Nace en 1865, en Granada. Cuando tiene nueve años su padre se suicida. Después de cursar estudios de filosofía y derecho, se convierte en bibliotecario del Ministerio de Fomento y más tarde diplomático al conseguir la oposición con el número uno. Cuando empieza a estudiar piano e idiomas Ganivet tiene ya veintisiete años. Lo hace en Amberes donde es destinado por su carrera diplomática. Fue escritor de teatro “El escultor de su alma”, de ensayo “Idearium español”, “Cartas Finlandesas” y novelas “Los trabajos del infatigable creador Pío Cid”. Se encuentra sólo y depresivo en su puesto consular de Letonia. Se intenta suicidar en el río Dvina lanzándose desde un barco. Después de que logran salvarlo vuelve a intentarlo y, entonces sí, lo consigue. Era el año 1898. Por eso y por su forma de escribir y de sentir es llamado uno de los precursores de la generación de 98. Tenía 33 años.
Ayer vino una profesora suplente de inglés. Es americana de San Francisco. Negra. Al principio, para ir rompiendo el hielo, nos iba preguntado nuestro nombre y qué habíamos hecho el fin de semana. Cuando hemos acabado nuestro turno no sabía bien por dónde seguir. Ha intentado aprenderse el nombre de todos, unos cinco o seis alumnos. Luego, ha escrito una frase larga en la pizarra y nos ha explicado lo que quería: mover o borrar palabras y que la frase siguiera siendo gramaticalmente correcta. Entonces hemos comenzado a borrar adverbios, adjetivos y verbos. ¿Hasta dónde? Al final ha quedado, como ella quería, una sola palabra: Anna. Y he pensado que esto me serviría para intentar explicar, a quien me pide consejo, que lo más sano en un texto es cortar y cortar hasta dejar sólo la raíz de las cosas; la esencia; lo demás no es más que marear la perdiz. Eso.
Me he acordado, en medio de todo este lío de la crisis, de Berthold Brecht y le he cambiado algo su poema.
Primero se llevaron a los pobres trabajadores, pero a mi no me importó porque yo no lo era; enseguida se llevaron a los empresarios pero a mí no me importó porque yo tampoco lo era, después arrasaron a las empresas, pero a mí no me importó porque yo no tenía empresas; luego se llevaron la voluntad del Estado, pero como yo no pertenecía al Estado tampoco me importó; ahora me toca a mí, pero ya es demasiado tarde.
Cuenta Javier Marías en su columna, hablando de la feria del libro, que el año pasado una mujer le increpó por lanzar bombas fétidas cada fin de semana en forma de artículos. Para ello la mujer sacó una Biblia y le pidió que firmara el ejemplar a lo que Marías, lógicamente, se negó. Y luego sacó una caja de bombas fétidas, literal, para que también las firmara. Él se volvió a negar. Total que la cosa acabó con la mujer escoltada por dos agentes de seguridad y echando espumarajos por la boca. Y es que hay gente para todo.
El domingo, último día de la feria, me pasé por la mañana. Mucha gente y calor. No me gustaría estar ahí metido, en esos cajones y verme observado por una multitud. Me parecería estar en la situación del gorila que vi no hace mucho en Cabárceno. Vi aburridos a gente seria y respetable como Mateo Díez quien seguramente se hacía acompañar por su nieta. Y a Benjamín Prado, también aburrido y sin firmar. A Almudena Grandes, firmando mucho y dando abrazos. A su marido Montero, recomendando poesía. Y a verdaderos héroes como a unos personajes vestidos de dibujos animados con ese calor, seguramente personajes de algún cuento de éxito. Eso tenía que estar prohibido pero, claro, los animales no dejaban de darle a la pluma.
En fin, que no creo que vuelva a la feria. No se encuentra lo que se busca porque tienen lo que puede encontrarse en cualquier escaparate. Prefiero mi cuesta de Moyano donde uno puede encontrar joyas escondidas.
Marina Ivanova Tsvietáieva se suicidó cuando ya no le quedaba nada; ni siquiera esperanza. Si acaso miseria y soledad. Nació en Moscú en 1892. Su padre fue profesor Y su madre, pianista, murió cuando ella tenía catorce años. En 1922 se exilió para seguir a su marido, perseguido por la revolución. Se sabe que tuvo mujeres amantes, además de un oficial del ejército ruso. La revolución pilló a la familia en Moscú. Su hija murió de hambre. Su hermana fue llevada a realizar trabajos forzados. Su esposo fue acusado de espionaje y ejecutado. Su otra hija fue llevada también a Mordovia a trabajos forzados. Su hijo fue llevado al frente y murió en el 44. Pero eso Marina no lo vivió pues se suicidó en el 41.
