Acabada La Campaña de Rusia comienzo Despedidas, de Julian Barnes. También habla de Proust. Muchos escritores hablan de Proust pero no siempre para bien. “Ni siquiera soy proustiano. Quizá se note, porque, como más arriba, lo cito sobre todo para discrepar de él”. A Borges tampoco le gusta; ni a Mario Vargas Llosa. Ni a mí. En eso nos parecemos.
“La mayor parte caía sin quejarse, fuera por debilidad o por resignación, fuera porque los hombres no se quejan más que cuando esperan conmover a los demás, y creen que estos pueden apiadarse de ellos”.
Dos siglos antes y las cosas no cambian.
En el libro de J. Barnes que acabo de terminar, en el cual se despide de sus lectores, nos habla también de un perro. De su perro. Y se pregunta si es consciente el perro de que es un perro. Yo creo que sí. Y del paso del tiempo. Y creo que tienen recuerdos de experiencias vividas. Al poco de tenerlo mi hija la llevé (es perra) a dar una vuelta por el bosque cercano y por hacer una gracia cogí la correa y la agité por encima de mi cabeza como hacen los vaqueros en las fiestas de exhibición. El sonido silbante agitó mucho a la pobre. Tanto que vino asustada con el rabo entre las patas. Como suplicándome que dejara de hacer eso. Ahí me di cuenta que sus experiencias en el Centro de Refugiados Caninos en el que estuvo sus primeros cinco meses no fueron lo más agradable de su vida.
Dice J. Barnes que “Escribo esto a los setenta y siete años, y ahora le toca morirse a mi generación. A Martin Amis le gusta decir (pronto será le gustaba decir) con tono melancólico: Lo malo es que ya no puedes hacer nuevos viejos amigos”. Debió escribir esto poco antes de la muerte de Amis. Porque murió en el 2023 y J. Barnes ha cumplido ya los ochenta. De hecho hacia el final del libro cuenta que su amigo rehusó seguir tratándose el cáncer porque no quería soportar una tercera operación en la garganta.
La obra es, para despedirse, una obra menor. En la segunda parte repasa las anécdotas y las frases que le han servido para construir gran parte de su obra. Mallarmé, Baudaleire, Flaubert, Chejov, Proust, Updike, etc. Y acaba diciendo que no tiene nada importante que decir en su despedida. Y pone como ejemplo una de las últimas frases de una escritora conocida (para él): “Se está acabando la mermelada”.
Sobre la muerte y los perros cuenta otra anécdota. La del hermano de un amigo, muerto de cáncer hace treinta o cuarenta años. En la agonía decía: Si fuera un perro en estas circunstancias me pegarías un tiro.
Para seguir hablando de perros se dice en estos días mucho que cada vez hay más sitios, hoteles y restaurantes, en las que no se permite la asistencia de niños. En el viaje que hemos hecho hace poco a Galicia elegimos un apartahotel que sí permitía perros y hemos entrado en los restaurantes a los que les dejaban entrar. En Valença, Portugal, incluso entramos a comer bacalao en uno de postín y se portó de maravilla. Est
A muy bien educada. Creo que no se les permite sentarse a la mesa con nosotros porque no pueden participar de la conversación ni beber vino.
J. Barnes está enfermo. Una enfermedad de la sangre. Le preguntó a su doctora por qué le tenía que tocar a él. Que cree que ha hecho las cosas bien siempre. Y la doctora le dice que no hay un motivo ni un castigo. Nos vamos disolviendo. Es el universo que sigue trabajando. “¿cómo no vamos a buscar un propósito en lo que sucede? Es simplemente el cuerpo, que se está desgastando”.
No sé si la perra de mi hija (ya sé que suena mal) ha sido o no feliz corriendo en las playas de Galicia. Yo desde luego lo he sido. Le tiraba la pelota y corríamos a ver quién llegaba antes. O se la lanzaba al mar para nadar juntos. He sido feliz incluso cuando una vez la perra había aprovechado para soltar sus cacas en la orilla. Tuve que recogerlas con las manos, llevarlas a la arena para hacer unas croquetas y transportarlas mejor hasta llegar a la zona de las toallas donde teníamos las bolsas. Un tipo me vio apurado y me dio una de las suyas diciendo que esas cosas pasaban. Parecía también divertirse.
Tiene sólo dos años y pico y nos pasa una cosa extraña a mi hija y a mí cuando hablamos del paso de los años. De cuando nos deje. Y no podemos evitar que nos asalte una lágrima a los ojos.

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