la diatriba contra Mónica L. y sus once mamadas al presidente Clinton.

No bajo a la playa por las mañanas; me molesta demasiado el sol puro del mediodía. Prefiero las tardes cuando el sol se oculta detrás de las casas bajas del pueblo y la luz se va dorando, y la arena de la orilla se va volviendo de color más suave. Va quedando poca gente. Suele ser gente mayor que pasea tranquila o lee en las hamacas. A mi derecha hay dos mujeres de unos treinta años con dos niñas pequeñas, negras y preciosas. Una de las mujeres –parece española- es muy esbelta y lleva un sombrero como el de los vaqueros, con las alas plegadas a los lados. Sentado en la orilla está el que debe ser el padre de las niñas. Es un ser humano magnífico. Debe medir más de uno noventa, su piel es negrísima y brillante. Estilizado como un príncipe masái. Se lleva a las niñas al mar y juega con ellas. Es una delicia contemplar su porte y su gracia para moverse. Me fijo en otros ejemplares a su alrededor y me pregunto: ¿dónde está la superioridad o inferioridad y con respecto a quién? Veo a una pareja de gordos sumergidos como hipopótamos. Están abrazados y se ve que entusiasmados: él la tiene cogida por el culo y de pronto asoman sus pies a los lados del cuerpo de él. Un niño, que debe ser su hijo, también gordo, merodea cerca de ellos y se ve que la pareja preferiría que fuera a jugar por ahí, más lejos. Miro a las personas mayores e imagino cómo serían de jóvenes. Cómo ha trabajado el tiempo en sus cuerpos. Y me digo: el negro, el negro es el puto amo de toda la playa. Y sigo pensando: la gente quiere ser como él a pesar de todo lo que ha significado ser negro en la historia. La gente toma el sol para estar como está él. De dónde habrá venido y qué sorteos habrá superado. Él es como todos quisiéramos ser. Nosotros estamos mil veces mezclados con leche y sangre de mucha peor calidad. Estoy seguro.