Se dice que cuando la enterraron, descubrieron un cuadernito atado a un lápiz. Las hojas del cuaderno estaban sucias y sin palabras. Tan sólo una: Mordovia. El sitio donde fue llevada su hija.
Acabo de llegar de hacer un viaje en bici. La Vía de la Plata. Ochocientos kilómetros en ocho días de Sur a Norte en una línea serpenteante cerca de la frontera con Portugal. Tan solo hemos tenido tiempo para pedalear, comer, beber y dormir. Nada de televisión ni de prensa ni de pensamientos impuros. Nada de lectura a pesar de haberme llevado un libro ligero; ligero como el viento: “Tres maneras de volcar un barco” del simpático Chris Stewart. Me gustó mucho su vitalista visión de España y los españoles allá por las Alpujarras en “Entre limones”. No me importaría tomar una copa con un tipo como este. Le gusta contar anécdotas y sabe contarlas. Le gusta contar chistes y tocar canciones con una guitarra. Le gusta beber en compañía y es un tipo que no se arruga ante la aventura. Pero volviendo a su libro sobre su experiencia en el mar..., no he tenido apenas tiempo de tocarlo. Media página alguna noche antes de caer rendido de sueño y de cansancio.
Pero es igual, ha merecido la pena. Los paisajes de Sevilla y Extremadura, Salamanca, Zamora y León, sus dehesas y llanuras onduladas como mares, sus puertos verdes como en el norte, sus pueblos pequeños que poco a poco se van muriendo de aburrimiento y pobreza, sus ciudades domésticas y alegres. Los alimentos ibéricos tan ricos. Hubo una noche en la que no nos cansamos de comer jamón y beber cerveza helada a la luz de las estrellas. De madrugada me levanté a darme una ducha fría para enfriar el cuerpo y la garganta.
Cuando uno emprende un viaje así tan solo se preocupa de estar bien. Atrás quedan las preocupaciones cotidianas, el fastidio del día a día, las jodidas molestias del vivir.
En el Mago de Viena, obra de Sergio Pitol, se refiere así a una de las glorias de Méjico, Jaime Torres Bodet: “Si alguien me conminara hoy día, pistola en mano, a releer la novela “Prosperina Rescatada” de Torres Bodet, probablemente preferiría caer abatido por las balas que sumergirme en aquel mar de estulticia”.
Pues vaya carta de presentación para este poeta desconocido para mí. Indago un poco: otro suicida. En realidad ya lo tenía anotado, pero esta nota lo ha sacado del limbo. Qué curioso, pensar que su acto hizo aparecer por aquí -en un haz de partículas insignificantes- su nombre y su “caso”.
Nació en 1902. Fue secretario de educación pública. Fue un diplomático importante. Miembro de la academia mejicana. Un poeta fino. Sin embargo, dicen, que era más grande cuanto másligera era su escritura. Cuanto más frívola y cómicamente lírica.
Después de una dolorosa enfermedad se pegó un tiro en 1974.
Los datos que expongo a continuación están extraídos del prólogo de Antonio Pérez Henares a “Jarapellejos”; la novela de Felipe Trigo que tengo en mis manos. Es una colección que editó el Mundo de las mejores novelas en castellano del Siglo XX.
Las novelas de Felipe Trigo tuvieron éxito en el momento de su publicación: a principios de siglo. Imaginaos cómo era España a principios del S. XX. Se describe un mundo caciquil con el sexo como moneda de poder, chantaje; motivo de frustraciones peligrosas... Existe la ignorancia, el pesimismo, el machismo, sometimiento...
Después de la Guerra Civil su obra fue silenciada; era molesta a la España monjil, de sotanay franquista que tanto tiempo duró.
En el prólogo de Pérez Henares hay una frase que creo que define el espíritu y la clave de las novelas de Felipe Trigo: “En la dominación sexual se reflejan la dominación social y sus métodos”.
Felipe Trigo nació en Villanueva de la Serena (Badajoz) en 1864. Estudió medicina y se alistó voluntario a la Guerra de Filipinas. Fue herido y volvió a España como héroe. A su regreso se dedicó de lleno a la literatura.
Debido a sus ataques de neurastenia y a pensamientos tormentosos que iban derivando hacia la locura, se suicidó en Madrid en 1916. Dicen que tenía terror a volverse loco. Tenía 52 años.